lunes, 5 de noviembre de 2007

Agua, zancadas y reflexiones, por Mildo

Seis dias fuera de casa. De viaje por el levante que a nadie le gusta ver. El de la desgracia, el de la mala suerte, el de la falta de previsiones, de infraestructuras, de medios, o una mezcla de todo esto a la vez.
Seis dias de intensas idas y venidas de un lado a otro en el que mis zapatillas me han acompañado como testigo mudo y durante los cuales no se han atrevido ni a recordarme que había que entrenar, al menos mientras durasen las jornadas en Alicante y sus malogrados municipios, ya que ni el tiempo (el meteorológico) lo permitía, pues hasta la zona residencial donde se ubicaba el hotel en el que nos alojábamos tenía sus calles anegadas de agua, ni el tiempo (el que marca nuestro ritmo de vida) daba una hora y media de respiro en el que poder soltar piernas y reflexionar sobre lo vivido.

En Valencia, ya con más calma, mejor tiempo (los dos), y con la cabeza en otro tipo de preocupaciones, si es que era posible olvidar de un plumazo las caras con las que me había encontrado en los tres dias anteriores, pude salir a gastar suela.

Sobre las ocho de la tarde salí del Paseo de la Alameda, frente al Palacio de la Música, e inicié un suave trote por el antiguo cauce del Turia, ahora llamado Jardín del Turia y convertido en un hermoso parque, con todo tipo de adornos florales, instalaciones deportivas y rincones donde disfrutar de la lectura de un libro. Salí en dirección al primer puente: El de Aragón, y enseguida me puse a pensar en los ojos de esa mujer de Calpe que contaba a duras penas y sin saber por donde comenzar para dar más realismo a su vivencia, que lo había perdido todo. Todo significaba su casa, sus enseres, su coche, sus recuerdos, los de sus recientemente fallecidos padres, las esperanzas de un marido que hacía ocho meses estaba en el paro y que no sabía que hacer para que su hijo de tres años, que no quiere no oir hablar de volver algún día a su casa a la ribera de un monstruoso rio que inundó de agua, lodo y cañas su habitación, no la vea llorar más a cada momento. ¿Cómo explicarle que no ocurre nada? ¿Qué pronto volverán a casa y que todo será como antes? ¿A qué casa? ¿Y con qué? Sus ojos eran los de la desolación, la desesperación y el desconsuelo y yo era incapaz de mantenerla la mirada sin que me temblase la voz, cosa que no se produjo porque nadie me preguntó nada en ese momento.

El Puente del Mar, el de las Flores y el de La Alameda me regalaban un recorrido suave, llano, en el que yo saciaba mis ganas de correr, pero no por apetencia, sino por la necesidad de desconectar, pues el cansancio acumulado era mucho y yo necesitaba respirar un aire fresco, lejos de la lluvia, lejos de las desgracias de los demás, pero que tan hondo me había calado. Yo pensaba en ellos, pero poco se me ocurría que pudiese hacer, quizá los políticos puedan ayudar de forma eficaz, pero mas me preocupa la eficiencia pues ¿Cuánto tiempo há de pasar para que se vuelva producir algo similar? Es cierto que hay que reparar los daños inmediatos, a esta desconsolada mujer seguro que es lo que más le preocupa en estos instantes, pero una mejora de infraestructuras que palien de una vez por todas semejantes riadas es un seguro de vida. Un freno a la especulación inmobiliaria que nada entiende de los cauces naturales de los rios y un saneamiento y alcantarillado efectivo quizá sea lo que se merece quien cada vez que llueve de esa forma cruza los dedos.

Pero había mas. Esta vez era en El Verger, donde casi 350 litros de agua por metro cuadrado en dos horas habían arrancado casa enteras. No es que hubiese entrado hasta un metro o dos de altura, no, es que se las había llevado puestas, dejando en su lugar un lodazal. En las orillas se veía todo tipo de cacharros: Teclados de ordenador, cuadros, sillones, vajilla, señales de tráfico, vallas, puertas, y muchísimo escombro de las casas arrancadas, los margenes del rio se habían multiplicado por tres.
Una mujer el día de la lluvia salía con una escoba a barrer y achicar el agua que comenzaba a penetrar por debajo de la puerta de su casa, al abrir esta vió como el nivel del rio subía a ojos vista y corrió a llevar al primer piso de su casa a su anciana madre, pero era tarde. En cinco minutos mas el agua llegaba al techo de la primera planta y los esfuerzos de la mujer por arrastrarla hacia la parte mas alta no eran suficientes, la fuerza del agua y lo que arrastraba le produjeron diversos cortes y heridas en las piernas, pero lo que nunca olvidará es que no fue capaz de evitar que esa lluvia se llevase a su madre.

Pasado el Puente del Real el cielo se abría encima de mí, dejando ver las estrellas que auguraban el final de las lluvias torrenciales y la agradable temperatura apenas dejaba sentir la humedad que tanto acusamos al correr los de interior, las piernas estaban duras y no había forma de hacerlas disfrutar del recorrido, pero me había propuesto llegar hasta el Puente del Campanar en la confluencia con la Avenida de Pérez Galdós y regresar por donde había venido, recreándome esta vez en los detalles y sabiendo que al regreso agradecería haber salido a soltar piernas.

Ajeno, distante, el mundo continúa su marcha frenética, sin reparar en que lo que hoy toca unos cuantos nos puede afectar en un momento dado a cualquiera. Miramos para otro lado y seguimos con nuestra cotidiana. ¿Y qué otra cosa podemos hacer?

Vaya, ahora recuerdo que me tengo que comprar otras zapatillas.




Mildolores.
Octubre del 2007

Su carrera, por Mildo

Pistoletazo de salida. Allá van. Había llegado el momento de demostrar su valía, más que eso su trabajo, el esfuerzo de todo un año, su carrera.
Ahí, rodeado de sus amigos-rivales, con conocidos, compañeros y algún familiar en la salida, en la meta, por el recorrido, se sentía bien, todo se desarrollaba como había pensado que ocurriría. Todo menos ese nudo en la boca del estómago que no podía controlar.
Minutos antes había estado calentando con el ganador del año pasado, el que le ganó a falta de 800 metros finales con un cambio de ritmo impecable. Hablaban de lo típico, de cómo se encontraban este año y se contestaban lo habitual: que no tan fino, regular, no soy el mismo, este año no sé que me pasa… Lo normal, no hay que dar pistas al contrario, aunque ambos se conocían de sobra y a buen seguro que firmaban de buen grado repetir la carrera del año anterior.
Pero esta vez habían cambiado las cosas. Había otro. Un jovenzuelo de unos veinticinco que competía con no sé qué equipo que les iba a poner las cosas muy negras. Era muy complicado arrebatarle un más que presumible primer puesto, entonces el segundo y el tercero era en principio para ellos, a falta de sorpresas, pero por más que buscaban nadie inquietaba especialmente.
Quizá así era como debía ocurrir, pero hay que ser prudente, no se puede estar seguro de nada, salvo que estés hecho un hacha. Y ese no era el caso.
Los entrenamientos salían a duras penas, rayando los tiempos establecidos, con alguna pulsación más de lo esperado, sufriendo más de la cuenta. En Septiembre se encendieron las luces de alarma en un test previo que debía acercarse a lo que en un futuro inmediato iba a ser su estado de forma ideal, pues gran parte de la temporada estaba volcada en su carrera, pero cuanto más empeño ponía peor le iba saliendo. Sus piernas no respondían, no asimilaban, no le daban esa chispa necesaria para “hacértelo creer” un poquito, porque la parte psicológica también se entrena.
Aún así apretaba los dientes y seguía con lo marcado. Descansando convenientemente, rodando suave cuando se terciaba y esforzándose en las series, cambios, fartleks, pero no salía. Algo fallaba.
Y llegó el dia.
Después de una noche tranquila que incluso le sorprendió, pues dormir placidamente el dia previo a la gran cita en los años anteriores nunca se cumplió, se presentó casi dos horas antes dispuesto a hacer todo tan metódicamente como había preparado.
Tomó un café que le terminó de despertar y le entonó el cuerpo, leyó un poco de prensa y a falta de una hora comenzó a estirar suavemente.
Con el calentamiento fueron apareciendo caras conocidas, los rivales, los que no lo eran tanto, los responsables de los equipos, en fin, todos en sus posiciones, incluído el nudo del estómago. Ese sí que estaba bien posicionado. Pero él era la baza de su equipo, ahora más que nunca, puesto que era el subcampeón y debía defender su plaza. En estas todavía estaba algún despistado seguidor del equipo que le daba por vencedor del dia, aunque ese extremo los más avezados sabían que no se daría, por culpa del “nuevo”. Con que repitiese el segundo puesto…
Ánimos, palmadas, saludos, sonrisas, y el nudo seguía, el muy hijo de p…
¡Que presión! ¿Cómo se debe sentir un profesional en un campeonato importante cuando todo un pais te está viendo? No quería ni pensarlo, ahora no, bastante tenía con lo que se le venía encima, no podía fallar. Se lo debía a quien había confiado en él, a su mujer que le valía con lo que hiciera porque sabía de su enorme esfuerzo para tan poco beneficio, pero sobre todo a él mismo, su orgullo personal estaba en juego. Tanto había apostado.

De salida el “nuevo” puso tierra de por medio, querría impresionar, porque el ritmo no era tan apabullante, pero el caso es que se fue y le dejaron ir. Él sabrá, el recorrido es largo y duro. Detrás de él unos seis corredores apiñados pugnaban por abrir otra brecha en la que los más miedosos y dubitativos se cortasen, y a los más previsores les costase cazar posteriormente. En este grupo iba el rival del año pasado, tirando comedidamente pero sin pausa, debía ir a 3´15´´ aproximadamente, fuerte para el principio teniendo en cuenta el perfil, pero convenientemente controlado. Otro compañero de equipo y él. Los demás se cortaron en el primer repecho y así transcurriría hasta el final. Cosa de cuatro. O de tres porque al primero ya sólo le vieron de lejos.
En la segunda vuelta estuvo la clave. El ganador del año pasado en el momento más duro sacó su garra y de un certero golpe se marchó en pos de la cabeza de carrera, o de un segundo puesto que en ese momento se le antojaba suyo. No había más que oir respirar a los dos miembros del otro equipo, sobre todo a él, que iba fuera de punto a todas luces.
Se resistieron unos cuatrocientos metros pero decidieron que era mejor dejarlo, estaba muy fuerte y quizá su error había sido dejar tantos metros a la cabeza de carrera.
Cantado estaba que la guerra entre “hermanos” iba a ser por el tercero.
Él ya lo imaginaba antes de empezar e incluso hubiera firmado ese tercero sin pasar por el calvario por el que estaba pasando. Un inoportuno flato le iba fastidiando un ritmo cómodo en el que instalarse, no encontraba el paso adecuado, e incluso inmediatamente después del hachazo del rival notó como su compañero pasaba por su momento más delicado pero no lo aprovechó. Más que nada porque no tenía armas con que atacar. Una vez más faltaba gasolina. Había que impresionar y acobardar pero sin hacer mucho gasto, a ver si se recuperaba antes de que fuera demasiado tarde.
Se dieron pequeños relevos y no tentaron a la suerte antes de pasar por el tramo más duro de la última vuelta, entonces había que jugársela. Con una fugaz mirada se batieron en duelo sabiendo que uno de ellos iba a quedar en nada, en ese inmisericorde cuarto puesto. Faltaba poco más de un kilómetro y había llegado, ahora sí, la hora de la verdad.
Ahí estaba todo un año con muchos, muchísimos kilómetros, horas de esfuerzo, de dedicación, de mimo, repleto de toda esa madera que caracteriza a los que poblan cualquier carrera popular. Gente que por afán de superación, amor propio y mucha afición hacen de la carrera algo muy suyo, algo mágico, algo personal. Y eso ocurría, que era algo personal con esa carrera. Su carrera.

Primero comenzó su compañero con un ataque directo, un cambio de menos a más, de los que piensas que debes soltar en dos zancadas más. Lo mantuvo bien durante unos doscientos metros, él se pegó a su estela y resistió la embestida, apretando los dientes y sintiendo como el corazón se le salía por la boca. Ahora le tocaba en turno, esperó que el ataque perdiera intensidad, momento que no llegaba, y cuando consideró que la energía del primero bajaba le devolvió la moneda. Un cambio todo lo fuerte que pudo, era el momento, ya olía la meta e incluso veía como entraba el segundo clasificado.
Su pestañeo se volvió lento, como si no quisiera ver por donde iba ni cuanto le faltaba, apretaba los ojos hasta que decidió abrirlos y mirar de reojo a su amigo y a la vez adversario. Ahí estaba, no lo había soltado y todavía le quedaban fuerzas para contraatacar.
Esta vez fue definitivo. Cogió unos metros insalvables y el mundo se le vino abajo. No había más. No quedaba carrera. En sesenta metros se le iba todo el esfuerzo de un año.

Sonrió al sentirse liberado. El nudo del estómago había desaparecido.
Se subió las gafas a la cabeza y traspasó la línea de llegada con una sonrisa amarga.
Pensó que no era cuarto, sino que había perdido.
El año que viene otro tendrá la responsabilidad. Pero el año que viene él volverá a pelear por un puesto en el cajón.

El momento soñado. Crónica del maratón de Barcelona 2007, por Mildo

Prólogo

Me siento relleno como un pavo.
Tengo el estómago rebosante de pasta, agua, Aquarius, pastillas de glucosa...
¿Es normal que se tengan que hacer estas "barbaridades" o forma parte de un ritual de maratonianos? Práctica transmitida de boca en boca de corredores, ceremonia previa que augura el exito, como si de la danza de la lluvia se tratara. De todos modos no seré yo el que contradiga los consejos de gente altamente experimentada en estas lides, por mucho que me parezca que se exagera. Y más cuando no se tiene ni puñetera idea de lo que se avecina, como es mi caso. Mejor prudencia. Me lo llevo repitiendo desde finales de Noviembre cuando, de repente, sin haberlo premeditado decidí que ya era hora de hacer un Maratón. Y así sigo, cauteloso, sigiloso, meditabundo cada vez que del Maratón me acuerdo, pero tranquilo y confiado en que podré con él. Eso espero.

Ya faltan dos dias, ¡Que digo! Día y medio. Ahora sólo cenar y dormir, mañana cogeré el avión que me lleva a Bcn y el día pasará sin haberlo querido, de un sitio a otro compartiendo las horas previas con los amigos del club y otros más que espero ver por allí.

Atrás han quedado muchos dias de entrenamiento que seguro que darán buenos resultados. Me perdonaréis por no haberlos compartido, tal y como un día me pedía Carlos, pero creo que aburrían, me aburrían incluso a mí.
Me ha parecido duro. He entrenado como para bajar de 3 horas, lo sé. Y si no intento esta empresa es porque me falta una condición indispensable para tal hazaña, que es haber acabado uno previamente. Pero los rodajes largos los he ajustado a un ritmo asequible, creo, que es el 4´45 por kilómetro, que debe dar un resultado de 3 horas 20 minutos. Suficientemente bien para un neófito, ¿No? Con eso me daría por más que satisfecho.

Y como en todo entrenamiento ha habido rodajes largos, duros y penosos. Los mejores fueron siempre con los compañeros del Club Boston. Los más insoportables, sólo.
Series cortas, muy agradecidas porque siempre eran mas lentas que las que hago habitualmente preparando el 10k. Pero más cantidad y menos recuperación.
Series largas, larguísimas de 1000, 1500, 2000, 3000, 4000 (o más bien un bosque a ritmo controlado) y 6000. En todas estas me exprimí un poco más, quizá por la reticencia a perder una pizca de la poca punta de velocidad que me ha quedado este último y lamentable año.
Ha habido dolores en las lumbares, en el tendón izquierdo, como no, de cabeza, de estómago, una señora contractura en la espalda que me dejo el cuello rígido durante un par de semanas. Viajes de trabajo que conllevaban entrenamientos a las 5 de la madrugada allá donde me pillase, como aquel que ahora me viene a la mente por la Isla de Arousa en medio de un temporal que daba pánico. Otros más agradecidos como una tarde casi primaveral por las cuestas del Montjuïc, en Alicante, etc… Y todo esto no hace más que reforzarme en la idea de que yo también venceré al Maratón. Y con él al calor, a la humedad. Yo puedo. Sé que puedo y no me defraudaré.

Ahora no tengo más que descansar y esperar y en las horas que quedan pasar un buen rato con mis amigos y con mi mujer, que me mira como diciendo ¿Por qué no me dice nada de la carrera? ¡Con lo charlatán y pesado que se suele poner!
Pues será el miedo a lo desconocido. O el respeto, mejor dicho.
En las situaciones comprometidas siempre es mejor templar el nervio y no demostrar nunca tu punto debil, porque ese el flanco a golpear. Como a mi siempre me ha costado un trabajo horrible no mostrarme tal como soy, prefiero aplicarme solo el primer punto y apretar los dientes para que el golpe duela lo menos posible.

Dicen los expertos que a partir del km. 35 está lleno de golpes bajos. Estaré preparado y os lo contaré la semana que viene, cuando todo haya quedado en un bonito recuerdo.

Los hechos

¿Cual es el momento soñado?
¿Cual es el momento que has perseguido durante tantos días, tantos sacrificios?
¿Estar en la salida perfectamente sano? Estar.
¿Sentir el calor de la gente con tus mismos miedos y angustias? Sentir.
¿Tener el apoyo de los tuyos antes de entrar en el cajón de salida? ¿Durante el recorrido? ¿En el último momento? Tocar.
¿O cruzar la línea de meta?
¿Cuándo cruzas exactamente la línea de meta? ¿Cuándo te sientes más feliz de lo realizado? ¿En ese momento?
No lo tengo tan claro. Pero esto es una historia diferente. Ya partió diferente y así sigue. Las sensaciones desde un principio parecen más las de un analista que las de un mediocre corredor. Creo que me he tomado el Maratón con un desproporcionado respeto que me ha hecho observarme a mi mismo como un conejillo de indias privándome concienzudamente de unas sensaciones que de otra forma resultan normales. Eso ha generado a una ausencia total de nervios, una inexistencia del temido muro y una alegría contenida que llevo atravesada en el garganta que me impide llorar de emoción. No ha salido y me escuece, me ahoga. Me lo merecía y no se produjo.
Por el contrario me llevó al éxito, si de acabarlo se trataba. Con una precisión casi exacta. Desde el primer entrenamiento funcionó como un reloj y el día “D” no fue de otra manera. 3h.20´ era la marca perseguida en el mejor de los casos. 3h.22´30´´ fue lo cosechado, pasando de un ritmo previsto de 4´45 el km a otro de 4´48, quizá debido al calor y a la humedad. Creo que hablábamos de más de 22 grados y 80 % de humedad, pero no me hagáis mucho caso porque tampoco me importó nada.
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Cinco minutos faltan para la salida y Alfonso, Digi y yo nos miramos nerviosos, nos intentamos transmitir confianza con nuestros gestos, comentarios, escuchamos y observamos el ambiente con una sonrisa perdida en mil pensamientos parecidos, diferentes. El gentío es enorme, atronador. Los corredores saltan, deambulan, se colocan y recolocan todos sus abalorios y cachivaches una y mil veces. Dos minutos. Nos deseamos suerte, ya nada impedirá nuestra aventura y el murmullo se hace insoportable. En este instante haces acopio de fuerzas, rememoras todo lo realizado para poder estar ahí, en tu primer maratón, y te acongoja la responsabilidad. Alfonso y Digi son los únicos conocidos que te acompañan en la aventura y… ¡Allá vamos!
Como en todas las carreras multitudinarias la salida es lenta, atropellada, imposible de coger un ritmo y una línea recta que te acople a tu paso deseado, pero esto es tan largo que da igual, en poco nos acomodaremos y mientras nos mantengamos juntos me sentiré bien. Una vez más me repito: ¡Sólo tienes que acabar!
El juego de kilómetros se sucede tranquilo, jamás se me había hecho tan corto y tan ameno. Llevaba un estudiado y meticuloso paso kilométrico y me hacia gracia ver como se producía con exactitud, salvo en el primero, claro. Hablábamos, nos animábamos, todo iba bien, pero mi cuerpo rebosaba líquidos. Sé que mejor pecar de exceso que de ausencia y más con ese calor, así que mientras tenga energías mejor ahora que después. Creo que fue en el km. 4, me aparté a un lado y solucioné el problema. Me angustiaba ver como desaparecía más rápido de lo que esperaba la larga figura de Alfonso, pero una vez incorporado a la carrera tardé bastante menos de lo que imaginaba en cogerlos, y tampoco subí mucho el ritmo. Bien, todo bien entonces.
El kilómetro 10 por la Gran Via de las Corts pasó en 47´40, que significaba un ritmo de 4´46´. Mejor imposible, iba calcado al perseguido 4´45, pero quizá estaba implicando sin darme cuenta a que mis compañeros corriesen por encima de sus expectativas, aunque tampoco era momento para ponerse a hablar de ello, cada uno sabía lo que tenía que hacer y los dos ya tienen experiencia previa. Hablamos antes de la salida que nos mantendríamos juntos mientras fuese viable y que salvo caso de emergencia (Salud, se entiende) ninguno nos pararíamos con nadie. Así que llegué a la conclusión de que hacíamos lo correcto, porque nuestras expectativas eran muy parecidas.
Más o menos por este punto piensas que puedes hacerlo más rápido, no te controles tanto, date cera, por el contrario los miedos se hacen mayores, como por ejemplo esos calambrillos en los dedos de los pies de los que hablaba en anteriores dias, aparecieron por el 11 o 12. Pero, ¡Si no suelen aparecer hasta la hora y media! ¡Pues lo voy a pasar de pena! ¿Me dejarán acabar las casi tres horas que faltan? No, seguro que no. Vuelvo a la carrera y pienso que esas cosas conducen al error, me alegro de llevar un paso firme y seguro a meta, el exceso en estos momentos me vaciaría o me castigaría innecesariamente. Todavía falta mucho.

En el 14 debe ser que no he sudado lo suficiente, y además en el 5 y el 10 no desprecié ni agua, ni esponjas ni isotónicos, por lo que el exceso de líquidos vuelve a castigarme. Como no estoy por la labor de pasarlo peor de lo que aún me falta por sufrir, decido volver a parar y comprobar como corre el tiempo y la gente mientras solucionas esos inconvenientes. - ¡No tengo remedio!, me digo. Vuelvo a la carrera y esta ocasión prefiero tardar más en coger a mis compañeros pues el 14 es el 14 y aunque entero el cuerpo ya no es el mismo. Dicen que los primeros 25 te los haces sin sentir, que la gente te lleva en brazos. ¡Mentira! Hay que correrlos, como estas fuerte, los haces sin rechistar, pero hay que correrlos y cuentan, ¡Claro que cuentan! La prueba está en que coger a mis compañeros me costó kilómetro y medio y antes sólo 800 metros.

Pasamos por la impresionante Sagrada Familia que, imponente, nos saluda a los corredores y la gente que allí se aglutina nos anima y nos despide por la calle Mallorca hacia la zona más alejada del clamor popular. La Avenida Meridiana y el paso por el Puente de Calatrava es prácticamente inhóspito, pero todavía queda un oasis en la Plaza de las Glorias Catalanas, en la Torre Agbar el gentío es mucho mayor.
El paso por la Media a 1h. 41´27 supone un ritmo de 4´49´´, un poco de despiste, quizá por la subida de El Paseo de Gracia, del Paseo de San Joan, de la Avda Meridiana. Sí, sin duda hemos estado subiendo un buen rato en este último 10k, pero aún así me agobia ver que me alejo de la ya nada escondida pretensión de 3h.20´, aquí nos encontramos con Víctor y Nacho, más compañeros del Club, que han decidido acompañarnos la segunda mitad cargando con plátanos y haciendo los avituallamientos de líquidos para que nada nos moleste ni nos distraiga. Aquí la conversación prácticamente ha desaparecido por completo, sólo contestamos a lo que los nuevos nos preguntan. Yo dudo en poner tierra de por medio o esperar al km. 25 para ver que pasa. Decido continuar con ellos, al menos un rato más, la segunda media no es como la primera, creo, debe costar más trabajo. Seguro que cuesta mucho más trabajo. Espera. Aquí estás bien.

Un momento de duda. Un arranque de soberbia. Un segundo incontrolado. Miro hacia detrás y veo que llevo dos metros de diferencia a mis cuatro amigos.
-¡Ahora!
-Por qué?
- Por que necesitas saber que es la soledad del Maratón. Por que no sería completo si no pruebas qué es ir sólo.
- De acuerdo, tienes razón.
Miro de nuevo hacia detrás y sin despedirme, porque parece que la situación obligaba a hacerlo, me alejo de mis compañeros. No hubo ni una sola palabra, al menos que yo escuchase, quizá sabían que ese momento se produciría. Yo no lo tenía tan claro, pero quería experimentar la soledad mejor por delante que por detrás. Si algo fallaba siempre me podrían recoger. He hecho bien.

Estoy en el 23. Si lo hago adrede no me sale mejor, Si quería experimentar la soledad es el momento idóneo porque transcurrimos por la zona más vacía del Maratón, más aún que la anterior. El final de la Gran Via y la bajada por la Rambla Prim la recuerdo vacía. O a lo mejor es que no me fijé bien. Supongo que ensimismado por la audacia de estar ahora sin más compañía que los anónimos corredores que transitan a mi lado, pienso y pienso y no veo nada. No veo nadie. Veo mis entrenamientos por el bosque, mis series, mis piernas moverse, mi figura desplazarse. Visualizo todo eso y me da fuerza, apenas distingo los puntos kilométricos para picar los parciales. La revuelta de la Diagonal me entretiene intentando buscar a mis antiguos acompañantes, pero por supuesto que no veo nada. Las primeras víctimas hacen su aparición. Gente que ha pasado de correr a andar, con ese paso triste del corredor vacio, extenuado y sin fuerzas del que se sabe aun muy lejos de la meta y alberga pocas esperanzas de llegar. Todavía tengo energías para animarlos, aplaudirlos, eso también me anima a mi, por ser tan afortunado de encontrarme fuerte.
¿Fuerte? ¿Estoy fuerte? Km .28 y km. 29. Hasta aquí sé lo que es un entrenamiento, por lo que a tiempo en carrera se refiere. Llevo 2h. 14´ y 2h. 18´ respectivamente. Ahora toca descubrir que hay detrás del km 30. Una de las experiencias se trataba de esto: Descubrir que hay tras el umbral del km. 30. A partir de aquí es nuevo para mi.
Pero a partir de este punto, como adivinando que puede ser mi punto fatídico, me esperaba mi apoyo. Víctor, que apareció en el 21 se quedó con Digi. Nacho con Alfonso y en el 30 la visión de Pili, mi mujer, me valió por todo lo recorrido hasta el momento. Su ánimo, su sonrisa, su entusiasmo me envolvió y me reconfortó. ¡Que tontería, ¿Verdad?! Pero los que habéis pasado por esta experiencia sabéis que es así, que un apoyo en un determinado momento vale su peso en oro y más si procede de la persona más querida. También sería injusto no decir que gracias a Jose “Numancia”, que me acompañó hasta el final, no sé que habría pasado. Después de finalizar su 10k realizando marca personal, se presentó en este punto con la sola intención de acompañarme en el último tramo del Maratón, de estar a mi lado en el muro, de cuidarme y mimarme hasta lo indescriptible.
- ¿Cómo vas campeón? Venga, de lujo, que vas muy bien de tiempo. ¿Quieres comer algo? Llevo plátanos. Yo te cojo agua, ábrete al lado contrario para que no te entorpezcan…
Yo solo tenía que pedir, él me daba. Agua, plátano (que la mitad de uno en esos momentos te sabe a gloria), isotónicos. Me indicaba por donde pasar. Iba avisando a los corredores próximos para que supieran que iban a ser rebasados. Me animaba constantemente. Increíble. Impagable. Creo que la emoción que sentía él al saber que estaba compartiendo conmigo mi primera Maratón era casi mayor que la mia, pero esto no era nuevo, ya me lo dejó ver en las semanas anteriores, aunque no me di cuenta hasta ese momento.

Por otro lado la factura se presentaba inmediatamente después de los postres, casi sin tomar el café. En el 32 caí en la cuenta de dolor creciente que llevaba en los aductores, no era insufrible pero si muy molesto, sobre todo cuando estas harto de correr. Pasé por la Avda del Litoral convencido de mi resistencia al calor. Allí donde la temperatura se hacía insoportable, la humedad más tenaz y la visión de la playa y el mar, lejos de aliviar castigaba la psiquis, me armé de valor y me demostré que mis flirteos y guiños con los días soleados no me los he inventado. Ví como cada vez más eran los apostados a los lados del recorrido, sufriendo las consecuencias de estas condiciones y lamentando su sufrimiento me confié a mi mismo. Empezaba a pensar que podía, pero todavía faltaba El Muro. ¿Dónde empieza exactamente? ¿Es físico o es consecuencia de los kilómetros previos? Yo particularmente lo fijé en le 35, si llegado aquí no presentaba síntomas de deshidratación, de lesión grave o cansancio extremo, acabaría el Maratón. Pero no llegó. No hubo Muro. Pasamos el Parque de la Ciudadela fastidiándome el cambio de asfalto a tierra. Ésta era muy alisada, pero me dio terror que un simple desnivel me torciera un tobillo, ya muy debilitados. ¡A mi! ¡Que no me los he chascado ni a propósito cuando he correteado por la noche entre los árboles de la Casa de Campo! Y ahora deseaba volver a pisar asfalto. Duró poco y enseguida nos bañamos en el mejor clamor de gente de toda la carrera: Plaza de Cataluña, Via Layetana, Ferran, Plaza de Sant Jaume… Gente y más gente, ahora todo ánimo es poco. Se necesita. Nunca lo he necesitado tanto.

El momento crítico llega en la Avda del Paralelo, en el km 39 donde tomo conciencia del tremendo dolor de aductores. Me da coraje y más fuerza puesto que oigo, o creo oir, el clamor del Pso María Cristina, lugar de meta, pero no puedo cambiar, solo mantener a duras penas un paso de 4´47 a 4´50 que mantuve desde que se unió a mi Jose “Numancia”, el cual no paraba de repetirme:
-¡Los vas clavando, máquina! Venga, venga, no paras de pasar gente.
Pero no podía más, quise maquillar un resultado que me alejaba por poco de las 3h.20´ pero sólo podía seguir “clavando” ese ritmo. En el 40 un nuevo aliento y esta vez de lujo. Miguel Ángel, nuestro querido presidente del club, venía a mi encuentro, bueno al encuentro del primero de los tres que hubiese pasado por allí, y se unió con renovados gritos y ánimos a Jose. Me llevaron prácticamente en volandas hasta meta. El último 400 fué de renovado y falso entusiasmo para recorrerlos en 4´05 ese kilometro y 195 metros.

No ví a nadie, por mucho que me dijeron en que curva estaban, sólo sé que desde mi propia nube veía el arco de meta majestuoso, saludándome como nuevo en la estirpe de los maratonianos, que el crono que marcaba en ese instante era insignificante, que me había enganchado para siempre por mucho que en ese momento lo negase, que mi capacidad de sufrimiento me regalaba lo que a otros muchos ya había hecho anteriormente:

Cruzar la línea de meta del Maratón.

Me lo regalé a mi mismo. Yo era el culpable de haberlo hecho. Mi inconsciencia y yo. Muchos estaban detrás de este logro entre los que destacan, sobre todos los demás, Pilar, mi mujer, mi compañera, mi amiga, que siempre ha creído en mi y en todo lo que hiciese, y mi padre que en otro tiempo me llevaba a las carreras ciclistas cuando era un adolescente y en este día de culminación competitiva, en lo que a atletismo popular se refiere, le eché en falta.
Pero era mi maratón, mi reto, mi deuda y me la he cobrado.
El tiempo 3h 22´30 como ya sabéis.
Los parciales estos :
- km 10: 4740´´ a 4´46´´
- km. 21´097: 1h.41´27 a 4´49´´
- km 31: 2h 28´30 a 4´47´´
- La segunda Media en 1h.41´03´´ = 24 segundos mejor que la primera, desechando décimas y centésimas para este calculo aproximado.
Es para estar satisfecho. Yo lo estoy y creo que repetiré, no sé con que objetivo, pero repetiré. La experiencia vale la pena, aun a pesar de tanto sufrimiento.

Epílogo:

Al día siguiente, cuando todos tus allegados te han hecho sentir rey por un día, cuando estás que te sales por tu hazaña, cuando te quedan ganas de sonreir aun a pesar de los múltiples dolores que aquejan tu cuerpo, vuelves a la rutina. Y en ella están tu entorno habitual, tus compañeros de trabajo que nada entienden de lo que has hecho durante estos últimos tres meses y has culminado unas horas antes.
Te ven aparecer con una rotunda y visible cojera y se ríen. Te preguntan que tal fue con esas preguntas que carecen de sentido, pero que agradeces, porque demuestran un mínimo interés:
- ¿Cómo has quedado?
- ¿Has terminado?
- ¿Qué tiempo has hecho?
- ¿Qué puesto has hecho?
- ¿Y el que ha ganado que tiempo ha hecho?
Todo va bien hasta que respondes a la última pregunta. Aquí toman conciencia de tu resultado y se les antoja vano ,inútil y absurdo. No aciertan a comprender como somos capaces de esforzarnos tanto para nada, que sacamos de esto, preguntan. Y no les vale con lo del espíritu de superación, salud, porque te echan un vistazo a tu cara de pollo enfermo, delgado, ojeroso y con una cojera ridícula, eso si no te has traído contigo alguna nueva lesión o dolencia más grave.
- Os admiro, pero estáis locos. 42 kilómetros corriendo y en poco más de tres horas. Estáis locos.
Lo sabemos y nos enorgullece.




Madrid, a 6 de Marzo de 2007.

Rodaje Nocturno (por Mildo)

Hoy, como últimamente viene siendo costumbre, salgo sobre las 19:30 horas dispuesto a hacer un rodaje de los del martes, esto es, progresivo, según mi entrenamiento chusquero, de esos que me marco desde hace ya no sé cuanto tiempo.

El caso es que tengo un recorrido fijado para cuando no hay luz, es decir, para las tardes de invierno. Un recorrido que bordea la Tapia de la Casa de Campo pero por dentro, por la zona de los chalés de Somosaguas y que luego se dirige hacia la pista de atletismo de Valle de las Cañas, la de Pozuelo. Bien, pues a esas horas el cielo estaba lleno de nubes rojizas, que le daba una extraña iluminación a la noche, así que ni corto ni perezoso me he adentrado por la Casa de Campo pegado a la Tapia, con la intención de hacer el tramo que va desde la entrada de la Puerta de Rodajos hasta la de Somosaguas. Un trocito de poco más de un kilómetro, vaya, para luego reanudar la marcha tal y como describía antes.

Una vez en el camino tantas veces recorrido por estos pies, lo cierto es que se veía suficientemente, quizá porque acababa de anochecer, quizá por el reflejo de las luces de la ciudad sobre las nubes rojizas que tapizaban el cielo, a veces por la iluminación de los propios chalés, pero el caso es que le daba un aspecto fantasmagórico al trazado.

Los árboles, en la lejanía, parecían moverse a mi paso, escondiéndose unos tras otros según me acercaba o me alejaba. Mi propio jadeo resonaba diferente, dándole al paisaje un aire más angustioso, a veces lo tupido de las copas de los árboles oscurecían del todo el camino y el frío se hacia sentir con toda su intensidad.

Lo mejor es que al llegar a la curva esa donde comienzan unos toboganes, abandonando la pista paralela a la Tapia y el domingo pasado se armó el Belén, (siempre que vamos en grupo nos atacamos en ese punto) algo me ha hecho girar a la derecha y adentrarme en la oscuridad más absoluta con la esperanza de seguir con esa tenue iluminación que me empujaba a disfrutar de la noche y de la Casa de Campo (CdC) de una forma que hasta ahora desconocía.

Como en los cuentos infantiles, los árboles cobraban formas con brazos, que la poca luz existente hacia parecer que se movían. Pero mientras el ancho del camino se mantuviese vería lo suficiente como para no fastidiarme un tobillo y quedar a merced de los mil y un peligros que desde la vegetación me acechaban.

Claro, no podía ser tan estupendo todo. Ha llegado un momento en el que no veía un burro a tres pasos y reduciendo el ritmo he llegado hasta la pista de asfalto que está siempre cortada y llega hasta la Puerta de Somosaguas. Todo subida, pero abierta y suficientemente iluminada. Mis tobillos ya habían jugado lo suficiente a la ruleta rusa.

A mitad de camino hay una pequeña fuente, quizá unas de las pocas que existen en este magnífico parque de las cuales no he probado nunca ni gota de agua. Y yo, valiente de mi, aguerrido marine curtido en mil y una batallas, marchaba presto y triunfante, motivado por mi hazaña nocturna, tarareando el “Thriller” de Michael Jackson, para dar más empaque al asunto (no, esto último es broma, que luego podéis pensar que me lo he inventado) cuando se me heló la sangre.

Esta vez iba en serio. Después de haber ululado yo mismo entre árboles, sintiéndome el rey de la oscuridad, el maligno, tocado por una fuerza oscura que me hacía correr seguro y poderoso entre la penumbra, aún a riesgo de romperme la crisma, pero con la certeza de que el amo del camino era yo, el dueño del misterio de la oscuridad era yo, ahora, casi me muero del susto. Ante mí, en esa fuente solitaria, hay un banquito. Y en ese banquito se hallaba una figura de un hombre sentado, con la cabeza ladeada, invisible tras un gorro de solapas tipo safari, un chaquetón oscuro y las manos entrelazadas sobre las piernas con unos guantes también oscuros. Todo era muy oscuro, joder, ¡Demasiado! Casi me da algo, cuando de detrás de él se incorpora un perro de grandes dimensiones que resultó ser un labrador color marrón y aspecto mansote, pero al levantarse se me antojó el mismísimo Cerberus, guardián de las puertas del infierno.

Como uno debe ser que nació para héroe, encorsetado en un pellejo débil y cochambroso como el que tengo, en vez de huir como alma que lleva el diablo, ni corto ni perezoso, sin dudarlo, me dirigí a ese hombre a saciar mi duda, más que nada porque no eran horas de estar tomando el fresco en un banquito alejado de la manos Dios. La curiosidad es la que mata a la chica en las películas de miedo, pensaba. Pero bueno…

El hombre de unos cuarenta y largos, más o menos, no reaccionó a mi tímida pregunta de si se encontraba bien. Cuando me dirigía a buscarle el pulso mientras volvía a preguntarle por segunda vez, abrió los ojos y se asustó al verme. ¡¡La madre que lo parió!! Dije. A mi también me asustó. Que le vamos a hacer.

Que qué hora era. Que quien era yo. Que donde estaba su perro…

En fin, que dando una vuelta, como siempre, se sentó hacía unos 20 minutos, mientras su perro hacía sus cosas, y se quedó dormido.
- Pero ¿Cómo es posible que usted se haya dormido con el frío que hace, así tan campante?
- Padezco narcolepsia. Fue su respuesta.

Yo tenía un compañero que no podía realizar su trabajo en condiciones porque padecía la misma enfermedad. ¡Se dormía en los semáforos! ¡Incluso en las emergencias! Desde entonces está en oficinas. Le llamamos Gusi-Luz.
La crueldad con Gusi, aunque fuese en broma, me ha sido devuelta con la misma moneda. El susto aún me dura.

A unos 100 metros está la Puerta de Somosaguas. Me aseguré medio escondido, por no decir que escondido del todo, que este incauto tío, que podía haberse quedado helado allí dormido, entraba al menos hacia su chalet, casa o siquiera su coche y se fuese con su perro a dormirse a otra parte donde yo no me sintiese su ángel de la guardia.

Diez minutos debieron pasar en total cuando seguí mi marcha, ya por asfalto, entre coches y a la luz de las farolas. Cualquier día de estos repetiré recorrido.
La oscuridad de la Casa de Campo me ha atrapado, como atrapado me tiene el día. Sus caminos, siendo los mismos, dicen distintas cosas que por las mañanas. Tienen secretos que poco a poco os iré contando.

Buenas noches y felices sueños.

Ciclista o Corredor (por Mildo)

Hubo un tiempo, cuando era un niño, en el que pensaba que la etapa del día de la Vuelta Ciclista a España duraba lo que duraba el resumen. Que dicho resumen no era mas que la retransmisión en directo de lo que ocurría y que por eso corrían tanto, porque no era mas que una especie de sprint de unos doce minutos, en el que se sucedían las metas volantes, subidas, bajadas, caídas, sprints especiales y la llegada. Todo así de rápido y hasta mañana. Luego, en mi magnífica colección de chapas, yo era Fuente "el tarangu" y con mi gorra del Kas bien calada y con la visera hacia arriba, como buen profesional, subía los puertos riéndome de Mercks, Pesarrodona, Van Impe, Ocaña, etc. Era el mejor, y mi padre lo sabía, pues él había sufrido en sus carnes las penurias de un ciclismo de la posguerra, en el que por sus propios medios, muy pocos, una bicicleta de hierro y con mas ilusión que nada, se lanzaba por unas maltrechas carreteras a por un futuro que no llegaba por mas carreras que disputase. El ciclismo era cosa de cuatro, y entre ellos no estaba Ginés "el gafas". Poco a poco, según fui creciendo, me hablaba de tal o cual corredor, veíamos juntos los resúmenes de la Vuelta y a veces jugaba conmigo a las chapas. Él era muy malo, pero me hizo una colección de chapas inigualables. Todas limadas exactamente iguales, con la foto en el interior de todos mis corredores favoritos, y por encima un cristal limado por los cantos, que entraba justo y a presión encima de la foto, dándole mas vistosidad y a la vez velocidad, pues pesaba mas que las normales. ¡De lujo! De vez en cuando, algunos fines de semana íbamos a Colmenarejo, entonces un pequeño pueblo de la sierra madrileña, en la carretera de El Escorial, donde alrededor se edificaban unos pocos chalés, entre ellos los de mis primos. El de ellos se levantaba en una colonia a las afueras de Colmenarejo, en una extensión de terreno que limitaba con un interminable campo que separaba esta población de Valdemorillo, Villanueva del Pardillo y Villanueva de la Cañada, ahora esta casi todo unido por numerosas e interminables urbanizaciones, tantas que casi no sabes donde empieza una y acaba otra. Allí hice amistades que perduraron durante muchos años y con los que durante mi infancia descubrí, sin querer, la pasión por la carrera. Tal y como empiezo mi relato, yo era un ciclista en ciernes, pero por entonces faltaba lo mas esencial: la bicicleta. Con las chapas saciaba mi necesidad, pero los fines de semana y no digamos un completo verano en el pueblo me recordaron que necesitaba una bici de verdad, eso también lo sabía mi padre, pero bueno, había que esperar un poco. Quizá la anécdota de esta historia fuese que mientras Andy, Jose, Miguel Ángel, Javi Ventura y algún otro pedaleaban por los sinuosos caminos de tierra de estos campos, yo les seguía ¡a pie!, corriendo, sin tregua, ni descanso, cuesta arriba y, ¡buf!, lo peor, también cuesta abajo, pues mientras a los demás les servía de descanso, yo por mas que apretase, les perdía y cada vez me costaba mas recuperar el terreno cedido. Es verdad que a veces miraban hacia detrás y si me veían muy lejos aflojaban y me esperaban hasta que les cogía y seguíamos, no pasaba nada. Nunca hubo una burla, un desprecio, una queja. Nadie dijo una palabra de aliento ni de reproche. Éramos niños y ciertas cosas no tenían importancia, el caso era llegar al punto previsto, explorar los límites de aquel campo inacabable, sin importar quien tenía mejor bici o peor. O quien no la tenía. Éramos exploradores. Un día, ahora pienso que su orgullo pudo mas que nuestra inocencia, mi padre saco de la manga y de un esfuerzo extra una bicicleta nueva para su campeón en ciernes. ¡Una Rabasa Derby naranja nuevecita para mi solo! Ahora sería "el tarangu" de verdad, ahora yo era mi mejor chapa. Y vinieron mas fines de semana y mas veranos y las excursiones eran cada vez mas largas y por los caminos yo jugaba en secreto, para mis adentros, a que estábamos en una etapa del Tour, éramos Hinault, Fignon, Arroyo, Delgado, Pascal Simón, etc. y al final yo ganaba, pero de esto mis amigos no se enteraban, yo imaginaba y punto. Las excursiones eran lo que menos me interesaba, yo competía. Y competí. Con catorce años empecé a competir, con bici de carreras, chichonera, rastrales, maillots de lana y acrílico, dos platos y seis piñones. Ya no corría, no iba entre bicicletas a pie, yo era uno mas y de verdad. Ahora en todo caso me seguirían a mí. Eso esperaba mi padre, eso le debía. Nunca me exigió absolutamente nada, el me inculcó su pasión por el ciclismo y yo le correspondí lo mejor que pude. Cada fin de semana me llevaba a tal o cual carrera con mi equipillo de entonces y se metía en el recorrido mil y una veces distintas a animar, aguar, hacer fotos, recoger ropa sobrante, darte un periódico en la cima del puerto para abrigarte en la bajada, a mí y a todo el que se lo pedía. No faltó a ninguna, era como Paco Mir, ese hombre del bigote que siempre sale en la llegada de la Vuelta a España arropando a los corredores en la meta, pero en las categorías inferiores. Con sus inseparables gafas, labio fino y gesto apretado, como dando pedales contigo, y frotándose las manos continuamente, en una especie de tic nervioso, de pura tensión. Pasaron los años, las categorías se sucedieron y después de dejarme la piel, el alma, algunos compañeros muy jóvenes en algún desgraciado accidente, a través de infinidad de kilómetros, viajes, entrenamientos en la mas absoluta soledad, en ese silencio que vivimos los fondistas, esa magia del horizonte que cuanto mas corres hacia el, mas se aleja, esos atardeceres fríos, mañanas lluviosas, tórridos mediodía de verano, todo se acabo. Fue en Septiembre. Me bajé de la bicicleta un domingo de Septiembre para no volver a subir nunca mas. Tenía veintisiete años. Y la carrera de Hinault, Delgado, Fignon, llegó a su fin. Nadie había ganado. Nadie había perdido. Mis amigos de la infancia ya no estaban allí, hasta ahí no habían llegado. Ya no había nadie por quién correr. Me cansé. No lo sé. Terminé la temporada y se acabo. Mi padre no me preguntó por qué, quizá su campeón no lo era tanto y nunca dijo nada. Calló y animó. Pero nunca dijo nada. Había pasado el tiempo, y por alguna razón mi mujer empezó a correr, ¿por qué no te animas a venir un día con nosotras? -decía. -A mi el correr me aburre, es pesado y cansino, no tiene ninguna gracia.- replicaba. El niño de Colmenarejo se revolvió en mis entrañas, y con su lozana sonrisa se calzó unos viejos zapatos infantiles cubiertos de polvo de cien caminos y me acompaño en unos torpes pasos por el Parque de Aluche. Me llevaba de la mano, sonriéndome, mostrándome a la gente correr, sin vergüenza, sin rubor, indiferente a mi paso desaliñado. Un día me enseño como correr entre bicicletas, como adelantarlas en la subida para aventajarlas antes de que llegue la bajada y me di cuenta que siempre fui corredor, siempre, incluso con la bici entre mis piernas, que me gustaba correr, solo eso. Sin más. Y competí. Vinieron muchas carreras después y en cada una corre conmigo un niño que un día conocí en Colmenarejo, de cara afilada y flacucho, sonrisa burlona, ojos castaños, pantalón corto y zapatos polvorientos, que me recuerda que el deporte no es demostrar nada a nadie, sino demostrarte a ti mismo que eres capaz de hacerlo, de mejorar, y de disfrutar haciéndolo. DISFRUTAR. La burla es el arma de los necios. También viene mi mujer, que realmente fue la que me despertó de un largo letargo atlético. Gracias cariño. Y como no, Ginés, mi padre, con sus inseparables gafas, labio fino y gesto apretado, como dando zancadas contigo, y frotándose las manos continuamente, en una especie de tic nervioso, de pura tensión. Sigue dando agua, ánimos, y ayuda en carrera a todo aquel que lo necesite. Nada ha cambiado. Si un día en alguna popular de Madrid, un hombre de unos sesenta y pico años, metro setenta y tres, con gafas, entradas pronunciadas, cámara fotográfica al pecho y anorak rojo os hace una foto sin que os conozca de nada, es Ginés "el gafas", ciclista retirado, aficionado al esfuerzo en soledad de cada corredor, de cada fondista, de cada kilómetro. A pie o en bici. Mi más sincero agradecimiento, papá.

lunes, 29 de octubre de 2007

Mapoma 2006, por Cami

Bueno, aquí estamos otra vez, dispuestos a aburrir al más pintado con una nueva crónica de nuestras correrías por Madrid, pues bien, el que quiera puede dejarlo ahora o seguir hasta el final…

En primer lugar y al revés que en las películas, primero los créditos o agradecimientos, por si alguno de los nombrados prefiere obviar el resto de la crónica:

A mi familia: De todos los agradecimientos es el primero que he puesto y el último que escribo porque no quiero ser repetitivo con los típicos tópicos, pero bueno tengo que empezar y ¿que decirle? a mi mujercita y a mis hijos (que todavía se creen que su papa gana medallas de verdad y que es el 1º de todos los Papas en todas las carreras, inocentes…), pues lo fundamental es que os quiero un montón y luego que si en algún momento habéis pensado que os dejaba un poco de lado por las carreras… pues que es verdad (jajajajajaja) bueno solo que os quiero un montón, .

A Corta: Porque el 100% del mérito de haber bajado de 3h es todo tuyo, sin ti, probablemente me habría quedado un poco en la cuesta abajo final de Alcalá (desde Ventas) y me hubiera conformado con entrar unos segundos por encima, de hecho hasta que no vi el reloj a unos 40M de la meta pensaba que me había ido unos segundos por encima. Y agradecerte que estes tan “anoréxico” como yo porque es bueno tener un “cómplice” con la misma opinión sobre el deporte, la salud, etc…

A Carca y a Ander: Porque por vuestra “culpa” estoy metido en estos líos de correr estas distancias tan largas y extenuantes, y sobre todo a Carca porque por ti empecé en esto y por ti sigo, que si no me hubiera bajado a distancias más racionales.

Al club CD Ogrove: Que habiendo sido el último en llegar, me habéis tratado como si llevará toda la vida corriendo con vosotros, y agradeceros todo lo que he disfrutado corriendo los domingos en la CdC, sobre todo en esa recta maravillosa del bosque, que no se que tiene que te lanza…, ¿verdad José?. La verdad es que siempre soñé con poder correr en una cuadra tan buena y numerosa como esta. Es una gozada ver como todos los domingos hay catorce o quince tíos que están como un reloj (y como una cabra supongo) a las 08:45 de la mañana dispuestos a meterse entre pecho y espalda una panzada de Kilómetros. Solo deciros que es una gozada!!!

En dos palabras: “Im-presionante”, el verme el día del maratón en un grupo de tanta gente, todos uniformados iguales, que sensación más buena sentirse parte de un equipazo, no se cuantos éramos, pero creo que en la foto oficial debíamos ser unos 20 corredores!!!. Por cierto a ver quien la tiene y la envía

A Luis: Porqué me ha transmitido y recordado las sensaciones que tenía yo hace años cuando disfrutaba como un enano corriendo, siempre he dicho que hay tres cosas igual (o casi) de gratificantes, una buena venta, un buen P…o y una buena carrera… y disfrutar tanto corriendo, incluso solo…es un lujo.

A los Bañón-Bañona: Por sus ánimos, su apoyo en la carrera, la logistica que aportaron, parecían José María García en sus buenos tiempos siguiendo la vuelta a España: Atención coche 1 como va la escapada, coche 2, sigue el pelotón entero?... Atención Miriam en meta, que llega Luíiiiiiiiiiiiis…
Un 10 a los dos!!!! Chapo!!!! Y luego los pobrecillos con la pedazo de jupa que se metieron se volvieron a casa en metro…

Y a Miriam: por la pedazo de comida de la pasta que organizó, no recuerdo haber comido 4 platos de pasta de una sentada en mi vida, si, Miriam fui yo el que acabe con los espaguetis, me sentía culpable tenía que confesarlo, aaahhh y otra cosa no había visto una macedonia como esa en mi vida DIOS MIO

La verdad es que por muy extenuante que sea, que lo es, pocas cosas hay parecidas a la maratón y me explico:
El compañerismo (es difícil verlo en otras situaciones de la vida), la exaltación de la amistad (ni con 20 gintonics encima…), el pre-maraton (las 2 semanas previas son de una intensidad y una emoción… ), la carrera en si (superar tanta dureza..), el post-maraton (las alegrías y los sinsabores después de tanto tiempo entrenando…); vamos que entre irme a tomar unas copas o a correr unos kilómetros, Ander lo siento, pero lo tengo clarísimo!!!

Bueno después de tanta cursilería, vamos a la carrera en si:

Esta vez es difícil expresar lo que sentí, porque fue una mezcla muy rara, por un lado se me hizo asombrosamente corta (debe ser por la liebre del mismo nombre), por otro lado iba más justito que el año pasado, pero también más entero, sobre la media me molestaban un poco los gemelos, pero luego casi la “pifio” por el cuadriceps derecho que lo llevaba a reventar…, tenía confianza, pero ciertas dudas…,

Gracias a Dios todo salio exactamente tal y como lo había imaginado en el mejor de los escenarios, controlarme por pulsaciones hasta el 34,5K y luego tirar para acercarme al globo y acabar pasándolo en la última bajada de Alcalá, después de Ventas. Increíble pero salio exacto. Mi única duda al principio era el ritmo al que podría ir al controlarme por pulsaciones, aunque la prueba que me había hecho de los primeros 5k, el martes anterior, me daban una perdida de unos 15seg en las subidas y recuperación e incluso pasarle en las bajadas….

He estado preparando la carrera 4 meses en el plano físico y durante 4 semanas el mental, todas las noches cuando me acostaba, después de dar gracias al de Arriba, repasaba y visualizaba el recorrido, además de mentalizarme de que la retirada y el muro o el hombre del mazo son un mito, que no existen, y que no eran una opción y por tanto no habría obstáculos en la carrera que me impidieran acabar bien.

He tenido muchas presiones o mejor dicho tentaciones, cuando todo el mundo me decía que intentara bajar de 3h, que saliera con Juanjo y el globo de 3H…; pero desde que me hice la prueba de esfuerzo y el médico me dijo que mi umbral eran 163P, me dejo un poco chafado, puesto que no quería entrar en fatiga hasta pasado el 34,5K y con ese umbral sabía que iba justito justito para acompañar al globo de 3h, que si todo se daba bien podría conseguirlo, pero sabiendo que hay tantos factores que influyen en la carrera..., me estuve mentalizando y de verdad que ha sido lo más difícil, para que aun sabiendo que tenía 3h en las piernas, correría sobre pulsaciones lo que me podría llevar desde arañarle algunos segundos a las 3horas como irme hasta 3:14´.

Por otro lado, el recorrido de la carrera me desmotivaba mucho y sino hubiera sido por el pedazo de grupo con el que corro, no me hubiera presentado en la salida y me hubiera reservado para intentar atacar el record de Corta de 10K y ½ maratón (aunque lo lógico es que los mantenga el porque es mucho mejor que yo… pero bueno ya veremos…)

En fin, el día de la carrera a las 06:00H en pie y como el año pasado pienso que soy el primero en levantarme y el primero en comenzar a velar armas, desayuno como me ha recomendado Luis, lo de todos los días, así que me meto bocata de atún y 2 plátanos además de 1L de agua, me visto, me pongo vaselina en las “zonas sensibles” y a esperar que venga Carca a recogerme, pero queda casi 1 hora y me pongo a escuchar la radio y a ir al baño cada dos por tres, aunque no consigo plenamente mi propósito, confío en que no me de problemas en la carrera, porque es lo único que me puede fastidiar…el haberse visto en “problemas similares” en otras carreras me hace temer siempre este pequeño inconveniente…

Esta vez he llegado a la carrera con las mejores sensaciones posibles, sin problemas musculares, creo que bastante bien de forma, lo único que no noto es esa sensación de pesadez general y en las piernas en particular, que en teoría es la mejor señal de que has llegado con las pilas cargadas a tope, pero bueno, como los pensamientos negativos no están permitidos, prefiero pensar que es que he llegado en tan buen estado que no noto ni eso, así que con toda la confianza del mundo me dispongo a salir, cuando me suena el móvil y SORPRESA, es Corta, que por fin ha contestado a los innumerables sms que le envíe el sábado pidiéndole que me acompañara y a los cuales el cabrito no contesto hasta esta mañana. Que alegría!!! Voy a tener compañero como Juanjo y José.

La verdad es que es duro correr solo, más en una maratón, y me daba un poco de miedo pensar que con la estrategia de carrera que me había montado, al ir solo, viendo el globo unos metros adelante, o bien, terminará desinflándome por intentar alcanzarle o bien me hundiera por no poder hacerlo.

Como siempre me empiezo a poner nervioso, porque se va acercando la hora y no nos hemos colocado todavía, ¿es que no se dan cuenta que es fundamental para empezar bien? y ¿para la clasificación final?, al fin y con la ayuda de José consigo que lleguemos a la 3ª ó 4ª línea (nunca había salido tan atrás), ahí empiezan las riadas de meadas, el vuelo de camisetas, los paracas, los conjuros con los amigos deseándonos suerte y sobre todo la última mentalización:
Esto es la guerra…, no hay dolor…resistir hasta el final…, solo ganas si sabes sufrir…, y como no, repase mentalmente el lema de nuestro club de origen:
“Nunca hasta aquí se vio que Españoles un pie atrás tornasen… por miedo, ni aún por hambre ni heridas que tuviesen...”

Después de esto no había narices a fallar

10,9,8,7,6,5,4,3,2,1 Pum!!! A por ellos…

Castellana para arriba y a unos metros del globo (se estira, se encoge…), ahora voy con José, ahora voy con Juanjo… recuerdo que el año pasado fui absolutamente distraído hasta el 14K, mirando a la gente, Madrid… y hago lo mismo, pienso que es fundamental empezar a meterse kilómetros sin enterarse y la mejor manera es mirar de vez en cuando las pulsaciones y el resto a contemplar a la gente, los corredores…, como el año pasado mi padre en el 3,5K, le doy la camiseta de calentamiento (pobrecillo, piensa que su hijo ha enloquecido con esto de las carreras…), en la bajada de Bravo Murillo me acerco al globo y en Guzmán el bueno me meto en el hasta más o menos Juan Bravo donde le dejo, bueno mejor dicho me deja el a mi.
Mención especial a mis suegros que con ataque de reuma fueron a verme y este año si, la cámara llevaba carrete.

Por cierto Juanjo impresionante, absolutamente constante, concentrado y muy fuerte siempre ahí con el globo, que pedazo de carrera hizo, le veía tan fuerte que me parecía yo creo que hasta más grande…!!!

Juan Bravo a tope de gente, no se me atraganta, ahora a por Principe de Vegara que lo pasamos también sin problemas más o menos con el globo.

Como no podía ser de otra manera María me había dicho que estaría a la izda y claro se puso a la dcha …, con lo que como el año pasado la vi de reojo.

En Arturo Soria, que vergüenza con Sergio!!!, yo veía un tipo, que no conocía de nada, que iba en bici a mi lado un buen rato y me miraba y me miraba, y yo pensaba que mirara este tio, será de seguridad, y me puse el dorsal para adelante (sabéis que en carrera siempre me pongo el cinturón con el dorsal para atrás que me molesta menos), y como seguía mirándome pensé a lo mejor es de los servicios médicos del maraton y piensa que voy mal…, será gili, si no levamos ni media maraton y voy fenomenal….
Hasta que ya le hice un gesto con la cabeza, así como que “que pasa” y me pregunto ¿que tal? (pensé, leche es médico seguro, a ver si me va a parar y me va a joder…) y le hice una mueca como que bien, bien; entonces me pregunto ¿Dónde va Juanjo?, con lo que ya le identifique como la persona que tomaba los tiempos en el 2X6000 y me tranquilice…

Reservándome en la subida de Arturo Soria y ya buscando a Corta, porque no recordaba bien en que kilómetro me dijo que se iba a poner…, pero al final ahí le veo cojonudo…

Y a partir de aquí me acuerdo de poco (piernas no se pero cabeza… deja mucho que desear…), me acuerdo de lanzarme (supongo) en alguna bajada en la que Eli y Juanjo me decían tranqui… que aquí es cuando te juegas el maraton…. Y luego en las subidas como me dejaban de nuevo, pero sobre todo me fui distrayendo tanto que como digo no recuerdo con detalle partes del recorrido, salvo el churrero del 35K al que salude como dijimos Luis. Los camiones de Coca Cola con grupos, unos muy buenos de percusión, con algún grupo de abuelillos que tocaban muñeiras o que se yo porque casi no se les oían.

En fin que veía como iban pasando los kilómetros y veía más cerca la posibilidad de acercarme o bajar algo de 3h, aunque se me iba cargando el cuadriceps dcho.

Luego llega el momento en que pasé a Juanjo que no recuerdo muy bien donde fue. La verdad es que esos kilómetros fueron un juego mental muy entretenido, en el cual éramos dos equipos: Juanjo y Eli y Corta y yo, y claro no podía permitir que por mi culpa mi equipo perdiera, así que pensando que le tenía que pasar, que mi equipo tenía que ganar…poco a poco fuimos acercándonos hasta que pase a Juanjo, después recuerdo pocas cosas: solo que Corta miraba de vez en cuando para detrás (supongo que para ver donde venía Juanjo) que a mi ya me daba igual que me ganará e incluso el bajar de 3h, también que como dicen que mirar para detrás es señal de que vas justito, y que aunque iba más que justito que nada, no quería dar esa sensación al “equipo contrario”, Corta que me decía se te va a escapar las tres horas por unos segundos (ya sabéis como calcula este, efectivamente llegue en 3.00.01, supongo que el llevaba el tiempo general no el neto), peo me daba igual, solo quería regular un poco porque me daba miedo que estando tan cerca y con tan buen crono, se me fuera a romper el cuadriceps y que acabará allí la carrera,
Recuerdo que también iba pensando en darle las gracias a Corta cuando se retirará (porque de verdad que se agradece un huevo!!!) y creo que se las di varias veces, seguro que pensaría este tio ya va sonado….

Y al final de repente El Retiro!!!!, que sorpresa tan agradable porque llevaba puesta la vista en unos árboles mas adelante (supongo que la entrada de la puerta de Alcalá) y la entrada en el Paseo de coches del Retiro APOTEOSICA, me parecía la entrada en el Olimpo, llena de gente aplaudiendo, el público entregado jaleandote por encima de las vallas, me pongo a correr, creo que a buen ritmo, pegado a las vallas de la izquierda para sentir el aliento del público más cerca y al final cerca de la meta, María y los niños, María me pasa a Jorge por encima de la valla y como pensaba que ya me había quedado por encima de las 3h, le cojo de la mano y comienzo a correr con el, eso si pensando, bueno ya me han fastidiado ahora en vez de por debajo de 3h y 1min haré 3h y 2 min, pero bueno estaba muy bien de todas maneras, pero según me acerco veo el crono oficial y pone 2:59:40 y sin pensármelo dos veces dejo al pobre Jorge plantado y salgo esprintado a todo lo que me dan las piernas, que por otro lado no era mucho, pensando lo consigo, lo consigo, lo consigo uuuuuuyyyyyy casi, que putada, paso por debajo del arco en 3:00:01, pero luego me acuerdo del tiempo neto con lo que puede que haya bajado unos segundillos…. Y me vuelvo a buscar a Jorge que viene corriendo como una pulguilla entre tanta gente asustado con ganas de llorar pensando el cabrito de mi padre…. me ha dejado tirado. Luego le pregunte y me dijo que lo que sintió es que no quería que la gente le mirase, le debía dar vergüenza, en fin le cojo y casi me caigo al suelo, se me tambalearon las piernas con lo que me incorporé y decidí no intentar agacharme más….

Que pena que durase tan poco la entrada en el Retiro, por volver a sentir esa sensación hasta correría otro maratón el año que viene…. Continuará III parte

Mapoma 2006, por Guillermo

Después de 4 laaaaargos meses de entrenar fuerte y luchar contra los elementos (léase lesiones del pie y haber sido estafado por un hijo de la gran puta que hace plantillas) llegó el ansiado fin de semana.
Mi planteamiento este año era sencillo; llegar, correr, triunfar y volver. En plan profesional.
Para ello había reservado billete de avión para el sábado previo por la mañana, así como una suitte con baño propio en la flamante posada “Can Carcasona”.
La posada disponía de servicio de chófer y a la hora prevista me recogían en la T4 para trasladarme a la comida de la pasta que se celebraba en casa de Luis y Miriam. Allí nos reuniríamos todos los participantes en la maratón del domingo, con sus familias, excepto la de Jordi, que optó por ir a relajarse al Parque Warner.
Después de engullir por enésima vez en la misma semana sendos platos de spaghetti, empezaron los primeros síntomas de nerviosismo en alguno de los participantes. Uno de ellos sacó la “to do list” y se dispuso ordenadamente a realizar las tareas que tocaban para esa tarde. Colocar el chip en las zapatillas, colgar el dorsal en la camiseta, y por supuesto seguir hidratándose de forma correcta.

Sobre las 19,00 horas, traslado a la posada para seguir descansando y cenar con la familia Español –Pons, previamente habiendo parado en el super más cercano a abastecernos de plátanos, Muesly y la cena, que por supuesto era pasta, esta vez tagliatelle con gulas, regadas con las mejores aguas minerales y los Aquarius a los mil gustos.
Sobre las 23,00 visionado fugaz del partido Barça – Cádiz, hasta que Samuel Etoo fallara el penalti.

Despertador a las 06,30. Ducha, y empezó el ritual que todo runner que se precie sigue al pie de la letra. Repaso de la indumentaria que utilizaría durante la carrera, como si la noche anterior no lo hubiera repasado un par de veces!! En fin, todo a punto, y en la posada, el desayuno era del tipo self service. Yogur, muesly, miel, plátano, aquarius y de postre tostada con miel. Pasó lo que tenía que pasar y que además no podía fallar. Después de tragarme esa mezcla explosiva, visita al sr. Roca, que se alargaría más de lo previsto.

07,50 horas: Recogimos a Cami en su casa y nos trasladamos a aparcar el coche en el garaje de la oficina de Luis. En el parking, últimos retoques de maquillaje. La vaselina corría que daba gusto. Unos se untaban los pies, otros las tetillas y otros…

09,00 horas: ya ubicados en la línea de salida y entre olor a sudor y linimento, observamos la habilidad de unos para miccionar dentro de una botella rodeados de diez mil tíos. Me dispuse a imitar esa rara costumbre y lo único que conseguí fueron unas gotas, ya que justo en ese momento en que piensas ‘’por fín, ya sale’’ la marea humana empujó fuerte hacía delante para colocarse en la línea de salida. Imaginaros la estampa, corriendo con la cosa dentro de una botella de plástico!!! Total, que botella al suelo, y puuummm!!! A correr, por delante 42 km’s.

L: Joder, voy muy alto de pulsaciones
G: Tranquilo, debe ser que hay un cruce entre tantos pulsímetros
L: Es que no es normal, no lo entiendo
G: Estás muy nervioso, es normal, tranquilo
Dos o tres kilómetros más adelante…
L: Este kilómetro está mal medido!
G: Debe ser tu podómetro que no mide bien, yo no me fío de estos aparatos
Estas fueron algunas de las conversaciones entre Luis y yo.
Íbamos pasando kilómetros al ritmo previsto, siempre con el preaviso de Luis (ojo subida, cuidado que vamos muy fuertes) De paso yo iba haciendo turismo por las calles de Madrid, aprovechando un paso subterráneo, primera meadita en carrera, acompañado de un tal Juan Carlos, que nos acompañó desde la salida.

Sobre el km 15 la familia de Luis, con Patricia, animando de forma espectacular.
Sobre el km 18 Adela, Susana y mi amiga Anita Carcasona, nos dan otro empujón de moral.
A partir de aquí Luis advirtió que empezaba en ese punto la maratón y dejamos de hablar para ir tirando milla tras milla. Sobre el paso por Ifema, empiezan a los primeros síntomas.
Sin dejar de correr me ponen Reflex en los gemelos, a ver si ese pinchazo se va de una vez. Luis también se queja de sus gemelos y Juan Carlos también se queja de su pierna.
Vamos apañados! Aprieto los dientes y sobre el km 31 empiezo a dejar atrás sin quererlo a Luis y Juan Carlos, aunque éste último me atrapa de nuevo, para volver a dejarlo unos metros más adelante.
A partir de ahí me doy cuenta que voy a ir solo hasta el final, si no aprietan un poco y voy tirando. Paso por el estadio de la Peineta, qué barrio más majo y que putas avenidas dónde desde la señal del último kilómetro puede divisarse el siguiente. Desalentador!
Por ahí aparece I. Bañón, al que tengo que advertir que soy yo el que está ahí. Eh!! Bañón, que soy yo!!! Me acompaña unos metros y me anima. Se queda para esperar a Luis y acompañarlo últimos km’s.
Empieza la cuenta atrás, y en una parte dónde el público deja un estrecho paso a los corredores, me entra un subidón de miedo y empiezo a apretar el ritmo. Joder, estoy más fresco que hace unos kilómetros y no sé si es el gel que me he tomado o es que la gente me pone. Me lo paso teta, los coches tocan el cláxon y muchos corredores insultan a la gorda del Hyundai rojo que no cesa de tocar la bocina. Hasta le tiran botellas de agua contra el coche. Me vuelvo a concentrar, y de repente una subida mortal de necesidad que nos lleva hasta la plaza de toros, dónde coronamos el alto de las Ventas.
Empezamos a bajar, según decían, pero mi sensación es que esa bajada no acaba de llegar. Ya no sé en qué km estamos y tengo que preguntar a otro corredor si hemos pasado el 40. La respuesta es afirmativa, por lo que pongo lo mejor de mí y me tiro en picado (por lo menos lo pienso). Por el camino saludo a un participante de Barcelona, socio de mi club de natación. Su hermano gemelo ha tirado más que él. Le adelanto y quedamos en vernos en la meta. Llega la última curva, entrada al Retiro, me da un verdadero subidón y un escalofrío me recorre el cuerpo.
Entro en la recta final buscando el ánimo de vuestras mujeres y de Cami, que doy por hecho que hace tres cuartos de hora que ha llegado. Como siempre, no veo a nadie, ni me ven. Cruzo la línea de meta con muna alegría enorme. Ha valido la pena todo el sufrimiento.

Bebo, bebo, y vuelvo a beber agua. En meta saludo a uno de los gemelos de Barcelona, pero me doy cuenta que no se trata del mismo tipo que he adelantado hace un rato. Son dos hermanos de lo más peculiar, corren con un pañuelo con la bandera americana en la cabeza y sin camiseta. ¿los visteis por allí?
Al rato llega Luis y nos reunimos con los finishers mientras tomamos unas cañas.
Joder, qué peso me he sacado de encima, de verdad os lo digo.

Dejándome ya de coñas, agradecer a todos vuestro compañerismo, empezando por Jordi, que me ha metido de alguna forma en todo este follón y en otros (léase triatlón) y que me acompaña en muchos entrenos y más competiciones, siguiendo por la familia Carcasona, que me ha acogido en su casa de forma maravillosa, continuando por Luis, que además de invitarme a comer en su casa me acompañó durante 31 km’s (la idea era ir juntos hasta el final, pero el maratón es el maratón y nunca se sabe lo que pasará al siguiente km), y finalizando por el resto de amigos, como ese Africano o Eritreo o lo que cojones sea, que se hace llamar “Cami” y que ha demostrado que es una bestia, y finalizando por Ignacio Bañón y Adela , que a pesar de no haberse inscrito en Mapoma, hicieron casi tantos kilómetros como el resto.
Eh!!! No me olvido de Ignacio Cepeda y Patricia, nuevos entre mi club de amigos.

Gracias a todos y recordad que en menos de un año, la cita es en Barcelona (4 marzo 2007)




Guillermo (03,46’,54”)
Mapoma 30 abril 2006

New York 2005, por I. Cepeda

Verrazano Narrows tembló bajo nuestros pies.
¡God bless América!; el estampido de un cañón y ya había comenzado el maratón de Nueva York : dábamos los primeros pasos para formar parte de la leyenda.

Nada hasta aquí había sido fácil.

Horas robadas al sueño los fines de semana, fiestas y verano; carreras bajo el sol abrasador de Moratalaz, paraíso del “truchilla”; momentos de soledad por las calles de Madrid y en las aburridas cintas de cualquier gimnasio; litros de helado por consumir y toneladas de pasta consumidas; algún gin-tonic de menos y muchos kilómetros de más; la comprensión de nuestras familias y el tiempo que les quitamos…todo el esfuerzo de los últimos meses se condensaba en el aire confundiéndose con la densa niebla que nos cernía y aguijoneaba nuestro espíritu y nuestros músculos para completar 42 kilómetros y 195 metros.

Nada desde aquí iba a ser fácil.

Habíamos llegado a los alrededores de Verrazano tras un imponente madrugón y la formidable cola para tomar el autobús frente a la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York. Allí empezamos a comprender algo de la grandeza de esta prueba. Miles de personas de toda edad y condición, animosas, sonrientes y motivadas por los más variopintos objetivos (había un tipo disfrazado de rinoceronte, con el loable y extraño empeño de concitar la atención sobre la desaparición de dicho animal) se distribuían ordenada y tranquilamente en una cola imposible para nuestro hispánico punto de vista de las esperas multitudinarias. El ambiente era festivo y nosotros así nos lo tomábamos, algunos más que otros debido al disfraz que Alfonso y el Ayuntamiento de Madrid nos habían proporcionado.
Embarcados en los autobuses, recorrimos los kilómetros que nos separaban de la salida no sin antes exportar el noble arte del Combarro a los miles de corredores que estaban en camino y que marcaron / marcamos nuestro territorio de cara a la pared o, en el caso de las corredoras, de espaldas (¡qué fino!) a los árboles.
Llegar a nuestro destino iniciático y comenzar el cosquilleo que precede a la competición fue todo uno: una muchedumbre repartida por colores y números pululaba frenéticamente dándose friegas de linimento y ungüentos mágicos, estirando, calentando o buscando desesperadamente algún lugar donde evacuar los últimos gramos de sólido o líquido innecesario. Abandonamos a Morita a su suerte en el corral de color verde y nos fuimos a nuestro lugar azul.
El desconcierto producía la sensación de estar en el Woodstock de los “runners” (¡qué pesadilla podría ser!). Sin embargo, en un instante la masa guiaba sola y precisa hacia la salida. La costumbre de tirar sobre una valla la ropa sobrante, nos hizo desprendernos de los últimos vestigios del elegante chándal blanco y gris, regalo alfonsí-madrileño, que despertó la admiración de toda la concurrencia.
Se oía hablar en todos los idiomas, la gente se saludaba y deseaba suerte y la cadencia del movimiento se convertía en un trotecillo cochinero que nos impelía a buscar la línea de inicio. Nosotros nos apiñamos para gritar nuestro lema que nadie recordaba :todos estábamos allí, ansiosos por comenzar…Alex, concentrado y tranquilo; Alfonso, con esa guindilla que se le pone en cada salida, expansivo y animoso; Ignacio, con su gorra blanca y el aspecto de fondista polaco, siempre irónico, siempre contenido; Luis, nervioso, vital y afable, hablando con boludos y boludas; Manolo, sonriente, alegre, compañero; Maté, apacible, pero con una determinación contagiosa, también compañero. Sólo nos faltaba Morita, el cáustico y simpático “Depredador de Woodbury Commons”, que cerraría, en algún momento, la carrera.

Y el puente Verrazano tembló bajo nuestros pies.

Las gacelas desaparecieron en lontananza, quedando Manolo, Maté y yo en un grupo que nos prometíamos tranquilo.
Un extraño balanceo acompañó nuestros primeros metros: el puente nos replicaba repitiendo la liturgia de cada paso, de todas las zancadas, del peso de miles de ilusiones lanzadas a un reto sin igual.
Desde aquí mi carrera de dividió en tres etapas: la ilusión, el desengaño y la obsesión. Un tránsito físico y casi espiritual que lleva a los corredores de fondo a sentir toda una vida en cada carrera.

La primera etapa, acompañado por Manolo y Maté, contaba con toda la imaginería típica de la prueba. La primera milla de subida resultó un aperitivo ligero y daba alas a nuestra imaginación, haciéndonos creer que si aquello era una subida, Nueva York era pan comido.
Maté marcaba el ritmo con alegría y determinación, suelto, ligero, atrevido y confiado. Manolo y yo, haciendo uso de los cachivaches ultramodernos y GPS al uso, íbamos controlando el ritmo y poniendo el ancla a “Matecito Veloz”.
El espectáculo asombraba: una multitud abigarrada y colorista, confundiendo corredores y público, se retorcía por las autopistas que conducen a Brooklyn hasta desembocar en la 4ª avenida, por la que correríamos casi cinco millas. Nos reíamos, cantábamos con quien cantaba, saludábamos a irlandeses, mejicanos, daneses y asturianos y teníamos tiempo y ganas para comentar cualquier incidencia que nos llamase la atención. Al final, cuando Brooklyn dejaba de ser una avenida recta y llena de toboganes para adentrarse en los barrios multiculturales que se tropiezan entre sí y que, a través de Queens, llevan a Manhattan, vislumbramos una bandera española que nos atrajo como un imán: allí estaba lo mejor de este viaje y del maratón; un grupo de mujeres maravillosas que nos apoyaron hasta la extenuación y que desde el primer día han sabido aguantarnos para que nuestros caprichos se hicieran realidad. Esa visita era suficiente combustible para lo que aún quedaba. Gracias a todas. Muchas y emocionadas gracias.

Música caribeña, rock, folk, bandas de música; un extraño y silencioso barrio judío, barriadas negras con ese ritmo de vida meridional que tan bien conocemos los españoles, el barrio polaco, confuso y vibrante…y Pulansky Bridge.
Yo sentía que perdía vivacidad con cada paso y noté que mis pulsaciones subían bruscas. Me di cuenta que miraba al suelo muy a menudo, pregunté a Maté por sus pulsaciones, ya que sabía que el lugar donde Manolo lleva el pulsómetro no es el más adecuado para controlar el corazón, y percibí que algo no iba bien. Pasamos juntos la media donde ya iba haciendo la goma, enfilamos Pulansky que, en la distancia, me pareció un muro molesto, y dejé que se abriera la primera brecha. Alcancé a mi equipo (al que se había unido un agradable gijonés de saludable aspecto) en la bajada sólo para decirles que siguiesen a su ritmo, que yo iría al mío. Noté que la ilusión se iba rompiendo en la triste sensación de la impotencia, en el amargo vacío de la soledad del corredor de fondo.

Las calles vacías que llevan a Queensboro Bridge me vieron parar por primera vez aprovechando un avituallamiento…y a sufrir de nuevo. En el puente iba ciego, lo encontré odioso y oscuro, con gente que ya paraba por decenas y sólo las voces de dos mexicanos cantando ¡qué viva España!, me dieron aire y me regalaron una fugaz sonrisa.
1h 58m en la media, 2h 34m al salir de Queensboro y la meta inmediata de llegar a la milla 18 donde vería a nuestras chicas con las banderas. Ni la imponente visión de la gente agolpada en la Primera sirvió de consuelo. Me repetía que tenía que correr hasta las 3 horas, que para entonces ya habría pasado la milla 18 y que podría comer un plátano, algo…. Iba hambriento y acepté un plátano de una espectadora, o un niño, ya no me acuerdo. Recuerdo que lo llevé en la mano como un relevo soñando con la milla 18; una parada, un descanso para comer y sonreír con el club de fans.
Pasó la milla 18…,la 19…y nada. Me detuve para comer y volví a tomar algo en el avituallamiento de Power Gel: ¡inmenso error! Parecía que me había tragado un kilo de miel, densa, compacta…vomitiva. El kilómetro 30 me pilló andando y el Bronx vomitando: ¡pobre barrio!, si no tiene bastante con su degradación sólo faltaban mis restos.
Sin embargo el hambre y las nauseas desaparecieron, mis piernas me recordaron que existían por algunos indefinibles dolores mitigados con una pastillita de Tylenol, y me dispuse a llegar, al paso o a gatas: en el peor de los casos suponía que a una hora venía Morita y que llegaríamos juntos.
Nunca dejé de oír voces de apoyo: ¡Nacho, go!, ¡venga!, ¡España!...tenía que llegar, iba a llegar.
Trabé conocimientos con el lumpen de los “runners”, los que iban como yo, o aún peor, pues los pasaba andándo: Pablo de Pamplona, un donostiarra, dos chicas de Barbastro y Madrid, un simpático voceras que te arrastraba de la mano para detenerse en seco, agotado. Constaté que muchas veces, nuestro mayor desafío es ayudar al prójimo, echarle una mano, acompañarle hasta su meta.
Harlem, Central Park North y la Quinta, repleta de gente pero amenazante con su pendiente interminable, eran como un cronómetro que descuenta un tiempo lento y espeso. Cada metro era una meta.
La Quinta, la 86, el Met, Central Park, la milla 24 y ¡Patricia! alborozada ondeando su bandera y cubriéndome de besos: llegar ya iba a ser muy fácil.
Volví a correr. Todo era cuesta abajo. Sentía la amenaza de los calambres, pero ya todo era cuesta abajo. No me hubiese perdido este final por nada del mundo.
Central Park South, Columbus Circle, 800 metros, 400 metros, 200 metros, la meta.

Nada ha terminado, para mi comienza un nuevo maratón.

Rotterdam 2005 por Jordi

Toda la semana pensando que no podría correr, con lo que el tema nervios y mentalización, cero patatero.
El Viernes al coger el avión empiezo a pensar que al menos hasta la media aguanto y lo dejo para ir a animar a Guillermo.
El domingo me hago un "tapping" de puta madre y pienso que me tendrá que echar la Polizie para que no acabe aunque sea andando.
El día es fresco y lluvioso. Un frío soportable (con dos capas de ropa y guantes) y con una lluvia ligera y persistente (sin problemas con una gorrita=IMPRESCINDIBLE, tanto para el agua como para el sol).
El plan es salir a 5'30-5'40 de inicio a fin, siempre con la idea interior de que te quedan "reservas". Estoy seguro que con el volumen de entrenamiento tocará sufrir algo al final.
Mantengo el ritmo perfecto hasta el 35: 10k en 57', 20k en 1h53' (2º 10k en 56'), 1/2 en 1h59', 30k en 2h51' (3er 10k en 58') y 35k en 3h23'. O sea me quedan 7k y 37' para hacerlos (a algo menos de 5'30). Esto está chupado.
El tobillo se hincha, la uña del dedo gordo, muy comprimida por el "aumento" del tamaño del pie, me estaba empezando a molestar seriamente, pero eso no es problema para uno de Sant Feliu (es como uno de Bilbao, pero menos mariquita).
Pero no, ahí estaba, escondido detrás de cartel de "km. 35", como el que no quiere la cosa, con su cara risueña y su mazo detrás de la espalda. El muy cabrón espera que pases y zas¡¡, hostia que te da a traición. El hijo de puta me ha dado de pleno y no voy a poder contestarle.
El golpe es duro, se manifiesta en una necesidad imperiosa de dejar de correr, las piernas empiezan a doler como si te clavaran clavos, parece que corras encima de cristales de lo que duelen las plantas de los pies, y el cerebro empieza a mandarte mensajes negativos.
Al final 2 k combinando 100mtros andando con 500 corriendo y 55' para hacer 7,2 km. No quiero ni calcular a cómo sale eso.
Conclusiones muy particulares pero a la vez muy repetidas en el mundillo runner:
- El maratón empieza en el km 30. Hay que correr con mucha paciencia, muy reservón guardando siempre algo de fuerzas para el final, aunque te sientas muy fino, por que las vas a necesitar.
- Hay que hacer mucho volumen de entreno para no sufrir. A mi me salen 500 km desde enero (con tres semanas de parón por lesión) y una media de unos 50 semanales y sólo dos tiradas realmente largas (una de 32k y otra de 25k por montaña). Sé que es dificil con nuestro ritmo de vida laboral-familiar absorber bien (con el debido descanso) más cantidad, pero que eso conlleva pasarlo mal el día de la carrera.

Bueno, vaya ladrillo, pero resumir cuatro horas de sensaciones en unas líneas es difícil.
A Guillermo felicitarle por la carrera (se ha quedado a nada del objetivo lo que garantiza un éxito seguro en la siguiente) y por el trabajo realizado estos meses. Bienvenido al club.
A los amigos madrileños, lleváis también un buen entreno y tenéis una buena materia prima. No os quiero dar ningún consejo, pero vale la pena que saquéis vuestras propias conclusiones a las experiencias vividas por nosotros.
Correr con cabeza y a por ello, que no es tan fiero el león como lo pintan.
El club tendrá en breve nuevos miembros.

viernes, 26 de octubre de 2007

Berlin 2007 (Inaacio)

Escribo estas líneas el día después de la carrera. Tras dejar el maratón de Ámsterdam injustamente sin crónica, me animo a retomar esta bonita costumbre. Para luchar contra el olvido, y por si a alguien le interesa leer como viví el Maratón de Berlín. Bueno, y porque me lo ha pedido Adela.Llegué a este maratón con dudas. Siempre se tienen dudas, pero esta vez, más. Había caído lesionado a finales de Mayo, tras cometer la temeridad de correr por cuestas tras Morita. El talón izquierdo me tuvo parado o casi parado muchas semanas, hasta el punto de llegar a mediados de Julio con: escáner, zapatillas nuevas, plantillas nuevas, muchas sesiones de fisio y médico, en pésima forma y con el talón todavía molestándome. Estuve cerca de abandonar la idea de participar en el maratón: no estaba seguro de que me compensara el sacrificio de entrenar tanto con el riesgo de seguir lesionado, y de no llegar en un estado de forma suficiente. Pero no abandoné, y hoy me alegro por éllo. Entrené mucho en Agosto, con cierto sacrificio de las vacaciones (sobre todo porque no jugué a algunas cosas con Guillermo “por el talón”) y volví a Madrid con la sensación de haber recuperado mucho. Septiembre también fue bien. Corrí mucho, pero conservador; sin hacer series cortas, sin forzar, sin competir.Y llegamos a Berlín. Con dudas, pero llegamos. Me veía peor que en Ámsterdam, aunque con un año más corriendo a mis espaldas. No tan en forma como otros amigos (en el único entrenamiento serio, Alfonso, Alex y Luis me dieron para el pelo, ampliamente), pero yendo de menos a más. Hice mal la prueba de esfuerzo, pero muy bien las series de los últimos días. En fin, con temores y esperanzas. Como siempre, vaya.El domingo, tras desayunos variopintos y fotos a diestro y siniestro, nos encaminamos a Tiergarten Luis, Alfonso, Alex, Manolo, Nacho, Maté y yo, ataviados con nuestras mejores galas (camisetas “de asa”, ropa de tirar, gorritos, vaselinas y demás finos complementos). El día parecía bueno, aunque con nubes. Al final, fue el clima casi perfecto para correr. Temperatura suave y nublado la mayor parte del tiempo. Como siempre, nos reímos mucho en los prolegómenos. Esta vez la estrella fueron la parada técnica de Maté, (siempre rompiendo moldes y superando sus complejos, siempre dejando huella), rápidamente acompañado por Luis (eso es compañerismo), y nuestra búsqueda desesperada de Fabián entre la multitud de corredores. Si Fabián no apareció, es que es sordo, o que se avergonzó de nosotros, porque los gritos se oyeron en todo el parque.Las 9 en punto y empezamos a correr. Todo estaba perfectamente organizado. Unas 30 mil personas corriendo por la calle, y casi ningún agobio de gente. Vamos juntos Alfonso, Luis, Alex, Manolo y yo, siguiendo un plan de carrera más o menos declarado u ocultado. Yo me propongo intentar aguantar el ritmo de Luis (para hacer un poco menos de 3:30), que últimamente clava ésto de los ritmos, y ver si las pulsaciones se mantienen entre 150 y 155 hasta la media maratón. En el primer kilómetro me llevo un buen susto, pues veo que me han subido ya a 156 y me imagino en el pelotón de cola. Debe ser una interferencia, pues afortunadamente las pulsaciones bajan enseguida a un nivel normal. Alex y Manolo están con nosotros, y también Alfonso, que ha tenido un mes de Septiembre bastante malo y cuya carrera es una incógnita.Y empezamos a avanzar. Enseguida vemos a Morita y Cami en sus bicis. Sonriendo, haciendo fotos y dando ánimos, cada uno en su estilo (muy diferente, por cierto). Esto nos da una gran alegría; es un verdadero lujo contar con animadores volantes. Aunque también da pena, porque sabemos que deberían estar corriendo con nosotros. Bueno, Cami corriendo muy delante de nosotros.Pasamos el primer avituallamiento en el kilómetro 5. Como no dan las cómodas botellitas, sino vasos de plástico, es difícil no mojarse. De hecho, es un poco caótico. Pasamos Moabit y cruzamos el río Spree. Es el kilómetro 7, donde nos esperan nuestras mujeres. Hay otras banderas españolas, animando a muchos corredores españoles. Pero nuestras animadoras son las mejores: las más ruidosas, las más visibles, y las más guapas. De lejos. De lejos las vemos, chocamos manos, recibimos ánimos, y seguimos adelante, contentos y prudentes. Vamos llegando a la zona de Friedrishain y Alexanderplatz. La arquitectura comunista lo delata. Seguimos los 5. Las avenidas son muy amplias, se corre muy bien. Las pulsaciones están muy controladas (148). EL ritmo es razonable (4:56 aproximadamente). “¡Chicos, vamos muy rápido!”, Luis nos impide que perdamos la cabeza. Yo para no ser sospechoso de romper el grupo, voy un metro o dos por detrás.En el segundo avituallamiento meto la pata. Intento salvar las aglomeraciones en las primeras mesas, yendo directamente a las últimas. Pero en las últimas no hay agua, sino fruta. Me he quedado sin beber. Vale, estratega, Intento no darle importancia. Se que a partir de ahí hay agua cada 3 kilómetros. Bebo en la siguiente y seguro que no pasa nada. Eso espero.Estamos corriendo junto con un globo de 3:30, de los que ayudan a seguir el ritmo (aunque Luis, como un reloj, oye). Pero de pronto Alfonso dice “A tomar por c… el globo de los 3:30”. Efectivamente, el globo se ha soltado y se eleva por el cielo berlinés. EL ex- portador del globo sigue corriendo, pero ya muy deslegitimado. Pensamos en preguntarle “¿qué hiciste con el globo, Klaus?”. Le adelantamos. Seguimos los cinco juntos.Cruzamos un puente en Alexanderstrasse (“¿cómo harán para cruzar por aquí Cami y Morita?”) y entramos en Kretuzberg. No nos fijamos mucho en los barrios. O si nos fijamos, yo no me acuerdo. Hay mucha gente. No siempre animan mucho, pero hay mucha gente. Muchas banderas españolas. Y algunos alemanes que hablan español (supongo que aprendido en Marbella) y nos gritan “Espania!!”En el kilómetro 14 o así, tras un avituallamiento, Alfonso hace una parada técnico-biológica. Decimos “ojalá no intente alcanzarnos rápidamente”. Ya había hecho algún gesto de no ir del todo bien, y su parada me parece un mal síntoma.Bajamos hacia el sur. En una plaza (Hermanplatz), en el kilómetro 16, hay un montón de gente. El paso se estrecha, y los gritos son muy sonoros. Manolo, Alex, Luis y yo seguimos juntos. Curiosamente, Manolo y Alex van un poco por delante. Parece como si fueran a nuestro ritmo (bueno, al de Luis), pero por delanteY así llegamos hacia el kilómetro 20, por una larguísima avenida. Hay una curva, y vemos a nuestras mujeres (y, lamentablemente, a Nacho, que se ha retirado pronto y está ya duchadito) en una mediana, en el mejor sitio. Efectivamente, son las mejores. Adela está la última, ya ataviada para unirse a la carrera en el 36. Como cada vez que las vemos, la emoción es grande.Una vez pasada la media maratón (ni me fijo en el tiempo), la siguiente referencia es el kilómetro 34, donde está la Iglesia en ruinas. Vamos muy bien, Yo no paso de 150 pulsaciones todavía. Pero comentamos que la carrera no ha empezado todavía. Que hay que llegar bien a la Iglesia. Un poco más adelante, y poco a poco, Alex y Manolo nos dejan detrás a Luis y a mí. No se si han aumentado un poco el ritmo, o si nosotros lo hemos bajado. Pero Luis me dice que vamos bien. Hacemos 4:50-4:55 o así, aunque luego, en los avituallamientos, perdemos tiempo. Sobre todo yo, que me quedo siempre atrás. Luego me hace falta bastante tiempo para volver a alcanzar a Luis, que suele darme la mano. Luis va muy serio, muy concentrado. A veces intento darle charla, pero no quiere hablar. ¡Cómo ha cambiado!Volvemos a ver a los “fotógrafos sobre ruedas”. Les pregunto por Alfonso y me dicen que va cerca, detrás.Nos encontramos con muchas bandas de música. La carrera es impresionante en cuanto a gente y a ambiente. Casi como Nueva York. Hay grupos buenísimos y da ganas de pararse a escuchar algunas canciones (una ganas locas). Recuerdo unas señoras tocando tambores, como locas. Un grupo de percusión brasileño, un grupo de country con una cantante buenísima, unos viejos rockeros, varios grupos de ritmo africano, otro de jazz… ¡Qué pena no poder parar!Ya no vemos a Alex y a Manolo, aunque yo estiro el cuello en su búsqueda. Encontramos a un par de españoles ataviados exactamente igual, con medias altas y camisetas de España blancas. Les adelantamos. Avanzamos hacia Ku’Damm y Charlottenburg. Se alterna el bullicio con zonas de silencio. Una calle es más sombría y estrecha. En un puesto de agua casi pierdo a Luis. Le veo correr mejor que yo. Pero me agarro a mis pulsaciones, que son muy bajas. A veces me empieza a doler el talón, pero luego se me pasa.Ya estamos en el kilómetro 30. Hay más ambiente. Es un barrio del Berlín occidental. Por aquí vimos Adela y yo el Maratón, hace unos 5 años. Quién me iba a decir a mí que lo estaría corriendo unos años después. Nos vamos acercando a 2 globos de 3:30 (estos no los han dejado escapar), pero no parece que los alcancemos nunca. Ya vemos la famosa Iglesia, al final de la calle. Es el kilómetro 34: ya se puede decir que empieza la carrera de verdad. Me duele más el tobillo, y por un momento me imagino renqueante, recorriendo casi andando los últimos kilómetros. Pero ahuyento los malos pensamientos e intento no cojear.Luis, que hasta aquí iba corriendo muy relajado y constante, tuerce el gesto. Dice que no está bien. Un poco más adelante, me dice que siga yo, que él va a ir más despacio. Yo le doy ánimos ”piensa en llegar bien al 36; sólo 2 kilómetros, luego se une Adela y es otra carrera”. No le convenzo. No se si dejarle. Tampoco quiero forzarle a ir demasiado rápido, por si pincha. Paso delante, pero bajo el ritmo para “tirar de él”. No me voy, y me lo agradece. Me propongo esperarle, ver si pasa el bache (algo parecido le pasó en París, pero lo superó). Bajamos a 5:10 o así. El globo se aleja poco a poco. “Ya falta poco para el 36, para ver a las chicas, y luego, enseguida Unter den Linden”. Pero Luis tiene cara de preocupado.De pronto, veo delante a Manolo, a 30 metros. Se lo digo a Luis. Así llegamos al 36. Me emociona ver a Adela preparada para correr. A estas alturas de carrera cualquier gesto se convierte en esencial. Cojo a Adela de la mano con fuerza, como si la sacara a bailar. No la suelto y empieza a correr a mi lado. No había querido esperar demasiado este momento, por si algo fallaba y no podía acompañarme. Pero aquí está, a mi lado. ¡Qué maravilla! Corro con ella y a la vez espero a Luis. Llegamos a un puesto de agua. Tras pasarlo y beber, no veo a Luis. Le pido a Adela que mire. Bajamos el ritmo. Pero nada. Miro a Adela y la veo un poco roja, resoplando. “¿Vas bien a este ritmo?”. Pone cara de que no. Le digo que entonces busque a Luis y le acompañe. Me da mucha pena separarme, pero también me alegra que vaya a acompañar a Luis.Yo alcanzo a Manolo. No sonríe y va algo pálido. También le digo palabras de ánimo. “Venga, Manolo, que ya estamos. ¡Qué carrerón!. Ya no falta nada, enseguida llegamos a Unter den Linden”. No se si le animo a él, pero me animo muchísimo a mí mismo. Qué curioso. También paso delante, pero no le dejo durante un kilómetro o así. Intento que se venga conmigo. Se nos une un malagueño un poco tristón. Nos cuenta que es su último maratón, que tiene ya 55 años y que se ha jubilado. Intento animarle (y de paso animarme) pero me dice que no, que hace un año en Nueva York ya había llegado a la meta en ese tiempo. Que lleva 11 maratones, que su mejor marca es 2:55. Le pregunto su nombre. Fernando. Le llamo por su nombre y le animo, porque me parece que lo necesita de verdad. Le deseo que acabe bien su último maratón. Se queda por detrás.En el kilómetro 38 dejo a Manolo detrás. Me despido y empiezo a tirar. Desde el 34 o así he aflojado el ritmo y he encadenado una emoción con otra (Luis, Adela, Manolo, incluso Fernando). Ahora noto que estoy muy fuerte y que tengo la moral por las nubes. Nunca hasta ahora había conseguido mantener el ritmo al final de un maratón. Siempre digo que al final va uno muy justo, con muchas molestias y pocas fuerzas como para mantener el ritmo. Pero ahora lo intento y empiezo a tirar. Sonrío mucho a todas la banderas españolas y, poco a poco, voy yendo cada vez más rápido. El globo está ya muy lejos, pero voy a intentar acercarme lo más posible. Creo que Alex tampoco está muy lejos. Hago el kilómetro 39 en menos de 4:50. He conseguido acelerar. Acelero un poco más. Empiezo a adelantar a mucha gente. Ya acaba Leipzieger Strasse. Y veo de pronto a Alex y a Cami. Grito ¡¡Cami!!. Es increíble, pero se vuelve a repetir la historia de Ámsterdam, esta vez sin Alfonso. Enseguida les alcanzo. Casi no paro. Le doy ánimos a Alex, pero sigo. Cami se viene conmigo. Un poco más adelante le digo que se quede con Alex, que yo voy muy bien. Pero dice que tiene que filmar al primer sub 3:30 del grupo. Yo tengo la piel de gallina de la emoción. Estamos en el kilómetro 40, enfilando Unter den Linden.Correr con Cami el final de un maratón es una maravilla absoluta. Mi moral ya alta me sube por las nubes. Le mando a por agua. Me dice que beba, y que ahora tiramos. Le digo que no. Pero enseguida le digo sí, que tiramos. Corremos cada vez un poco más rápido (4:40, luego 4:30, que no es mucho, pero a mí me lo parece), y adelantando a cientos de personas (bueno, o a muchas decenas). Cami me graba mientras corre, y yo voy como en volandas. “¡A por el globo!” Le digo mis pulsaciones (163, luego 165) y Cami me anima más y más. Vemos a Aure a la derecha, ya entre el 41 y el 42 y la saludo feliz. Adelantamos al globo, de sobra. Ya llegamos a la puerta de Brandembrugo. Me parece que he volado por Unter den Linden. Cruzo la puerta por el centro. Cami sigue conmigo. Me acerco a la izquierda, a la valla, asombrado por el griterío de la gente. Cuando llego a las gradas, ya completamente emocionado, levanto los brazos. La gente ruge (no por mí claro, pero da igual). Sigo corriendo. Cami se para de golpe y entro solo en la meta. Muy contento y orgulloso de mi carrera, de mi mujer, de mis amigos.Jamás pensé que este maratón acabaría tan bien. Ha sido muy emocionante. Como todos, vaya.