viernes, 26 de octubre de 2007

Berlin 2007 (Inaacio)

Escribo estas líneas el día después de la carrera. Tras dejar el maratón de Ámsterdam injustamente sin crónica, me animo a retomar esta bonita costumbre. Para luchar contra el olvido, y por si a alguien le interesa leer como viví el Maratón de Berlín. Bueno, y porque me lo ha pedido Adela.Llegué a este maratón con dudas. Siempre se tienen dudas, pero esta vez, más. Había caído lesionado a finales de Mayo, tras cometer la temeridad de correr por cuestas tras Morita. El talón izquierdo me tuvo parado o casi parado muchas semanas, hasta el punto de llegar a mediados de Julio con: escáner, zapatillas nuevas, plantillas nuevas, muchas sesiones de fisio y médico, en pésima forma y con el talón todavía molestándome. Estuve cerca de abandonar la idea de participar en el maratón: no estaba seguro de que me compensara el sacrificio de entrenar tanto con el riesgo de seguir lesionado, y de no llegar en un estado de forma suficiente. Pero no abandoné, y hoy me alegro por éllo. Entrené mucho en Agosto, con cierto sacrificio de las vacaciones (sobre todo porque no jugué a algunas cosas con Guillermo “por el talón”) y volví a Madrid con la sensación de haber recuperado mucho. Septiembre también fue bien. Corrí mucho, pero conservador; sin hacer series cortas, sin forzar, sin competir.Y llegamos a Berlín. Con dudas, pero llegamos. Me veía peor que en Ámsterdam, aunque con un año más corriendo a mis espaldas. No tan en forma como otros amigos (en el único entrenamiento serio, Alfonso, Alex y Luis me dieron para el pelo, ampliamente), pero yendo de menos a más. Hice mal la prueba de esfuerzo, pero muy bien las series de los últimos días. En fin, con temores y esperanzas. Como siempre, vaya.El domingo, tras desayunos variopintos y fotos a diestro y siniestro, nos encaminamos a Tiergarten Luis, Alfonso, Alex, Manolo, Nacho, Maté y yo, ataviados con nuestras mejores galas (camisetas “de asa”, ropa de tirar, gorritos, vaselinas y demás finos complementos). El día parecía bueno, aunque con nubes. Al final, fue el clima casi perfecto para correr. Temperatura suave y nublado la mayor parte del tiempo. Como siempre, nos reímos mucho en los prolegómenos. Esta vez la estrella fueron la parada técnica de Maté, (siempre rompiendo moldes y superando sus complejos, siempre dejando huella), rápidamente acompañado por Luis (eso es compañerismo), y nuestra búsqueda desesperada de Fabián entre la multitud de corredores. Si Fabián no apareció, es que es sordo, o que se avergonzó de nosotros, porque los gritos se oyeron en todo el parque.Las 9 en punto y empezamos a correr. Todo estaba perfectamente organizado. Unas 30 mil personas corriendo por la calle, y casi ningún agobio de gente. Vamos juntos Alfonso, Luis, Alex, Manolo y yo, siguiendo un plan de carrera más o menos declarado u ocultado. Yo me propongo intentar aguantar el ritmo de Luis (para hacer un poco menos de 3:30), que últimamente clava ésto de los ritmos, y ver si las pulsaciones se mantienen entre 150 y 155 hasta la media maratón. En el primer kilómetro me llevo un buen susto, pues veo que me han subido ya a 156 y me imagino en el pelotón de cola. Debe ser una interferencia, pues afortunadamente las pulsaciones bajan enseguida a un nivel normal. Alex y Manolo están con nosotros, y también Alfonso, que ha tenido un mes de Septiembre bastante malo y cuya carrera es una incógnita.Y empezamos a avanzar. Enseguida vemos a Morita y Cami en sus bicis. Sonriendo, haciendo fotos y dando ánimos, cada uno en su estilo (muy diferente, por cierto). Esto nos da una gran alegría; es un verdadero lujo contar con animadores volantes. Aunque también da pena, porque sabemos que deberían estar corriendo con nosotros. Bueno, Cami corriendo muy delante de nosotros.Pasamos el primer avituallamiento en el kilómetro 5. Como no dan las cómodas botellitas, sino vasos de plástico, es difícil no mojarse. De hecho, es un poco caótico. Pasamos Moabit y cruzamos el río Spree. Es el kilómetro 7, donde nos esperan nuestras mujeres. Hay otras banderas españolas, animando a muchos corredores españoles. Pero nuestras animadoras son las mejores: las más ruidosas, las más visibles, y las más guapas. De lejos. De lejos las vemos, chocamos manos, recibimos ánimos, y seguimos adelante, contentos y prudentes. Vamos llegando a la zona de Friedrishain y Alexanderplatz. La arquitectura comunista lo delata. Seguimos los 5. Las avenidas son muy amplias, se corre muy bien. Las pulsaciones están muy controladas (148). EL ritmo es razonable (4:56 aproximadamente). “¡Chicos, vamos muy rápido!”, Luis nos impide que perdamos la cabeza. Yo para no ser sospechoso de romper el grupo, voy un metro o dos por detrás.En el segundo avituallamiento meto la pata. Intento salvar las aglomeraciones en las primeras mesas, yendo directamente a las últimas. Pero en las últimas no hay agua, sino fruta. Me he quedado sin beber. Vale, estratega, Intento no darle importancia. Se que a partir de ahí hay agua cada 3 kilómetros. Bebo en la siguiente y seguro que no pasa nada. Eso espero.Estamos corriendo junto con un globo de 3:30, de los que ayudan a seguir el ritmo (aunque Luis, como un reloj, oye). Pero de pronto Alfonso dice “A tomar por c… el globo de los 3:30”. Efectivamente, el globo se ha soltado y se eleva por el cielo berlinés. EL ex- portador del globo sigue corriendo, pero ya muy deslegitimado. Pensamos en preguntarle “¿qué hiciste con el globo, Klaus?”. Le adelantamos. Seguimos los cinco juntos.Cruzamos un puente en Alexanderstrasse (“¿cómo harán para cruzar por aquí Cami y Morita?”) y entramos en Kretuzberg. No nos fijamos mucho en los barrios. O si nos fijamos, yo no me acuerdo. Hay mucha gente. No siempre animan mucho, pero hay mucha gente. Muchas banderas españolas. Y algunos alemanes que hablan español (supongo que aprendido en Marbella) y nos gritan “Espania!!”En el kilómetro 14 o así, tras un avituallamiento, Alfonso hace una parada técnico-biológica. Decimos “ojalá no intente alcanzarnos rápidamente”. Ya había hecho algún gesto de no ir del todo bien, y su parada me parece un mal síntoma.Bajamos hacia el sur. En una plaza (Hermanplatz), en el kilómetro 16, hay un montón de gente. El paso se estrecha, y los gritos son muy sonoros. Manolo, Alex, Luis y yo seguimos juntos. Curiosamente, Manolo y Alex van un poco por delante. Parece como si fueran a nuestro ritmo (bueno, al de Luis), pero por delanteY así llegamos hacia el kilómetro 20, por una larguísima avenida. Hay una curva, y vemos a nuestras mujeres (y, lamentablemente, a Nacho, que se ha retirado pronto y está ya duchadito) en una mediana, en el mejor sitio. Efectivamente, son las mejores. Adela está la última, ya ataviada para unirse a la carrera en el 36. Como cada vez que las vemos, la emoción es grande.Una vez pasada la media maratón (ni me fijo en el tiempo), la siguiente referencia es el kilómetro 34, donde está la Iglesia en ruinas. Vamos muy bien, Yo no paso de 150 pulsaciones todavía. Pero comentamos que la carrera no ha empezado todavía. Que hay que llegar bien a la Iglesia. Un poco más adelante, y poco a poco, Alex y Manolo nos dejan detrás a Luis y a mí. No se si han aumentado un poco el ritmo, o si nosotros lo hemos bajado. Pero Luis me dice que vamos bien. Hacemos 4:50-4:55 o así, aunque luego, en los avituallamientos, perdemos tiempo. Sobre todo yo, que me quedo siempre atrás. Luego me hace falta bastante tiempo para volver a alcanzar a Luis, que suele darme la mano. Luis va muy serio, muy concentrado. A veces intento darle charla, pero no quiere hablar. ¡Cómo ha cambiado!Volvemos a ver a los “fotógrafos sobre ruedas”. Les pregunto por Alfonso y me dicen que va cerca, detrás.Nos encontramos con muchas bandas de música. La carrera es impresionante en cuanto a gente y a ambiente. Casi como Nueva York. Hay grupos buenísimos y da ganas de pararse a escuchar algunas canciones (una ganas locas). Recuerdo unas señoras tocando tambores, como locas. Un grupo de percusión brasileño, un grupo de country con una cantante buenísima, unos viejos rockeros, varios grupos de ritmo africano, otro de jazz… ¡Qué pena no poder parar!Ya no vemos a Alex y a Manolo, aunque yo estiro el cuello en su búsqueda. Encontramos a un par de españoles ataviados exactamente igual, con medias altas y camisetas de España blancas. Les adelantamos. Avanzamos hacia Ku’Damm y Charlottenburg. Se alterna el bullicio con zonas de silencio. Una calle es más sombría y estrecha. En un puesto de agua casi pierdo a Luis. Le veo correr mejor que yo. Pero me agarro a mis pulsaciones, que son muy bajas. A veces me empieza a doler el talón, pero luego se me pasa.Ya estamos en el kilómetro 30. Hay más ambiente. Es un barrio del Berlín occidental. Por aquí vimos Adela y yo el Maratón, hace unos 5 años. Quién me iba a decir a mí que lo estaría corriendo unos años después. Nos vamos acercando a 2 globos de 3:30 (estos no los han dejado escapar), pero no parece que los alcancemos nunca. Ya vemos la famosa Iglesia, al final de la calle. Es el kilómetro 34: ya se puede decir que empieza la carrera de verdad. Me duele más el tobillo, y por un momento me imagino renqueante, recorriendo casi andando los últimos kilómetros. Pero ahuyento los malos pensamientos e intento no cojear.Luis, que hasta aquí iba corriendo muy relajado y constante, tuerce el gesto. Dice que no está bien. Un poco más adelante, me dice que siga yo, que él va a ir más despacio. Yo le doy ánimos ”piensa en llegar bien al 36; sólo 2 kilómetros, luego se une Adela y es otra carrera”. No le convenzo. No se si dejarle. Tampoco quiero forzarle a ir demasiado rápido, por si pincha. Paso delante, pero bajo el ritmo para “tirar de él”. No me voy, y me lo agradece. Me propongo esperarle, ver si pasa el bache (algo parecido le pasó en París, pero lo superó). Bajamos a 5:10 o así. El globo se aleja poco a poco. “Ya falta poco para el 36, para ver a las chicas, y luego, enseguida Unter den Linden”. Pero Luis tiene cara de preocupado.De pronto, veo delante a Manolo, a 30 metros. Se lo digo a Luis. Así llegamos al 36. Me emociona ver a Adela preparada para correr. A estas alturas de carrera cualquier gesto se convierte en esencial. Cojo a Adela de la mano con fuerza, como si la sacara a bailar. No la suelto y empieza a correr a mi lado. No había querido esperar demasiado este momento, por si algo fallaba y no podía acompañarme. Pero aquí está, a mi lado. ¡Qué maravilla! Corro con ella y a la vez espero a Luis. Llegamos a un puesto de agua. Tras pasarlo y beber, no veo a Luis. Le pido a Adela que mire. Bajamos el ritmo. Pero nada. Miro a Adela y la veo un poco roja, resoplando. “¿Vas bien a este ritmo?”. Pone cara de que no. Le digo que entonces busque a Luis y le acompañe. Me da mucha pena separarme, pero también me alegra que vaya a acompañar a Luis.Yo alcanzo a Manolo. No sonríe y va algo pálido. También le digo palabras de ánimo. “Venga, Manolo, que ya estamos. ¡Qué carrerón!. Ya no falta nada, enseguida llegamos a Unter den Linden”. No se si le animo a él, pero me animo muchísimo a mí mismo. Qué curioso. También paso delante, pero no le dejo durante un kilómetro o así. Intento que se venga conmigo. Se nos une un malagueño un poco tristón. Nos cuenta que es su último maratón, que tiene ya 55 años y que se ha jubilado. Intento animarle (y de paso animarme) pero me dice que no, que hace un año en Nueva York ya había llegado a la meta en ese tiempo. Que lleva 11 maratones, que su mejor marca es 2:55. Le pregunto su nombre. Fernando. Le llamo por su nombre y le animo, porque me parece que lo necesita de verdad. Le deseo que acabe bien su último maratón. Se queda por detrás.En el kilómetro 38 dejo a Manolo detrás. Me despido y empiezo a tirar. Desde el 34 o así he aflojado el ritmo y he encadenado una emoción con otra (Luis, Adela, Manolo, incluso Fernando). Ahora noto que estoy muy fuerte y que tengo la moral por las nubes. Nunca hasta ahora había conseguido mantener el ritmo al final de un maratón. Siempre digo que al final va uno muy justo, con muchas molestias y pocas fuerzas como para mantener el ritmo. Pero ahora lo intento y empiezo a tirar. Sonrío mucho a todas la banderas españolas y, poco a poco, voy yendo cada vez más rápido. El globo está ya muy lejos, pero voy a intentar acercarme lo más posible. Creo que Alex tampoco está muy lejos. Hago el kilómetro 39 en menos de 4:50. He conseguido acelerar. Acelero un poco más. Empiezo a adelantar a mucha gente. Ya acaba Leipzieger Strasse. Y veo de pronto a Alex y a Cami. Grito ¡¡Cami!!. Es increíble, pero se vuelve a repetir la historia de Ámsterdam, esta vez sin Alfonso. Enseguida les alcanzo. Casi no paro. Le doy ánimos a Alex, pero sigo. Cami se viene conmigo. Un poco más adelante le digo que se quede con Alex, que yo voy muy bien. Pero dice que tiene que filmar al primer sub 3:30 del grupo. Yo tengo la piel de gallina de la emoción. Estamos en el kilómetro 40, enfilando Unter den Linden.Correr con Cami el final de un maratón es una maravilla absoluta. Mi moral ya alta me sube por las nubes. Le mando a por agua. Me dice que beba, y que ahora tiramos. Le digo que no. Pero enseguida le digo sí, que tiramos. Corremos cada vez un poco más rápido (4:40, luego 4:30, que no es mucho, pero a mí me lo parece), y adelantando a cientos de personas (bueno, o a muchas decenas). Cami me graba mientras corre, y yo voy como en volandas. “¡A por el globo!” Le digo mis pulsaciones (163, luego 165) y Cami me anima más y más. Vemos a Aure a la derecha, ya entre el 41 y el 42 y la saludo feliz. Adelantamos al globo, de sobra. Ya llegamos a la puerta de Brandembrugo. Me parece que he volado por Unter den Linden. Cruzo la puerta por el centro. Cami sigue conmigo. Me acerco a la izquierda, a la valla, asombrado por el griterío de la gente. Cuando llego a las gradas, ya completamente emocionado, levanto los brazos. La gente ruge (no por mí claro, pero da igual). Sigo corriendo. Cami se para de golpe y entro solo en la meta. Muy contento y orgulloso de mi carrera, de mi mujer, de mis amigos.Jamás pensé que este maratón acabaría tan bien. Ha sido muy emocionante. Como todos, vaya.

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