viernes, 26 de octubre de 2007

Mapoma 2005 (Inaaaacio)

“Nunca hasta aquí se vió...etc. etc. etc.”

A medida en que se acerca la hora para la Maratón, me siento cada vez más estúpido: me encuentro muy preocupado y malhumorado, y todo por una carrera que hago supuestamente por propio gusto... Intento quitarle importancia al asunto, pero a la vez mentalizarme para lograr acabar pese al sufrimiento que se me viene encima... y no me sale, claro.
Mi mayor preocupación esta en el soleo de mi pierna izquierda, unido a que haya perdido forma en estas dos últimas semanas, incluido el “jet lag”. Después de 2 semanas de parón, con médicos y fisios de por medio, me da mucho miedo. El sábado por la tarde, al cruzar la calle tratando, el soleo me dijo alto y claro qué el no corría el maratón... Al final decido correr con las zapatillas antiguas, aunque son las principales sospechosas de la lesión. Pero miro a las nuevas con demasiada desconfianza, y no dudo cambiar mi decisión por tercera vez.
Es la cena de la pasta, pero ya no me cabe un espagueti por ningún sitio del cuerpo, y me siento débil. Así que como patatas asadas y salmón a la plancha. Ya me siento mejor. Antes de acostarme me tomo una botella de Carbo Power, y me voy a dormir hinchado de hidratos.
Lo de “a dormir” es muy relativo: no pego ojo en mucho tiempo. Al acostarme oigo mi corazón nítidamente pom-pom-pom-pom, como un tambor de guerra. Para “despejarme” pienso en los problemas del trabajo (justo los pensamiento que evito el resto de los días...). Por fin me relajo algo y duermo, creo que unas 3 horas.
El despertador me pilla dormido. Me fuerzo a desayunar mucho (cereales muesli abundante, zumo de naranja y café, como siempre). Luego bebo medio Carbo Power, y procedo a vestirme de torero. Sin embargo, cuando me veo con la camisetilla del club, parezco la antítesis de un torero. Los minutos de espera están llenos de nauseas y desasosiego, como en los peores exámenes de hace décadas.
Con ambiente festivo nos reunimos todos abajo. Luis para a un coche a voces para que nos haga una foto. El conductor colabora (por la cuenta que le trae, que ver a 6 hombretones en tirantes impone lo suyo).
Llegamos al mogollón. Hace una mañana estupenda (unos 10 grados?), pero nos preocupa el sol. Luego llegarían las nubes, así que el clima fue perfecto. Encuentro a Nicolás y nos situamos en el área de salida, habiendo atendido a nuestras necesidades más urgentes. En repetidas ocasiones. Cami se ha ido ya con los kenyatas. El resto del club nos conjuramos con la formula ritual: AAAAAHHH!!! Y salimos!!!
Castellana arriba vamos Alfonso, Nacho, Nicolás, Alejandro y yo. Alfonso, como preveíamos, quiere ir en grupo pero más rápido. Así que nos despedimos de él formalmente en el Km. 1 y le vemos alejarse.
La pierna me molesta mucho menos de lo que me temía, y se me quita un gran peso de encima. Sólo espero que no aparezca al final. Afortunadamente, aunque me molestó y llegué a sentirla muy rígida, no me falló.
Nuestros pulsómetros no funcionan y eso nos preocupa: después de semanas repitiéndome que iba a correr fijándome sólo en el pulsómetro y olvidándome de tiempo, resulta que el aparatito no funciona. A Luis y a Alfonso tampoco, así que a correr por sensaciones. Pero la sensación dominante es de no saber si vamos lentos o rápidos... Tomamos tiempo cada kilómetro, y parece que vamos a 5:20, pero a cada uno le sale un tiempo distinto. Al final nos guiamos más por el pulsómetro de Nacho. Cuando me dice que va a 158 me asusto y bajamos el ritmo por consenso.
Las paradas técnicas nos hacen bajar el ritmo mientras llegamos a Castellana. El globo de 3:45 nos adelanta llegando a Siniesio Delgado (Km. 5), pero ni caso. Adelantamos (o nos adelanta) un tipo vestido de perro (¡). En Plaza de Castilla (Km.6) apago y enciendo el pulsómetro y vuelve a la vida. Las pulsaciones son algo altas (155) y no bajan. Pienso en que no estoy bien de forma, o en los nervios. Me fijo más en respirar hondo y correr suave. Aunque el consenso no es pleno, parece que vamos cerca de 5:30. Bajando Bravo Murillo hay bastante gente. Comentamos con Alex que cuando baja el precio por metro cuadrado sube el calor popular.
El embudo de la calle Ávila no es tal y vamos bien, aunque con un sol fuerte de cara. Volvemos por Castellana y subimos Joaquín Costa. Medimos mejor los tiempos y mantenemos 5:30. Está en el límite bajo de lo previsto (entre 5:30 y 5:20), pero como las pulsaciones van altas y parece que vamos nerviosos, no pienso en hacer ajustes. Subimos Doctor Arce y llegamos a Príncipe de Vergara (Km. 12) . Nos sentimos muy acompañados por Alejandro, que en esto del running es como un hermano mayor, y nos ayuda a ir a buen ritmo.
No veo a Nicolás, y me dicen que se ha ido por delante. Al llegar a Joaquín Costa (Km. 13) está Adela y Susana con los niños, con globos. Dan gritos a toda voz. Hace mucha ilusión, me emociono y palmeo muchas manos pequeñas. Seguimos. Las sensaciones van mejorando y las pulsaciones bajan algo. Bien, vamos bien. En Ortiga y Gasset se nos cruza un gran sofá blanco cargado por dos tipos. Dan ganas de saltar encima.
Cojo mi primer vaso de Aquarius y me arrepiento de nos haber ensayado ésto. Parte se me mete por la nariz y parte se me cae en la camiseta. Al llegar a Retiro (Km.16). Luis grita “aquí entreno yo!!”. A diferencia de otras carreras, Luis va serio, y los otros corredores también. Alejandro no sabe si dejarlo aquí e ir a por la moto como había planificado, o animarse y seguir hasta la media. Yo no dudo que sigue, y no me equivoco. Nos repite varias veces que de la media no pasa. En Juan Bravo (Km. 18) están Miriam y Patricia. Me emociona ver a Luisete andar hacia delante, completamente despistado, intentando saludar a su padre entre el lío de corredores.
Nacho comparte un plátano que sabe a gloria. Gran compañero este Nacho! Llegamos a Sagasta (Km.19) y, a la izquierda, veo a mis padres y a mi prima Isabel. Levanto las manos y disimulo la emoción. Mi padre va con traje y me pregunta qué tal voy. “Muy bien!” contesto con convicción, y con un nudo en la garganta. Me digo que como me siga emocionando tanto no acabo la carrera... Un poco de entereza, por favor!
Entramos en Fuencarral, clavando los 5:30 y bien de pulsaciones. El ambientazo es impresionante. Suena música: no recuerdo cuál, pero nos hace sentirnos como si voláramos. Cruzamos Gran Vía entre multitudes, y sufrimos los adoquines de Montera. Llegamos a Sol (Km. 20) como transportados por la gente. Intento contener el ritmo, porque es fácil dejarse llevar. Alejandro se despide en la media maratón. Nos desea suerte y le agradecemos su apoyo. Hemos hecho 1:58 y pienso que vamos a ir muy muy justos para llegar a 4 horas (y me olvido de hacer 3:50). Ahora empieza realmente la carrera.
Llega la primera cuesta dura: Ventura Rodríguez (Km. 23). A Luis se le monta el cuádriceps y a Nacho le duele el isquio. Paran a por Reflex y yo bajo el ritmo subiendo la cuesta. Aguantamos la subida de Princesa, donde hace calor. Llegamos a Moncloa. Entrando en la Universitaria vemos que un corredor se va hacia un árbol y vuelve con una barrita de cereal que había escondido allí el día anterior. Luis nos cuenta que lo ha pasado mal hace un rato, pero que ahora va bien. En la Universitaria están otra vez Adela y Guillermo. Guillermo me da un Gatorade, corriendo como un profesional de los relevos. A Adela le pido el plátano (le debo medio a Nacho) y parece que le pillo por sorpresa. Reacciona rápido y ya corro armado con plátano y Gatorade, con otro nudo en la garganta (ahora a ver cómo como esto!). Vemos a Alfonso que vuelve por la calle en que nosotros vamos y nos saca cerca de un kilómetro. Pienso “qué bien va”...
Llega una cuesta abajo fuerte (que subimos en la Media Universitaria) y me duelen los cuadriceps (los muslos, vaya). También los ligamentos a la altura de las caderas, que es lo que más molesta en las zancadas. A partir de aquí las cuestas abajo me sientan casi tan mal como las cuestas arriba. Me asusto (me paso asustado toda la prueba), porque ya estoy dolorido y estamos sólo en el Km. 27... Luis parece que va peor, y Nacho corre bien, pero dice que le duele detrás del muslo.
En Avenida de Valladolid, Luis viene justo detrás, en una zona estrecha y concurrida de corredores. De pronto oigo un “Nacho!” lejano. Nacho y yo nos damos la vuelta y no vemos a Luis. Frenamos y miramos, pero no vemos nada. Luis!, gritamos. Un tipo que viene corriendo nos dice que “se ha quedado”. Pienso que se ha puesto a andar... Grito “Ánino, Luis!!” y sigo corriendo, espantado por lo que le espera...
Llegamos a la M30 (Km. 31) y pienso que en la Casa de Campo empieza la carrera (por tercera vez). Algunos coches animan tocando la bocina, pero es duro y desagradable. Las caras de la gente son de preocupación, y alguno ya va andando. Bajamos el túnel, subimos (“subo bien”, “subo bien”) y ya estamos en la Casa de Campo. Por lo menos hay árboles y sombra. Vamos más lento de lo que querría, pero la piernas no parecen dar para más, aunque de corazón voy bien para estas alturas (160). De pronto hay mucha gente que nos alcanza, y tengo la sensación de que nos adelanta todo el mundo y de que no vamos a poder mantener el ritmo. Me vuelvo y veo el globo de 4 horas. Se me cae el alma a los piés. Si nos ha alcanzado es que vamos más lento y veo complicado recuperar. Apretamos un poquito el paso.
Un poco más adelante vemos a Alfonso y se me pone la piel de gallina. No puedo creerlo. Le gritamos como si le encontráramos en medio del desierto. “Qué te pasa?” “voy mal”. Tiene mala cara (aunque habría que ver la mía). “Venga, corre con nosotros!”, y echa a correr. Pienso ingenuamente que podrá seguir con nosotros. Pero claro, si ha perdido todo ese tiempo es que va muy mal. Saliendo de la Casa de Campo nos dice “yo a este ritmo no aguanto ni de coña”. Aflojamos y preguntamos: “te esperamos?”. Se lo que va a contestar. “No. Seguid, seguid”. Así que sigo. Pero cuando me doy la vuelta veo que Nacho se ha quedado. Me siento culpable porque se ha quedado con Alfonso, y yo voy a lo mío...
Ahora corro solo. Intento relajarme mientras me duele todo. Voy entre dos globos de 4 horas. Intento, poco a poco, alcanzar al que está deleante, apretar un poquitín el ritmo (que debe ser cerca de 3:40). En Paseo de la Florida (Km. 34) hay una banda de música (habrá 2 más antes del final) que también emociona y anima. Vaya ambientazo. Todas las calle parecen ya cuesta arriba y me repito una y otra vez que voy bien, que voy a buen ritmo, que voy a llegar, que voy a llegar... Me agarro a lo que puedo para darme ánimos. Imagino que las pancartas que veo van dirigidas a mí. Una dice “ánimo, Carlos, que los de adelante van negros”.
Llego a Príncipe Pío, donde he quedado con Adela. Aunque he bebido y comido de sobra, pienso que es fundamental que les vea, que me den comida y bebida. Hay un montón de gente y el paso se estrecha mucho. Miro a un lado y otro y no veo a nadie. No están! No puede ser! Es como si me lo jugara todo a esta baza. Pero entonces veo a Susana, subida a una farola con un globo. Como para no verla. Agito los brazos como si estuviera en la meta. Mucha gente aplaude y enseguida veo a Guillermo que me da otra Gatorade. Creo que está orgulloso. Adela se pone a correr conmigo. Está también emocionada. Me da el plátano de rigor que lo pido, y me pregunta qué tal voy. Le digo que me duele todo, pero que voy bien.
Poco después hay un control de agua. Me doy cuenta de que voy ya despistado, porque intento coger agua con el plátano y el Gatorade en cada mano. Y la tiro al suelo, claro. Como y bebo (estaré comiendo demasiado?) mitad de cada. El estómago no da guerra.
A partir de aquí reaparece Nacho Barrutia en bici. Le hemos visto en la Universitaria y se pone a mi lado. Me pregunta que si me importa que le siga. Cómo me va a importar! Me apoya mucho, porque me va dando ánimos, con mentiras piadosas como “qué rápido vas”, “qué bien vas”; que por supuesto me creo a pies juntillas. Gracias a él mantengo el espíritu fuerte (relativamente).
Sigo por Virgen del Puerto y cruzo el río (Km 35). Al lado del cementerio veo entrar un coche fúnebre: busco alguna conexión que me de ánimos, pero ante esto no se me ocurre nada. (Luego, en Paseo de los Melancólicos, por fin se me ocurre, aunque es muy trascendente: cuando me llegue el momento de ponerme el “pijama de madera”, me alegraré de haber corrido esta carrera).
Cruzo el puente otra vez (Km. 37). No hay gente animando y casi todo el mundo va andando. No puedo creerlo. Adelanto al globo de 4 horas. Me dicen que llevan un margen de 2 minutos y creo que puedo bajar de 4 horas. Las pulsaciones no crecen demasiado (163-165) y me acostumbro a los dolores varios (ambos muslo, soleos, tobillos...) Creo que voy haciendo mejor zancada y un poco más ligero. Sólo me obsesiona si me parará la cuesta del final. Pero no lo creo. De pronto me doy cuenta de que se me ha pasado coger agua, y que necesito agua. Pido a la gente, pero parece como si fuera entre la Santa Compaña: todo son caras bajas y desencajadas. Me obsesiono y me paro, ando unos pasos atrás y me agacho a coger una botella a medias del suelo. Me ha vuelto a adelantar el globo. Pero pienso: ahora sí que llego.
La cuesta de Segovia (Km. 38). Queda ésta y la gran cuesta del final. No me hace mella. Más música y casi ni bajo el ritmo. Suspiro cuando nos mojan lo benditos aspersores. Paseo imperial (Km. 39). No recuerdo nada de esto. Me fijo en el nombre de las calles, con la idea fija de llegar a la gran cuesta de paseo de las Acacias. Al pobre nacho le pregunto estupideces como “qué calle es esta?” o “en qué kilómetro estamos” o “dónde está el 39?”. Pero son de vida o muerte! Una vez de digo “no recordaba esta cuesta arriba”, pero me dice “si es cuesta abajo, mira la bici”. Tiene razón; no doy crédito.
Vallejo Nájera (por aquí si que no he pasado nunca??), y Acacias que no llega. Pero voy bien.
Por fin llega la subida. Dejo atrás al globo y mantengo el ritmo. Adelanto a mucha gente. Miro el pulsómetro y veo que no se dispara (167). Km. 40. Gran alegría. Ya no me para nadie, la cuesta no puede conmigo!! Ronda de Valencia. Adelanto a mucha más gente y el subidón es cada vez mayor. Me siento como Zatopek. A veces extiendo las manos para abrirme paso e intentar no tropezar. Miro mucho los pies. Km. 41y nos acercamos ya a Carlos V. Ya está acabando la parte mala de la cuesta! Respiro profundo. Giro por él paseo del Prado entusiasmado. Al entrar en el Paseo del Prado Nacho me deja y me desea suerte. Le doy las gracias casi en éxtasis y me siento volar hacia la meta. La busco con los ojo pero está muy lejos. Freno un poco. Vuelvo a acelerar. Ya veo la pancarta, pero dónde está la meta? Muchísima gente grita y estoy en una nube. Cerca de la meta oigo “IGNACIO!!” y veo a Cami, de amarillo, entre tanta gente desdibujada. Levanto los brazos y sigo con el corazón saliéndose de por la boca de la emoción. Miro el tiempo, y me parece muy bueno, visto lo visto. Pero no lo retengo en la cabeza
Se me saltan las lagrimas al cruzar la meta. Es increíble. Lo he conseguido!! Sigo andando. No hay que parar. Me dan la bolsa pero ni la abro. Sigo andando, buscando a quien abrazar. No veo a nadie abrazable. Y sigo. Miro el pulsómetro y calculo que he hecho 3:57:00 (luego el tiempo oficial me corrige: 3:56:40). Paro a estirar, pero pienso en Adela y sigo hacia la salida. Por fin los veo!! Me abrazo a élla llorando.
Ahora, por fin, he llegado a la meta.
Luego abrazo a los insignes miembros del Club, que han logrado todos subir a esta hasta ahora inalcanzable cota del Maratón. Ahora sí, podemos decir todos, con total consciencia y tras el deber cumplido aquello de:

“Nunca hasta aquí se vio (…) que españoles atrás un pie tornasen por miedo ni aun por hambre o heridas que tuviesen”

Al final, lo mejor del Maratón son también los amigos. Los de siempre y los nuevos. Y la familia. La de siempre, y ...

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