Verrazano Narrows tembló bajo nuestros pies.
¡God bless América!; el estampido de un cañón y ya había comenzado el maratón de Nueva York : dábamos los primeros pasos para formar parte de la leyenda.
Nada hasta aquí había sido fácil.
Horas robadas al sueño los fines de semana, fiestas y verano; carreras bajo el sol abrasador de Moratalaz, paraíso del “truchilla”; momentos de soledad por las calles de Madrid y en las aburridas cintas de cualquier gimnasio; litros de helado por consumir y toneladas de pasta consumidas; algún gin-tonic de menos y muchos kilómetros de más; la comprensión de nuestras familias y el tiempo que les quitamos…todo el esfuerzo de los últimos meses se condensaba en el aire confundiéndose con la densa niebla que nos cernía y aguijoneaba nuestro espíritu y nuestros músculos para completar 42 kilómetros y 195 metros.
Nada desde aquí iba a ser fácil.
Habíamos llegado a los alrededores de Verrazano tras un imponente madrugón y la formidable cola para tomar el autobús frente a la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York. Allí empezamos a comprender algo de la grandeza de esta prueba. Miles de personas de toda edad y condición, animosas, sonrientes y motivadas por los más variopintos objetivos (había un tipo disfrazado de rinoceronte, con el loable y extraño empeño de concitar la atención sobre la desaparición de dicho animal) se distribuían ordenada y tranquilamente en una cola imposible para nuestro hispánico punto de vista de las esperas multitudinarias. El ambiente era festivo y nosotros así nos lo tomábamos, algunos más que otros debido al disfraz que Alfonso y el Ayuntamiento de Madrid nos habían proporcionado.
Embarcados en los autobuses, recorrimos los kilómetros que nos separaban de la salida no sin antes exportar el noble arte del Combarro a los miles de corredores que estaban en camino y que marcaron / marcamos nuestro territorio de cara a la pared o, en el caso de las corredoras, de espaldas (¡qué fino!) a los árboles.
Llegar a nuestro destino iniciático y comenzar el cosquilleo que precede a la competición fue todo uno: una muchedumbre repartida por colores y números pululaba frenéticamente dándose friegas de linimento y ungüentos mágicos, estirando, calentando o buscando desesperadamente algún lugar donde evacuar los últimos gramos de sólido o líquido innecesario. Abandonamos a Morita a su suerte en el corral de color verde y nos fuimos a nuestro lugar azul.
El desconcierto producía la sensación de estar en el Woodstock de los “runners” (¡qué pesadilla podría ser!). Sin embargo, en un instante la masa guiaba sola y precisa hacia la salida. La costumbre de tirar sobre una valla la ropa sobrante, nos hizo desprendernos de los últimos vestigios del elegante chándal blanco y gris, regalo alfonsí-madrileño, que despertó la admiración de toda la concurrencia.
Se oía hablar en todos los idiomas, la gente se saludaba y deseaba suerte y la cadencia del movimiento se convertía en un trotecillo cochinero que nos impelía a buscar la línea de inicio. Nosotros nos apiñamos para gritar nuestro lema que nadie recordaba :todos estábamos allí, ansiosos por comenzar…Alex, concentrado y tranquilo; Alfonso, con esa guindilla que se le pone en cada salida, expansivo y animoso; Ignacio, con su gorra blanca y el aspecto de fondista polaco, siempre irónico, siempre contenido; Luis, nervioso, vital y afable, hablando con boludos y boludas; Manolo, sonriente, alegre, compañero; Maté, apacible, pero con una determinación contagiosa, también compañero. Sólo nos faltaba Morita, el cáustico y simpático “Depredador de Woodbury Commons”, que cerraría, en algún momento, la carrera.
Y el puente Verrazano tembló bajo nuestros pies.
Las gacelas desaparecieron en lontananza, quedando Manolo, Maté y yo en un grupo que nos prometíamos tranquilo.
Un extraño balanceo acompañó nuestros primeros metros: el puente nos replicaba repitiendo la liturgia de cada paso, de todas las zancadas, del peso de miles de ilusiones lanzadas a un reto sin igual.
Desde aquí mi carrera de dividió en tres etapas: la ilusión, el desengaño y la obsesión. Un tránsito físico y casi espiritual que lleva a los corredores de fondo a sentir toda una vida en cada carrera.
La primera etapa, acompañado por Manolo y Maté, contaba con toda la imaginería típica de la prueba. La primera milla de subida resultó un aperitivo ligero y daba alas a nuestra imaginación, haciéndonos creer que si aquello era una subida, Nueva York era pan comido.
Maté marcaba el ritmo con alegría y determinación, suelto, ligero, atrevido y confiado. Manolo y yo, haciendo uso de los cachivaches ultramodernos y GPS al uso, íbamos controlando el ritmo y poniendo el ancla a “Matecito Veloz”.
El espectáculo asombraba: una multitud abigarrada y colorista, confundiendo corredores y público, se retorcía por las autopistas que conducen a Brooklyn hasta desembocar en la 4ª avenida, por la que correríamos casi cinco millas. Nos reíamos, cantábamos con quien cantaba, saludábamos a irlandeses, mejicanos, daneses y asturianos y teníamos tiempo y ganas para comentar cualquier incidencia que nos llamase la atención. Al final, cuando Brooklyn dejaba de ser una avenida recta y llena de toboganes para adentrarse en los barrios multiculturales que se tropiezan entre sí y que, a través de Queens, llevan a Manhattan, vislumbramos una bandera española que nos atrajo como un imán: allí estaba lo mejor de este viaje y del maratón; un grupo de mujeres maravillosas que nos apoyaron hasta la extenuación y que desde el primer día han sabido aguantarnos para que nuestros caprichos se hicieran realidad. Esa visita era suficiente combustible para lo que aún quedaba. Gracias a todas. Muchas y emocionadas gracias.
Música caribeña, rock, folk, bandas de música; un extraño y silencioso barrio judío, barriadas negras con ese ritmo de vida meridional que tan bien conocemos los españoles, el barrio polaco, confuso y vibrante…y Pulansky Bridge.
Yo sentía que perdía vivacidad con cada paso y noté que mis pulsaciones subían bruscas. Me di cuenta que miraba al suelo muy a menudo, pregunté a Maté por sus pulsaciones, ya que sabía que el lugar donde Manolo lleva el pulsómetro no es el más adecuado para controlar el corazón, y percibí que algo no iba bien. Pasamos juntos la media donde ya iba haciendo la goma, enfilamos Pulansky que, en la distancia, me pareció un muro molesto, y dejé que se abriera la primera brecha. Alcancé a mi equipo (al que se había unido un agradable gijonés de saludable aspecto) en la bajada sólo para decirles que siguiesen a su ritmo, que yo iría al mío. Noté que la ilusión se iba rompiendo en la triste sensación de la impotencia, en el amargo vacío de la soledad del corredor de fondo.
Las calles vacías que llevan a Queensboro Bridge me vieron parar por primera vez aprovechando un avituallamiento…y a sufrir de nuevo. En el puente iba ciego, lo encontré odioso y oscuro, con gente que ya paraba por decenas y sólo las voces de dos mexicanos cantando ¡qué viva España!, me dieron aire y me regalaron una fugaz sonrisa.
1h 58m en la media, 2h 34m al salir de Queensboro y la meta inmediata de llegar a la milla 18 donde vería a nuestras chicas con las banderas. Ni la imponente visión de la gente agolpada en la Primera sirvió de consuelo. Me repetía que tenía que correr hasta las 3 horas, que para entonces ya habría pasado la milla 18 y que podría comer un plátano, algo…. Iba hambriento y acepté un plátano de una espectadora, o un niño, ya no me acuerdo. Recuerdo que lo llevé en la mano como un relevo soñando con la milla 18; una parada, un descanso para comer y sonreír con el club de fans.
Pasó la milla 18…,la 19…y nada. Me detuve para comer y volví a tomar algo en el avituallamiento de Power Gel: ¡inmenso error! Parecía que me había tragado un kilo de miel, densa, compacta…vomitiva. El kilómetro 30 me pilló andando y el Bronx vomitando: ¡pobre barrio!, si no tiene bastante con su degradación sólo faltaban mis restos.
Sin embargo el hambre y las nauseas desaparecieron, mis piernas me recordaron que existían por algunos indefinibles dolores mitigados con una pastillita de Tylenol, y me dispuse a llegar, al paso o a gatas: en el peor de los casos suponía que a una hora venía Morita y que llegaríamos juntos.
Nunca dejé de oír voces de apoyo: ¡Nacho, go!, ¡venga!, ¡España!...tenía que llegar, iba a llegar.
Trabé conocimientos con el lumpen de los “runners”, los que iban como yo, o aún peor, pues los pasaba andándo: Pablo de Pamplona, un donostiarra, dos chicas de Barbastro y Madrid, un simpático voceras que te arrastraba de la mano para detenerse en seco, agotado. Constaté que muchas veces, nuestro mayor desafío es ayudar al prójimo, echarle una mano, acompañarle hasta su meta.
Harlem, Central Park North y la Quinta, repleta de gente pero amenazante con su pendiente interminable, eran como un cronómetro que descuenta un tiempo lento y espeso. Cada metro era una meta.
La Quinta, la 86, el Met, Central Park, la milla 24 y ¡Patricia! alborozada ondeando su bandera y cubriéndome de besos: llegar ya iba a ser muy fácil.
Volví a correr. Todo era cuesta abajo. Sentía la amenaza de los calambres, pero ya todo era cuesta abajo. No me hubiese perdido este final por nada del mundo.
Central Park South, Columbus Circle, 800 metros, 400 metros, 200 metros, la meta.
Nada ha terminado, para mi comienza un nuevo maratón.
lunes, 29 de octubre de 2007
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