viernes, 26 de octubre de 2007

Nueva York (Inaacio)

Dedico estas humildes líneas, junto con el muy humilde Maratón que corrí en Nueva York en 2005, a los que me habéis ayudado a llegar a disfrutar de esta experiencia tan asombrosa. A mis padres, que con tanto cariño y orgullo han seguido mis pasos. A mi mujer, que tanto y tanto me ha apoyado (baste decir que tiene madera de maratoniana). Y a mis amigos, que me llenan de orgullo cada día: especialmente a los que han organizado el viaje, y a los que me han acompañado estos meses, que vienen a ser los mismos.
Recuerdo que en la primera carrera que corrimos (Carabanchel 2003), de vuelta a casa, Alex comentó lo bonito que sería correr el Maratón de Nueva York. Yo, de naturaleza racionalista, pensé que la cosa sería un tanto absurda. Correr una distancia tan larga (42,195 km.) ya parecía poco apetecible. Pero correr tan lejos, cuando las maratones son todas iguales parecía una locura, ¿no?. Y aquí estamos, con un orgullo que no nos cabe en el pecho por haber culminado esta pequeña locura!
La magia del maratón consiste en superar un gran reto, con una exigencia física sencillamente extraordinaria que rebasa el límite de lo razonable. Pocas veces en los avatares de nuestras vidas llegamos a este nivel de esfuerzo físico, que en el maratón se realiza dentro de un acontecimiento importante, festivo, rodeado de tus familiares, amigos y... otros miles de personas.
El Maratón de Nueva York 2005 ha sido, creo yo, “la madre de todos los Maratones”. Porque el entorno en que se corre es único, con una cuidad espectacular completamente volcada en celebrar las andanzas de decenas de miles de “héroes” (así te hacen sentir) de países de todo el mundo. Porque hemos estado además arropados por nuestras mujeres, más allá de lo que podríamos soñar. Y porque si se trata de correr una carrera dura, esta desde luego no se ha quedado corta.
El maratón se disfruta. Y mucho: antes, durante y después. Pero también se sufre. Y este ha sido muy bueno en lo bueno, y en lo menos bueno. Por eso el 6 de noviembre de 2006 será una fecha difícil de olvidar, afortunadamente.
¿Y la carrera?
Tras una cola de hora y media en la calle 42, y otra hora y media en el autobús, produce verdadera impresión llegar al “campamento Verrazano”. El estomago se sube a la boca, y uno pasea por allí, rodeado de miles de personas, como por un sueño. Tuvimos el tiempo justo para dejar nuestra ropa en los camiones, acercarnos a nuestra zona, untarnos de lilimentos y vaselinas, estirar, y situarnos en el pelotón de salida. (Nacho hizo un chiste ingeniosísimo con el Gatorade de lima-limón, pero no me atrevo a contarlo; preguntádselo a él).
Por fin, 4 horas y media después de levantarnos de la cama, nos encaminamos a la salida, en un ambiente de alegría y nerviosismo. El grupo estuvo a punto de escindirse por una parada técnica de alguno del grupo (no! esta vez no fue Luis!). Pero logramos reagruparnos a tiempo para escuchar “Barras y Estrellas” como un americano más. “The home of the brave - and the land of the FREE!!” y boom! un cañonazo y una masa de miles de corredores a la consecución del gran reto, empieza a moverse entre la niebla. Verrazano vibra!
Vamos bastante delante, y empezamos corriendo, aunque despacio. El puente no es lugar para adelantar demasiado, y viene muy bien trotar despacio para ir cogiendo el ritmo, y para disfrutar de este momento único en nuestras vidas. Qué impresionante!
Vamos juntos Alex, Luis, Alfonso y yo. Maté, Manolo y Nacho van un poco más lentos. He convencido a Alfonso para que no salga a galopar desde el principio, y corra los primeros 10 kilómetros conmigo, algo contenido. Sorprendentemente, me hace caso. En ocasiones, incluso me pide que pase yo delante, porque si no acelera y se va sin darse cuenta.
El puente es largísimo. Sube durante 1.5 km, baja durante otros tantos. Noto un mareo raro. Pienso que es por la multitud de gente. Luego me dicen que la causa es el puente, que se movía... Por fin salimos de Verrazano y enseguida cogemos una larga avenida: la 4ª, de Brooklyn. Hay muchísima gente e intentamos adelantar poco a poco. Hemos perdido 2 minutos hasta la salida, y otros 2 en el puente. Ahora intentamos alcanzar una velocidad de crucero entre 5:10 y 5:20 minutos por km. Es un ritmo muy conservador; en la Escuela del Corredor nos vaticinaban ir sin problemas a 4:57. Pero hace mucho calor, mucha humedad, y más vale ir precavido. El recorrido por aquí es incómodo, porque vamos adelantando gente entre poco espacio, a veces de forma un tanto brusca. Unas vallas haciendo de mediana dificultan a veces la marcha.
En la milla 3 van a estar nuestras mujeres. Es difícil verlas entre la multitud de espectadores y corredores, pero no perdemos la esperanza. Nos ceñimos a la derecha, que es donde habíamos quedado. Pero nada. De pronto oímos “España!!” y vemos, a la izquierda de la calzada (curiosamente), a las chicas, envueltas en sus banderas. Han visto pasar a otro español y le han animado. Qué emocionante! Pego un grito con todos mis pulmones Adelaaa!!!!!. Y creo que nos ven, por los pelos.
Seguimos felices. Enseguida se disipa la niebla y sale el sol. Empezamos a sudar mucho, muy pronto. El primer barrio de Brooklyn es hispano. Luego hay otro africano. Brooklyn es inmenso y con montones de barrios distintos. A veces corremos pegados a la orilla para ir viendo a la gente, las bandas de música, las banderas... Es alucinante. Vamos disfrutando muchísimo, mientras dejamos atrás kilómetro tras kilómetro. Las pulsaciones van en torno a 150, completamente controladas. Estoy muy contento, convencido de que va a ser una gran carrera y de que voy a llegar sobrado.
La cantidad de gente animando a los corredores es abrumadora. Uno se siente con ganas de decir “gracias, pero no tenían que haberse molestado por nosotros”. Les miramos con asombro, aunque disimulando para no parecer unos paletos. La gente corea nombres y mueve banderas; hay muchas bandas de música. Nombres, banderas y música que cambian barrio a barrio. Creo que tardaré mucho tiempo en dejar de oir el eco de los gritos de “UUUUUUUUH!!”.
En el avituallamiento de la milla 6 Alfonso se marcha, como estaba previsto. Estoy muy confiado en que haber empezado despacio le va a ayudar a acabar bien. Seguimos Alex, Luis y yo.
En la milla 8 nos esperan nuestras mujeres, por segunda vez! Estamos en un barrio sajón, más elegante, con multitud de gente animando. Nos acercamos otra vez a la derecha (esta vez sin dejar de mirar de vez en cuando a la izquierda). Luis dice que ha visto una bandera española. Allí están!. Veo a Miriam, Inma, Patricia, Susana, Nati, Alicia, Adela... Qué maravilla. Me acerco y toco la cara de Adela con mi mano (seguramente le mancho un poco, pero no importa). Y seguimos, emocionados.
Por fin salimos de la 4ª avenida y giramos a la derecha. Tomamos una calle (Bedford, creo), llena de árboles; umbría. Aunque es una subida, se nota mucho más fresco y se agradece. Sigue animando mucha gente. Esta vez es un barrio negro. Hay urinarios de campaña, y todo. Y es que en NY no está bien visto utilizar las calles para orinar...
La cosa va de cine. No va a haber quien nos pare! Giramos a la izquierda y vuelve el sol, en una zona más desangelada. Ya no hay tanto agobio de gente. Luis se queda atrás, a su ritmo. En una de las calles de Brooklyn dejamos de verlo.
Estamos en la milla 9 o así. De pronto veo que los niños van vestidos muy elegantes, muy abrigados con ropa gris, pese al calor. Y mujeres con gabardina negra hasta los tobillos. Es un barrio judío ortodoxo. Asombroso: parece los años 40 en centro Europa. Aquí nadie anima. Un montón de niños en aparente formación nos miran desde unas escaleras, pero están todos callados. En esta carrera lo interesante es mirar a la gente, y olvidarse de “pulsaciones” y “sensaciones”.
Unos giros y llegamos a un barrio polaco. Una avenida de bajada, y en seguida el Pulaski Bridge (puente 2 de 5), justo en la mitad de la carrera. Los puentes son desagradables. No hay gente animando, el piso es muy duro, y tienen subida (que se hace entre antipática e insoportable, según el kilómetro de carrera) y bajada (que no aprovecha nada). En los puentes mucha gente deja de correr. En Pulaski, a la derecha, yace un corredor tumbado boca abajo, aparentemente inconsciente. Un grupo de gente de la organización se acerca corriendo a socorrerle. Bajamos la cabeza y seguimos, tal vez reduciendo imperceptiblemente el ritmo. Hay que respetar la Maratón...
Ya estamos en Queens, al otro lado del Pulaski. La zona es más bien fea, industrial. En algunas avenidas hay gente, pero otras están desiertas. Seguimos Alex y yo. De vez en cuando le pregunto cómo va. Correr en grupo siempre es difícil, sobre todo cuando vas un poco por delante. Al final de Queens, justo antes de entrar en Queensborough Bridge (puente 3 de 5), está el rascacielos de Citibank. Sé que va a haber gente del banco animando a los colegas corredores, así que me acerco a su mesa y saludo con la mano. Enseguida me jalean. Una simpática camarada se acerca corriendo y me da una barrita de cereal que agradezco efusivamente. Un poco más adelante, cuando ya no me ve, la tiro al suelo.
Y llegamos a Queensbourough, que une Queens y Manhattan (milla 16 de 26). Si Pulaski es antipático, Queensborough es odioso. Corremos en el piso de abajo, entre un zumbido molesto. Hay poca luz, mucha subida, y es larguísimo. No hay nadie animando. Aquí ya hay gente que va andando. Parece que el calor (y los kilómetros) empiezan a cobrar sus víctimas. Atravesamos incluso un túnel en el que no se ve ni torta. Las pulsaciones van ahora un poquito altas en la subida (163).
Por fin acaba el maldito puente, con una gran recompensa. Llegamos a Manhattan Me preparo para vivir los que todos nos dicen ser una de las sensaciones más fuertes de la carrera. Pero aún así me sorprende. Se me abre la boca de asombro y se me pone la piel de gallina. Hay miles de personas cerquísima, animando, en la curva que baja hacia la izquierda. Gritan como locos, como si llevaran horas esperando a que pasara yo! Me siento como si he hubieran organizado una fiesta sorpresa. Increíble!
Estamos en Manhattan, en la primera avenida. Un sueño. Muchísima gente a ambos lados de la calle: filas y filas de personas. Muchas de éllas llevan banderas. Y es que Nueva York es una prueba casi internacional, por países. Cuando veo una bandera española, me siento más español que nunca, y pienso en lo bonito que son las banderas para acercar a unas personas a otras, con tantas cosas en común. Y lo odiosas que se vuelven cuando se utilizan para negar a otras personas, no tan distintas al fin y al cabo. Llevo en el pecho, con más orgullo que nunca, nuestra bandera española, tantas veces maltratada.
En la primera avenida empiezo a notar los dolores familiares del maratón; especialmente un dolor a los costados de la cadera que me acompañará mucho tiempo. Pero, como otras molestias que aparecen, no son importantes y ya logré ignorarlas en el maratón de Madrid. El pulso se recupera y voy dentro del ritmo que me había propuesto llevar, en torno a 5:20 el kilómetro. Así que no debería tener problemas para acabar.
Veo unos niños que reparten plátanos, y le cojo uno a un rubiales más pequeño que Guillermo, que parece orgullosísimo. En Nueva York, además de los cientos de voluntarios que ayudan en la organización de la carrera, hay muchísimo espontáneos que ofrecen todo tipo de cosas. Este compromiso de la ciudad con los “héroes del maratón” hace esta carrera especial. Me como el medio plátano de rigor, que sabe a gloria.
Vamos mirando las calles que cruzan, desde la 60 o así, hasta la 90, donde hemos quedado con nuestras animadoras. Alex viene detrás, así que giro la cabeza de vez en cuando. En una de éstas le veo algo retrasado. En la siguiente ya no le veo. Estamos cerca de la milla 18. Me acerco a la derecha, con mucho miedo de no ver a las chicas, porque a estas alturas de carreras su apoyo es fundamental. Busco, pero nada. Cuando empiezo a desanimarme veo, otra vez a la izquierda, las benditas banderas, esta vez subidas en un andamio. Me cruzo en diagonal por la calle, contentísimo, levantando las manos y tirando besos. Ya falta poco para verlas otra vez, en Central Park, muy cerca de la meta.
Paso la calle 100, y cada vez hay menos gente. Hace calor y tengo la boca seca. He ido bebiendo agua, mucha más de lo previsto por el calor. En la mayoría de los controles (cada milla), bebo algo. Alguna vez bebo Gatorade, pero se me queda la boca muy pastosa.
Llegamos al Willis Bridge que nos saca de Manhattan al Bronx (4 de 5), y es otra vez desagradale. Muchísima gente ya va andando. Han puesto una alfombra para hacerlo más suave al tacto de los piés cansados, pero aún así parece que iría uno descalzo. Es la milla 20 y tengo tentaciones de andar un rato, que por supuesto supero. Me acuerdo de Nacho B., que me había recomendado no fijarme en el tiempo y disfrutar del maratón. Pienso que el maratón se disfruta, pero también se sufre; inevitablemente. A partir de esta milla empiezo a fijarme menos en gente, música y banderas, y desear llegar lo mejor posible, y cuanto antes.
El paso por Bronx es testimonial. Hay poca gente. Una milla, y enseguida volvemos a Manhattan. Al cruzar el puente (el último) veo delante, a la derecha, la inconfundible figura de Alfonso andando. Un escalofrío me recorre la nuca. También aquí vuelvo a vivir lo que viví en Madrid. Alfonso! Le llamo y le digo que corra conmigo. Bajo mucho el ritmo (a 6:30?), y le doy ánimos, porque sé que debe estar sufriendo lo suyo. Me propongo llevarle despacito hasta donde pueda. Curiosamente, se pone él por delante. Genio y figura. Le digo varias veces que vaya despacio, tranquilo. Para a coger agua, luego vuelve conmigo. Pero poco más adelante da un para de zancadas rápidas y se para de golpe.
Sigo adelante, aunque ya me cuesta mucho recuperar el ritmo de antes. Cruzamos Harlem, rodeamos un parque en la milla 22. Las pulsaciones van relativamente bajas, y me pregunto si no estaré haciendo el vago. Pronto empieza la subida de la Quinta avenida, que es muy larga y bastante pronunciada. Voy bien, aunque algo lento. Tengo la piel de gallina, con una mezcla de calor y frío. Recuerdo muchas sensaciones de Madrid, pero ésta, no. En la subida me pasa el globo de las 3:50, con mucha gente alrededor. Me pongo a su velocidad y me planteo seguir a ese ritmo hasta la meta. Pero prefiero ir más despacio para evitar problemas.
Pronto llegaremos al Guggenheim y al parque. Ya falta poco. Pero empiezo a notarme mareado, y con somnolencia. Ya no noto el dolor en las piernas. Algo no va bien. Entro en el parque y veo a las chicas. Pero no me acerco a éllas, porque creo que mi cara no debe ir como para enseñarla. Intento hacerles un gesto con la cabeza, que no sé lo que significa y que, en cualquier caso, no me sale. Sigo corriendo, bastante tocado. Y me quedo sin gasolina. Me noto perder velocidad como un tren llegando a una estación. Dejo de correr. Estoy algo mareado. Pienso en Alfonso. Ya sé lo que es pinchar, y con estrépito. Después de correr tres horas y media, al andar parece que uno fuera a cámara lenta. Es la milla 24. Sólo quedan 2, pero se me hace larguísimo. Pienso mucho en Alfonso. Noto agua en la tripa, así que no se si estoy deshidratado, o si he bebido demasiado, o qué. En el siguiente control bebo Gatorade, a ver si me da fuerzas. Pero no.
Mucha gente me anima, pero no puedo correr, así que les doy las gracias educadamente. Dicen mi nombre, “España”, “un poco más”... Ni por ésas. Una vez que has echado a andar correr otra vez es casi imposible Unos españoles me dan una botella de agua. Como en Madrid, tengo psicosis de beber agua. Por fin salgo del parque y enfilo la calle 59. Es la penúltima milla. Muchísima gente me adelanta. Pienso que me adelantará el resto del grupo, pero no los veo. Voy buscando con la mirada gente con botellas de agua, para pedírsela. Por fin veo una botella en el suelo, a los piés de un policía que mira a otro lado. Me agacho y la cojo. Otra policía me ha visto. Me pregunta are you ok? Le digo yes, but very thirsty. Only half a mile to go, me dice. Me reiré cuando lo recuerde, pienso. Me bebo la botella casi de un trago. Va a ser deshidratación....
Por fin llego a Columbus Circle, y otra vez al parque. Los últimos 300 metros. Consigo volver a correr muy despacio, mientras miro fijamente la meta. Levanto los brazos y entro. Agotado, pero inmensamente satisfecho.
A partir de aquí, todavía hay que andar un montón, abrumado por la organización. Te ponen una medalla, te hace una foto, te dan una manta, un adhesivo para pegarla, agua, comida, alguien se presta a quitarte el chip... Asistentes sanitarios me dan sal y me dicen que beba. Tengo tentaciones de tirarme en la hierba, pero tengo que salir para ver a Adela, que a lo mejor está preocupada.
Por fin llego a donde están las chicas esperándonos, y me fundo en un abrazo emocionado con Adela. Como en Madrid, es lo mejor que la carrera.
Poco a poco nos vamos reagrupando los amigos. Todos hemos pinchado, pero todos hemos acabado. No hemos venido a luchar contra los elementos, dice Maté... Nos reímos y estamos tan orgullosos como agotados. Muchos no habíamos corrido un paso hace pocos años. Ahora, a los cuarenta, somos verdaderamente “los héroes de Nueva York”.

No hay comentarios: