Seis dias fuera de casa. De viaje por el levante que a nadie le gusta ver. El de la desgracia, el de la mala suerte, el de la falta de previsiones, de infraestructuras, de medios, o una mezcla de todo esto a la vez.
Seis dias de intensas idas y venidas de un lado a otro en el que mis zapatillas me han acompañado como testigo mudo y durante los cuales no se han atrevido ni a recordarme que había que entrenar, al menos mientras durasen las jornadas en Alicante y sus malogrados municipios, ya que ni el tiempo (el meteorológico) lo permitía, pues hasta la zona residencial donde se ubicaba el hotel en el que nos alojábamos tenía sus calles anegadas de agua, ni el tiempo (el que marca nuestro ritmo de vida) daba una hora y media de respiro en el que poder soltar piernas y reflexionar sobre lo vivido.
En Valencia, ya con más calma, mejor tiempo (los dos), y con la cabeza en otro tipo de preocupaciones, si es que era posible olvidar de un plumazo las caras con las que me había encontrado en los tres dias anteriores, pude salir a gastar suela.
Sobre las ocho de la tarde salí del Paseo de la Alameda, frente al Palacio de la Música, e inicié un suave trote por el antiguo cauce del Turia, ahora llamado Jardín del Turia y convertido en un hermoso parque, con todo tipo de adornos florales, instalaciones deportivas y rincones donde disfrutar de la lectura de un libro. Salí en dirección al primer puente: El de Aragón, y enseguida me puse a pensar en los ojos de esa mujer de Calpe que contaba a duras penas y sin saber por donde comenzar para dar más realismo a su vivencia, que lo había perdido todo. Todo significaba su casa, sus enseres, su coche, sus recuerdos, los de sus recientemente fallecidos padres, las esperanzas de un marido que hacía ocho meses estaba en el paro y que no sabía que hacer para que su hijo de tres años, que no quiere no oir hablar de volver algún día a su casa a la ribera de un monstruoso rio que inundó de agua, lodo y cañas su habitación, no la vea llorar más a cada momento. ¿Cómo explicarle que no ocurre nada? ¿Qué pronto volverán a casa y que todo será como antes? ¿A qué casa? ¿Y con qué? Sus ojos eran los de la desolación, la desesperación y el desconsuelo y yo era incapaz de mantenerla la mirada sin que me temblase la voz, cosa que no se produjo porque nadie me preguntó nada en ese momento.
El Puente del Mar, el de las Flores y el de La Alameda me regalaban un recorrido suave, llano, en el que yo saciaba mis ganas de correr, pero no por apetencia, sino por la necesidad de desconectar, pues el cansancio acumulado era mucho y yo necesitaba respirar un aire fresco, lejos de la lluvia, lejos de las desgracias de los demás, pero que tan hondo me había calado. Yo pensaba en ellos, pero poco se me ocurría que pudiese hacer, quizá los políticos puedan ayudar de forma eficaz, pero mas me preocupa la eficiencia pues ¿Cuánto tiempo há de pasar para que se vuelva producir algo similar? Es cierto que hay que reparar los daños inmediatos, a esta desconsolada mujer seguro que es lo que más le preocupa en estos instantes, pero una mejora de infraestructuras que palien de una vez por todas semejantes riadas es un seguro de vida. Un freno a la especulación inmobiliaria que nada entiende de los cauces naturales de los rios y un saneamiento y alcantarillado efectivo quizá sea lo que se merece quien cada vez que llueve de esa forma cruza los dedos.
Pero había mas. Esta vez era en El Verger, donde casi 350 litros de agua por metro cuadrado en dos horas habían arrancado casa enteras. No es que hubiese entrado hasta un metro o dos de altura, no, es que se las había llevado puestas, dejando en su lugar un lodazal. En las orillas se veía todo tipo de cacharros: Teclados de ordenador, cuadros, sillones, vajilla, señales de tráfico, vallas, puertas, y muchísimo escombro de las casas arrancadas, los margenes del rio se habían multiplicado por tres.
Una mujer el día de la lluvia salía con una escoba a barrer y achicar el agua que comenzaba a penetrar por debajo de la puerta de su casa, al abrir esta vió como el nivel del rio subía a ojos vista y corrió a llevar al primer piso de su casa a su anciana madre, pero era tarde. En cinco minutos mas el agua llegaba al techo de la primera planta y los esfuerzos de la mujer por arrastrarla hacia la parte mas alta no eran suficientes, la fuerza del agua y lo que arrastraba le produjeron diversos cortes y heridas en las piernas, pero lo que nunca olvidará es que no fue capaz de evitar que esa lluvia se llevase a su madre.
Pasado el Puente del Real el cielo se abría encima de mí, dejando ver las estrellas que auguraban el final de las lluvias torrenciales y la agradable temperatura apenas dejaba sentir la humedad que tanto acusamos al correr los de interior, las piernas estaban duras y no había forma de hacerlas disfrutar del recorrido, pero me había propuesto llegar hasta el Puente del Campanar en la confluencia con la Avenida de Pérez Galdós y regresar por donde había venido, recreándome esta vez en los detalles y sabiendo que al regreso agradecería haber salido a soltar piernas.
Ajeno, distante, el mundo continúa su marcha frenética, sin reparar en que lo que hoy toca unos cuantos nos puede afectar en un momento dado a cualquiera. Miramos para otro lado y seguimos con nuestra cotidiana. ¿Y qué otra cosa podemos hacer?
Vaya, ahora recuerdo que me tengo que comprar otras zapatillas.
Mildolores.
Octubre del 2007
lunes, 5 de noviembre de 2007
Su carrera, por Mildo
Pistoletazo de salida. Allá van. Había llegado el momento de demostrar su valía, más que eso su trabajo, el esfuerzo de todo un año, su carrera.
Ahí, rodeado de sus amigos-rivales, con conocidos, compañeros y algún familiar en la salida, en la meta, por el recorrido, se sentía bien, todo se desarrollaba como había pensado que ocurriría. Todo menos ese nudo en la boca del estómago que no podía controlar.
Minutos antes había estado calentando con el ganador del año pasado, el que le ganó a falta de 800 metros finales con un cambio de ritmo impecable. Hablaban de lo típico, de cómo se encontraban este año y se contestaban lo habitual: que no tan fino, regular, no soy el mismo, este año no sé que me pasa… Lo normal, no hay que dar pistas al contrario, aunque ambos se conocían de sobra y a buen seguro que firmaban de buen grado repetir la carrera del año anterior.
Pero esta vez habían cambiado las cosas. Había otro. Un jovenzuelo de unos veinticinco que competía con no sé qué equipo que les iba a poner las cosas muy negras. Era muy complicado arrebatarle un más que presumible primer puesto, entonces el segundo y el tercero era en principio para ellos, a falta de sorpresas, pero por más que buscaban nadie inquietaba especialmente.
Quizá así era como debía ocurrir, pero hay que ser prudente, no se puede estar seguro de nada, salvo que estés hecho un hacha. Y ese no era el caso.
Los entrenamientos salían a duras penas, rayando los tiempos establecidos, con alguna pulsación más de lo esperado, sufriendo más de la cuenta. En Septiembre se encendieron las luces de alarma en un test previo que debía acercarse a lo que en un futuro inmediato iba a ser su estado de forma ideal, pues gran parte de la temporada estaba volcada en su carrera, pero cuanto más empeño ponía peor le iba saliendo. Sus piernas no respondían, no asimilaban, no le daban esa chispa necesaria para “hacértelo creer” un poquito, porque la parte psicológica también se entrena.
Aún así apretaba los dientes y seguía con lo marcado. Descansando convenientemente, rodando suave cuando se terciaba y esforzándose en las series, cambios, fartleks, pero no salía. Algo fallaba.
Y llegó el dia.
Después de una noche tranquila que incluso le sorprendió, pues dormir placidamente el dia previo a la gran cita en los años anteriores nunca se cumplió, se presentó casi dos horas antes dispuesto a hacer todo tan metódicamente como había preparado.
Tomó un café que le terminó de despertar y le entonó el cuerpo, leyó un poco de prensa y a falta de una hora comenzó a estirar suavemente.
Con el calentamiento fueron apareciendo caras conocidas, los rivales, los que no lo eran tanto, los responsables de los equipos, en fin, todos en sus posiciones, incluído el nudo del estómago. Ese sí que estaba bien posicionado. Pero él era la baza de su equipo, ahora más que nunca, puesto que era el subcampeón y debía defender su plaza. En estas todavía estaba algún despistado seguidor del equipo que le daba por vencedor del dia, aunque ese extremo los más avezados sabían que no se daría, por culpa del “nuevo”. Con que repitiese el segundo puesto…
Ánimos, palmadas, saludos, sonrisas, y el nudo seguía, el muy hijo de p…
¡Que presión! ¿Cómo se debe sentir un profesional en un campeonato importante cuando todo un pais te está viendo? No quería ni pensarlo, ahora no, bastante tenía con lo que se le venía encima, no podía fallar. Se lo debía a quien había confiado en él, a su mujer que le valía con lo que hiciera porque sabía de su enorme esfuerzo para tan poco beneficio, pero sobre todo a él mismo, su orgullo personal estaba en juego. Tanto había apostado.
De salida el “nuevo” puso tierra de por medio, querría impresionar, porque el ritmo no era tan apabullante, pero el caso es que se fue y le dejaron ir. Él sabrá, el recorrido es largo y duro. Detrás de él unos seis corredores apiñados pugnaban por abrir otra brecha en la que los más miedosos y dubitativos se cortasen, y a los más previsores les costase cazar posteriormente. En este grupo iba el rival del año pasado, tirando comedidamente pero sin pausa, debía ir a 3´15´´ aproximadamente, fuerte para el principio teniendo en cuenta el perfil, pero convenientemente controlado. Otro compañero de equipo y él. Los demás se cortaron en el primer repecho y así transcurriría hasta el final. Cosa de cuatro. O de tres porque al primero ya sólo le vieron de lejos.
En la segunda vuelta estuvo la clave. El ganador del año pasado en el momento más duro sacó su garra y de un certero golpe se marchó en pos de la cabeza de carrera, o de un segundo puesto que en ese momento se le antojaba suyo. No había más que oir respirar a los dos miembros del otro equipo, sobre todo a él, que iba fuera de punto a todas luces.
Se resistieron unos cuatrocientos metros pero decidieron que era mejor dejarlo, estaba muy fuerte y quizá su error había sido dejar tantos metros a la cabeza de carrera.
Cantado estaba que la guerra entre “hermanos” iba a ser por el tercero.
Él ya lo imaginaba antes de empezar e incluso hubiera firmado ese tercero sin pasar por el calvario por el que estaba pasando. Un inoportuno flato le iba fastidiando un ritmo cómodo en el que instalarse, no encontraba el paso adecuado, e incluso inmediatamente después del hachazo del rival notó como su compañero pasaba por su momento más delicado pero no lo aprovechó. Más que nada porque no tenía armas con que atacar. Una vez más faltaba gasolina. Había que impresionar y acobardar pero sin hacer mucho gasto, a ver si se recuperaba antes de que fuera demasiado tarde.
Se dieron pequeños relevos y no tentaron a la suerte antes de pasar por el tramo más duro de la última vuelta, entonces había que jugársela. Con una fugaz mirada se batieron en duelo sabiendo que uno de ellos iba a quedar en nada, en ese inmisericorde cuarto puesto. Faltaba poco más de un kilómetro y había llegado, ahora sí, la hora de la verdad.
Ahí estaba todo un año con muchos, muchísimos kilómetros, horas de esfuerzo, de dedicación, de mimo, repleto de toda esa madera que caracteriza a los que poblan cualquier carrera popular. Gente que por afán de superación, amor propio y mucha afición hacen de la carrera algo muy suyo, algo mágico, algo personal. Y eso ocurría, que era algo personal con esa carrera. Su carrera.
Primero comenzó su compañero con un ataque directo, un cambio de menos a más, de los que piensas que debes soltar en dos zancadas más. Lo mantuvo bien durante unos doscientos metros, él se pegó a su estela y resistió la embestida, apretando los dientes y sintiendo como el corazón se le salía por la boca. Ahora le tocaba en turno, esperó que el ataque perdiera intensidad, momento que no llegaba, y cuando consideró que la energía del primero bajaba le devolvió la moneda. Un cambio todo lo fuerte que pudo, era el momento, ya olía la meta e incluso veía como entraba el segundo clasificado.
Su pestañeo se volvió lento, como si no quisiera ver por donde iba ni cuanto le faltaba, apretaba los ojos hasta que decidió abrirlos y mirar de reojo a su amigo y a la vez adversario. Ahí estaba, no lo había soltado y todavía le quedaban fuerzas para contraatacar.
Esta vez fue definitivo. Cogió unos metros insalvables y el mundo se le vino abajo. No había más. No quedaba carrera. En sesenta metros se le iba todo el esfuerzo de un año.
Sonrió al sentirse liberado. El nudo del estómago había desaparecido.
Se subió las gafas a la cabeza y traspasó la línea de llegada con una sonrisa amarga.
Pensó que no era cuarto, sino que había perdido.
El año que viene otro tendrá la responsabilidad. Pero el año que viene él volverá a pelear por un puesto en el cajón.
Ahí, rodeado de sus amigos-rivales, con conocidos, compañeros y algún familiar en la salida, en la meta, por el recorrido, se sentía bien, todo se desarrollaba como había pensado que ocurriría. Todo menos ese nudo en la boca del estómago que no podía controlar.
Minutos antes había estado calentando con el ganador del año pasado, el que le ganó a falta de 800 metros finales con un cambio de ritmo impecable. Hablaban de lo típico, de cómo se encontraban este año y se contestaban lo habitual: que no tan fino, regular, no soy el mismo, este año no sé que me pasa… Lo normal, no hay que dar pistas al contrario, aunque ambos se conocían de sobra y a buen seguro que firmaban de buen grado repetir la carrera del año anterior.
Pero esta vez habían cambiado las cosas. Había otro. Un jovenzuelo de unos veinticinco que competía con no sé qué equipo que les iba a poner las cosas muy negras. Era muy complicado arrebatarle un más que presumible primer puesto, entonces el segundo y el tercero era en principio para ellos, a falta de sorpresas, pero por más que buscaban nadie inquietaba especialmente.
Quizá así era como debía ocurrir, pero hay que ser prudente, no se puede estar seguro de nada, salvo que estés hecho un hacha. Y ese no era el caso.
Los entrenamientos salían a duras penas, rayando los tiempos establecidos, con alguna pulsación más de lo esperado, sufriendo más de la cuenta. En Septiembre se encendieron las luces de alarma en un test previo que debía acercarse a lo que en un futuro inmediato iba a ser su estado de forma ideal, pues gran parte de la temporada estaba volcada en su carrera, pero cuanto más empeño ponía peor le iba saliendo. Sus piernas no respondían, no asimilaban, no le daban esa chispa necesaria para “hacértelo creer” un poquito, porque la parte psicológica también se entrena.
Aún así apretaba los dientes y seguía con lo marcado. Descansando convenientemente, rodando suave cuando se terciaba y esforzándose en las series, cambios, fartleks, pero no salía. Algo fallaba.
Y llegó el dia.
Después de una noche tranquila que incluso le sorprendió, pues dormir placidamente el dia previo a la gran cita en los años anteriores nunca se cumplió, se presentó casi dos horas antes dispuesto a hacer todo tan metódicamente como había preparado.
Tomó un café que le terminó de despertar y le entonó el cuerpo, leyó un poco de prensa y a falta de una hora comenzó a estirar suavemente.
Con el calentamiento fueron apareciendo caras conocidas, los rivales, los que no lo eran tanto, los responsables de los equipos, en fin, todos en sus posiciones, incluído el nudo del estómago. Ese sí que estaba bien posicionado. Pero él era la baza de su equipo, ahora más que nunca, puesto que era el subcampeón y debía defender su plaza. En estas todavía estaba algún despistado seguidor del equipo que le daba por vencedor del dia, aunque ese extremo los más avezados sabían que no se daría, por culpa del “nuevo”. Con que repitiese el segundo puesto…
Ánimos, palmadas, saludos, sonrisas, y el nudo seguía, el muy hijo de p…
¡Que presión! ¿Cómo se debe sentir un profesional en un campeonato importante cuando todo un pais te está viendo? No quería ni pensarlo, ahora no, bastante tenía con lo que se le venía encima, no podía fallar. Se lo debía a quien había confiado en él, a su mujer que le valía con lo que hiciera porque sabía de su enorme esfuerzo para tan poco beneficio, pero sobre todo a él mismo, su orgullo personal estaba en juego. Tanto había apostado.
De salida el “nuevo” puso tierra de por medio, querría impresionar, porque el ritmo no era tan apabullante, pero el caso es que se fue y le dejaron ir. Él sabrá, el recorrido es largo y duro. Detrás de él unos seis corredores apiñados pugnaban por abrir otra brecha en la que los más miedosos y dubitativos se cortasen, y a los más previsores les costase cazar posteriormente. En este grupo iba el rival del año pasado, tirando comedidamente pero sin pausa, debía ir a 3´15´´ aproximadamente, fuerte para el principio teniendo en cuenta el perfil, pero convenientemente controlado. Otro compañero de equipo y él. Los demás se cortaron en el primer repecho y así transcurriría hasta el final. Cosa de cuatro. O de tres porque al primero ya sólo le vieron de lejos.
En la segunda vuelta estuvo la clave. El ganador del año pasado en el momento más duro sacó su garra y de un certero golpe se marchó en pos de la cabeza de carrera, o de un segundo puesto que en ese momento se le antojaba suyo. No había más que oir respirar a los dos miembros del otro equipo, sobre todo a él, que iba fuera de punto a todas luces.
Se resistieron unos cuatrocientos metros pero decidieron que era mejor dejarlo, estaba muy fuerte y quizá su error había sido dejar tantos metros a la cabeza de carrera.
Cantado estaba que la guerra entre “hermanos” iba a ser por el tercero.
Él ya lo imaginaba antes de empezar e incluso hubiera firmado ese tercero sin pasar por el calvario por el que estaba pasando. Un inoportuno flato le iba fastidiando un ritmo cómodo en el que instalarse, no encontraba el paso adecuado, e incluso inmediatamente después del hachazo del rival notó como su compañero pasaba por su momento más delicado pero no lo aprovechó. Más que nada porque no tenía armas con que atacar. Una vez más faltaba gasolina. Había que impresionar y acobardar pero sin hacer mucho gasto, a ver si se recuperaba antes de que fuera demasiado tarde.
Se dieron pequeños relevos y no tentaron a la suerte antes de pasar por el tramo más duro de la última vuelta, entonces había que jugársela. Con una fugaz mirada se batieron en duelo sabiendo que uno de ellos iba a quedar en nada, en ese inmisericorde cuarto puesto. Faltaba poco más de un kilómetro y había llegado, ahora sí, la hora de la verdad.
Ahí estaba todo un año con muchos, muchísimos kilómetros, horas de esfuerzo, de dedicación, de mimo, repleto de toda esa madera que caracteriza a los que poblan cualquier carrera popular. Gente que por afán de superación, amor propio y mucha afición hacen de la carrera algo muy suyo, algo mágico, algo personal. Y eso ocurría, que era algo personal con esa carrera. Su carrera.
Primero comenzó su compañero con un ataque directo, un cambio de menos a más, de los que piensas que debes soltar en dos zancadas más. Lo mantuvo bien durante unos doscientos metros, él se pegó a su estela y resistió la embestida, apretando los dientes y sintiendo como el corazón se le salía por la boca. Ahora le tocaba en turno, esperó que el ataque perdiera intensidad, momento que no llegaba, y cuando consideró que la energía del primero bajaba le devolvió la moneda. Un cambio todo lo fuerte que pudo, era el momento, ya olía la meta e incluso veía como entraba el segundo clasificado.
Su pestañeo se volvió lento, como si no quisiera ver por donde iba ni cuanto le faltaba, apretaba los ojos hasta que decidió abrirlos y mirar de reojo a su amigo y a la vez adversario. Ahí estaba, no lo había soltado y todavía le quedaban fuerzas para contraatacar.
Esta vez fue definitivo. Cogió unos metros insalvables y el mundo se le vino abajo. No había más. No quedaba carrera. En sesenta metros se le iba todo el esfuerzo de un año.
Sonrió al sentirse liberado. El nudo del estómago había desaparecido.
Se subió las gafas a la cabeza y traspasó la línea de llegada con una sonrisa amarga.
Pensó que no era cuarto, sino que había perdido.
El año que viene otro tendrá la responsabilidad. Pero el año que viene él volverá a pelear por un puesto en el cajón.
El momento soñado. Crónica del maratón de Barcelona 2007, por Mildo
Prólogo
Me siento relleno como un pavo.
Tengo el estómago rebosante de pasta, agua, Aquarius, pastillas de glucosa...
¿Es normal que se tengan que hacer estas "barbaridades" o forma parte de un ritual de maratonianos? Práctica transmitida de boca en boca de corredores, ceremonia previa que augura el exito, como si de la danza de la lluvia se tratara. De todos modos no seré yo el que contradiga los consejos de gente altamente experimentada en estas lides, por mucho que me parezca que se exagera. Y más cuando no se tiene ni puñetera idea de lo que se avecina, como es mi caso. Mejor prudencia. Me lo llevo repitiendo desde finales de Noviembre cuando, de repente, sin haberlo premeditado decidí que ya era hora de hacer un Maratón. Y así sigo, cauteloso, sigiloso, meditabundo cada vez que del Maratón me acuerdo, pero tranquilo y confiado en que podré con él. Eso espero.
Ya faltan dos dias, ¡Que digo! Día y medio. Ahora sólo cenar y dormir, mañana cogeré el avión que me lleva a Bcn y el día pasará sin haberlo querido, de un sitio a otro compartiendo las horas previas con los amigos del club y otros más que espero ver por allí.
Atrás han quedado muchos dias de entrenamiento que seguro que darán buenos resultados. Me perdonaréis por no haberlos compartido, tal y como un día me pedía Carlos, pero creo que aburrían, me aburrían incluso a mí.
Me ha parecido duro. He entrenado como para bajar de 3 horas, lo sé. Y si no intento esta empresa es porque me falta una condición indispensable para tal hazaña, que es haber acabado uno previamente. Pero los rodajes largos los he ajustado a un ritmo asequible, creo, que es el 4´45 por kilómetro, que debe dar un resultado de 3 horas 20 minutos. Suficientemente bien para un neófito, ¿No? Con eso me daría por más que satisfecho.
Y como en todo entrenamiento ha habido rodajes largos, duros y penosos. Los mejores fueron siempre con los compañeros del Club Boston. Los más insoportables, sólo.
Series cortas, muy agradecidas porque siempre eran mas lentas que las que hago habitualmente preparando el 10k. Pero más cantidad y menos recuperación.
Series largas, larguísimas de 1000, 1500, 2000, 3000, 4000 (o más bien un bosque a ritmo controlado) y 6000. En todas estas me exprimí un poco más, quizá por la reticencia a perder una pizca de la poca punta de velocidad que me ha quedado este último y lamentable año.
Ha habido dolores en las lumbares, en el tendón izquierdo, como no, de cabeza, de estómago, una señora contractura en la espalda que me dejo el cuello rígido durante un par de semanas. Viajes de trabajo que conllevaban entrenamientos a las 5 de la madrugada allá donde me pillase, como aquel que ahora me viene a la mente por la Isla de Arousa en medio de un temporal que daba pánico. Otros más agradecidos como una tarde casi primaveral por las cuestas del Montjuïc, en Alicante, etc… Y todo esto no hace más que reforzarme en la idea de que yo también venceré al Maratón. Y con él al calor, a la humedad. Yo puedo. Sé que puedo y no me defraudaré.
Ahora no tengo más que descansar y esperar y en las horas que quedan pasar un buen rato con mis amigos y con mi mujer, que me mira como diciendo ¿Por qué no me dice nada de la carrera? ¡Con lo charlatán y pesado que se suele poner!
Pues será el miedo a lo desconocido. O el respeto, mejor dicho.
En las situaciones comprometidas siempre es mejor templar el nervio y no demostrar nunca tu punto debil, porque ese el flanco a golpear. Como a mi siempre me ha costado un trabajo horrible no mostrarme tal como soy, prefiero aplicarme solo el primer punto y apretar los dientes para que el golpe duela lo menos posible.
Dicen los expertos que a partir del km. 35 está lleno de golpes bajos. Estaré preparado y os lo contaré la semana que viene, cuando todo haya quedado en un bonito recuerdo.
Los hechos
¿Cual es el momento soñado?
¿Cual es el momento que has perseguido durante tantos días, tantos sacrificios?
¿Estar en la salida perfectamente sano? Estar.
¿Sentir el calor de la gente con tus mismos miedos y angustias? Sentir.
¿Tener el apoyo de los tuyos antes de entrar en el cajón de salida? ¿Durante el recorrido? ¿En el último momento? Tocar.
¿O cruzar la línea de meta?
¿Cuándo cruzas exactamente la línea de meta? ¿Cuándo te sientes más feliz de lo realizado? ¿En ese momento?
No lo tengo tan claro. Pero esto es una historia diferente. Ya partió diferente y así sigue. Las sensaciones desde un principio parecen más las de un analista que las de un mediocre corredor. Creo que me he tomado el Maratón con un desproporcionado respeto que me ha hecho observarme a mi mismo como un conejillo de indias privándome concienzudamente de unas sensaciones que de otra forma resultan normales. Eso ha generado a una ausencia total de nervios, una inexistencia del temido muro y una alegría contenida que llevo atravesada en el garganta que me impide llorar de emoción. No ha salido y me escuece, me ahoga. Me lo merecía y no se produjo.
Por el contrario me llevó al éxito, si de acabarlo se trataba. Con una precisión casi exacta. Desde el primer entrenamiento funcionó como un reloj y el día “D” no fue de otra manera. 3h.20´ era la marca perseguida en el mejor de los casos. 3h.22´30´´ fue lo cosechado, pasando de un ritmo previsto de 4´45 el km a otro de 4´48, quizá debido al calor y a la humedad. Creo que hablábamos de más de 22 grados y 80 % de humedad, pero no me hagáis mucho caso porque tampoco me importó nada.
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Cinco minutos faltan para la salida y Alfonso, Digi y yo nos miramos nerviosos, nos intentamos transmitir confianza con nuestros gestos, comentarios, escuchamos y observamos el ambiente con una sonrisa perdida en mil pensamientos parecidos, diferentes. El gentío es enorme, atronador. Los corredores saltan, deambulan, se colocan y recolocan todos sus abalorios y cachivaches una y mil veces. Dos minutos. Nos deseamos suerte, ya nada impedirá nuestra aventura y el murmullo se hace insoportable. En este instante haces acopio de fuerzas, rememoras todo lo realizado para poder estar ahí, en tu primer maratón, y te acongoja la responsabilidad. Alfonso y Digi son los únicos conocidos que te acompañan en la aventura y… ¡Allá vamos!
Como en todas las carreras multitudinarias la salida es lenta, atropellada, imposible de coger un ritmo y una línea recta que te acople a tu paso deseado, pero esto es tan largo que da igual, en poco nos acomodaremos y mientras nos mantengamos juntos me sentiré bien. Una vez más me repito: ¡Sólo tienes que acabar!
El juego de kilómetros se sucede tranquilo, jamás se me había hecho tan corto y tan ameno. Llevaba un estudiado y meticuloso paso kilométrico y me hacia gracia ver como se producía con exactitud, salvo en el primero, claro. Hablábamos, nos animábamos, todo iba bien, pero mi cuerpo rebosaba líquidos. Sé que mejor pecar de exceso que de ausencia y más con ese calor, así que mientras tenga energías mejor ahora que después. Creo que fue en el km. 4, me aparté a un lado y solucioné el problema. Me angustiaba ver como desaparecía más rápido de lo que esperaba la larga figura de Alfonso, pero una vez incorporado a la carrera tardé bastante menos de lo que imaginaba en cogerlos, y tampoco subí mucho el ritmo. Bien, todo bien entonces.
El kilómetro 10 por la Gran Via de las Corts pasó en 47´40, que significaba un ritmo de 4´46´. Mejor imposible, iba calcado al perseguido 4´45, pero quizá estaba implicando sin darme cuenta a que mis compañeros corriesen por encima de sus expectativas, aunque tampoco era momento para ponerse a hablar de ello, cada uno sabía lo que tenía que hacer y los dos ya tienen experiencia previa. Hablamos antes de la salida que nos mantendríamos juntos mientras fuese viable y que salvo caso de emergencia (Salud, se entiende) ninguno nos pararíamos con nadie. Así que llegué a la conclusión de que hacíamos lo correcto, porque nuestras expectativas eran muy parecidas.
Más o menos por este punto piensas que puedes hacerlo más rápido, no te controles tanto, date cera, por el contrario los miedos se hacen mayores, como por ejemplo esos calambrillos en los dedos de los pies de los que hablaba en anteriores dias, aparecieron por el 11 o 12. Pero, ¡Si no suelen aparecer hasta la hora y media! ¡Pues lo voy a pasar de pena! ¿Me dejarán acabar las casi tres horas que faltan? No, seguro que no. Vuelvo a la carrera y pienso que esas cosas conducen al error, me alegro de llevar un paso firme y seguro a meta, el exceso en estos momentos me vaciaría o me castigaría innecesariamente. Todavía falta mucho.
En el 14 debe ser que no he sudado lo suficiente, y además en el 5 y el 10 no desprecié ni agua, ni esponjas ni isotónicos, por lo que el exceso de líquidos vuelve a castigarme. Como no estoy por la labor de pasarlo peor de lo que aún me falta por sufrir, decido volver a parar y comprobar como corre el tiempo y la gente mientras solucionas esos inconvenientes. - ¡No tengo remedio!, me digo. Vuelvo a la carrera y esta ocasión prefiero tardar más en coger a mis compañeros pues el 14 es el 14 y aunque entero el cuerpo ya no es el mismo. Dicen que los primeros 25 te los haces sin sentir, que la gente te lleva en brazos. ¡Mentira! Hay que correrlos, como estas fuerte, los haces sin rechistar, pero hay que correrlos y cuentan, ¡Claro que cuentan! La prueba está en que coger a mis compañeros me costó kilómetro y medio y antes sólo 800 metros.
Pasamos por la impresionante Sagrada Familia que, imponente, nos saluda a los corredores y la gente que allí se aglutina nos anima y nos despide por la calle Mallorca hacia la zona más alejada del clamor popular. La Avenida Meridiana y el paso por el Puente de Calatrava es prácticamente inhóspito, pero todavía queda un oasis en la Plaza de las Glorias Catalanas, en la Torre Agbar el gentío es mucho mayor.
El paso por la Media a 1h. 41´27 supone un ritmo de 4´49´´, un poco de despiste, quizá por la subida de El Paseo de Gracia, del Paseo de San Joan, de la Avda Meridiana. Sí, sin duda hemos estado subiendo un buen rato en este último 10k, pero aún así me agobia ver que me alejo de la ya nada escondida pretensión de 3h.20´, aquí nos encontramos con Víctor y Nacho, más compañeros del Club, que han decidido acompañarnos la segunda mitad cargando con plátanos y haciendo los avituallamientos de líquidos para que nada nos moleste ni nos distraiga. Aquí la conversación prácticamente ha desaparecido por completo, sólo contestamos a lo que los nuevos nos preguntan. Yo dudo en poner tierra de por medio o esperar al km. 25 para ver que pasa. Decido continuar con ellos, al menos un rato más, la segunda media no es como la primera, creo, debe costar más trabajo. Seguro que cuesta mucho más trabajo. Espera. Aquí estás bien.
Un momento de duda. Un arranque de soberbia. Un segundo incontrolado. Miro hacia detrás y veo que llevo dos metros de diferencia a mis cuatro amigos.
-¡Ahora!
-Por qué?
- Por que necesitas saber que es la soledad del Maratón. Por que no sería completo si no pruebas qué es ir sólo.
- De acuerdo, tienes razón.
Miro de nuevo hacia detrás y sin despedirme, porque parece que la situación obligaba a hacerlo, me alejo de mis compañeros. No hubo ni una sola palabra, al menos que yo escuchase, quizá sabían que ese momento se produciría. Yo no lo tenía tan claro, pero quería experimentar la soledad mejor por delante que por detrás. Si algo fallaba siempre me podrían recoger. He hecho bien.
Estoy en el 23. Si lo hago adrede no me sale mejor, Si quería experimentar la soledad es el momento idóneo porque transcurrimos por la zona más vacía del Maratón, más aún que la anterior. El final de la Gran Via y la bajada por la Rambla Prim la recuerdo vacía. O a lo mejor es que no me fijé bien. Supongo que ensimismado por la audacia de estar ahora sin más compañía que los anónimos corredores que transitan a mi lado, pienso y pienso y no veo nada. No veo nadie. Veo mis entrenamientos por el bosque, mis series, mis piernas moverse, mi figura desplazarse. Visualizo todo eso y me da fuerza, apenas distingo los puntos kilométricos para picar los parciales. La revuelta de la Diagonal me entretiene intentando buscar a mis antiguos acompañantes, pero por supuesto que no veo nada. Las primeras víctimas hacen su aparición. Gente que ha pasado de correr a andar, con ese paso triste del corredor vacio, extenuado y sin fuerzas del que se sabe aun muy lejos de la meta y alberga pocas esperanzas de llegar. Todavía tengo energías para animarlos, aplaudirlos, eso también me anima a mi, por ser tan afortunado de encontrarme fuerte.
¿Fuerte? ¿Estoy fuerte? Km .28 y km. 29. Hasta aquí sé lo que es un entrenamiento, por lo que a tiempo en carrera se refiere. Llevo 2h. 14´ y 2h. 18´ respectivamente. Ahora toca descubrir que hay detrás del km 30. Una de las experiencias se trataba de esto: Descubrir que hay tras el umbral del km. 30. A partir de aquí es nuevo para mi.
Pero a partir de este punto, como adivinando que puede ser mi punto fatídico, me esperaba mi apoyo. Víctor, que apareció en el 21 se quedó con Digi. Nacho con Alfonso y en el 30 la visión de Pili, mi mujer, me valió por todo lo recorrido hasta el momento. Su ánimo, su sonrisa, su entusiasmo me envolvió y me reconfortó. ¡Que tontería, ¿Verdad?! Pero los que habéis pasado por esta experiencia sabéis que es así, que un apoyo en un determinado momento vale su peso en oro y más si procede de la persona más querida. También sería injusto no decir que gracias a Jose “Numancia”, que me acompañó hasta el final, no sé que habría pasado. Después de finalizar su 10k realizando marca personal, se presentó en este punto con la sola intención de acompañarme en el último tramo del Maratón, de estar a mi lado en el muro, de cuidarme y mimarme hasta lo indescriptible.
- ¿Cómo vas campeón? Venga, de lujo, que vas muy bien de tiempo. ¿Quieres comer algo? Llevo plátanos. Yo te cojo agua, ábrete al lado contrario para que no te entorpezcan…
Yo solo tenía que pedir, él me daba. Agua, plátano (que la mitad de uno en esos momentos te sabe a gloria), isotónicos. Me indicaba por donde pasar. Iba avisando a los corredores próximos para que supieran que iban a ser rebasados. Me animaba constantemente. Increíble. Impagable. Creo que la emoción que sentía él al saber que estaba compartiendo conmigo mi primera Maratón era casi mayor que la mia, pero esto no era nuevo, ya me lo dejó ver en las semanas anteriores, aunque no me di cuenta hasta ese momento.
Por otro lado la factura se presentaba inmediatamente después de los postres, casi sin tomar el café. En el 32 caí en la cuenta de dolor creciente que llevaba en los aductores, no era insufrible pero si muy molesto, sobre todo cuando estas harto de correr. Pasé por la Avda del Litoral convencido de mi resistencia al calor. Allí donde la temperatura se hacía insoportable, la humedad más tenaz y la visión de la playa y el mar, lejos de aliviar castigaba la psiquis, me armé de valor y me demostré que mis flirteos y guiños con los días soleados no me los he inventado. Ví como cada vez más eran los apostados a los lados del recorrido, sufriendo las consecuencias de estas condiciones y lamentando su sufrimiento me confié a mi mismo. Empezaba a pensar que podía, pero todavía faltaba El Muro. ¿Dónde empieza exactamente? ¿Es físico o es consecuencia de los kilómetros previos? Yo particularmente lo fijé en le 35, si llegado aquí no presentaba síntomas de deshidratación, de lesión grave o cansancio extremo, acabaría el Maratón. Pero no llegó. No hubo Muro. Pasamos el Parque de la Ciudadela fastidiándome el cambio de asfalto a tierra. Ésta era muy alisada, pero me dio terror que un simple desnivel me torciera un tobillo, ya muy debilitados. ¡A mi! ¡Que no me los he chascado ni a propósito cuando he correteado por la noche entre los árboles de la Casa de Campo! Y ahora deseaba volver a pisar asfalto. Duró poco y enseguida nos bañamos en el mejor clamor de gente de toda la carrera: Plaza de Cataluña, Via Layetana, Ferran, Plaza de Sant Jaume… Gente y más gente, ahora todo ánimo es poco. Se necesita. Nunca lo he necesitado tanto.
El momento crítico llega en la Avda del Paralelo, en el km 39 donde tomo conciencia del tremendo dolor de aductores. Me da coraje y más fuerza puesto que oigo, o creo oir, el clamor del Pso María Cristina, lugar de meta, pero no puedo cambiar, solo mantener a duras penas un paso de 4´47 a 4´50 que mantuve desde que se unió a mi Jose “Numancia”, el cual no paraba de repetirme:
-¡Los vas clavando, máquina! Venga, venga, no paras de pasar gente.
Pero no podía más, quise maquillar un resultado que me alejaba por poco de las 3h.20´ pero sólo podía seguir “clavando” ese ritmo. En el 40 un nuevo aliento y esta vez de lujo. Miguel Ángel, nuestro querido presidente del club, venía a mi encuentro, bueno al encuentro del primero de los tres que hubiese pasado por allí, y se unió con renovados gritos y ánimos a Jose. Me llevaron prácticamente en volandas hasta meta. El último 400 fué de renovado y falso entusiasmo para recorrerlos en 4´05 ese kilometro y 195 metros.
No ví a nadie, por mucho que me dijeron en que curva estaban, sólo sé que desde mi propia nube veía el arco de meta majestuoso, saludándome como nuevo en la estirpe de los maratonianos, que el crono que marcaba en ese instante era insignificante, que me había enganchado para siempre por mucho que en ese momento lo negase, que mi capacidad de sufrimiento me regalaba lo que a otros muchos ya había hecho anteriormente:
Cruzar la línea de meta del Maratón.
Me lo regalé a mi mismo. Yo era el culpable de haberlo hecho. Mi inconsciencia y yo. Muchos estaban detrás de este logro entre los que destacan, sobre todos los demás, Pilar, mi mujer, mi compañera, mi amiga, que siempre ha creído en mi y en todo lo que hiciese, y mi padre que en otro tiempo me llevaba a las carreras ciclistas cuando era un adolescente y en este día de culminación competitiva, en lo que a atletismo popular se refiere, le eché en falta.
Pero era mi maratón, mi reto, mi deuda y me la he cobrado.
El tiempo 3h 22´30 como ya sabéis.
Los parciales estos :
- km 10: 4740´´ a 4´46´´
- km. 21´097: 1h.41´27 a 4´49´´
- km 31: 2h 28´30 a 4´47´´
- La segunda Media en 1h.41´03´´ = 24 segundos mejor que la primera, desechando décimas y centésimas para este calculo aproximado.
Es para estar satisfecho. Yo lo estoy y creo que repetiré, no sé con que objetivo, pero repetiré. La experiencia vale la pena, aun a pesar de tanto sufrimiento.
Epílogo:
Al día siguiente, cuando todos tus allegados te han hecho sentir rey por un día, cuando estás que te sales por tu hazaña, cuando te quedan ganas de sonreir aun a pesar de los múltiples dolores que aquejan tu cuerpo, vuelves a la rutina. Y en ella están tu entorno habitual, tus compañeros de trabajo que nada entienden de lo que has hecho durante estos últimos tres meses y has culminado unas horas antes.
Te ven aparecer con una rotunda y visible cojera y se ríen. Te preguntan que tal fue con esas preguntas que carecen de sentido, pero que agradeces, porque demuestran un mínimo interés:
- ¿Cómo has quedado?
- ¿Has terminado?
- ¿Qué tiempo has hecho?
- ¿Qué puesto has hecho?
- ¿Y el que ha ganado que tiempo ha hecho?
Todo va bien hasta que respondes a la última pregunta. Aquí toman conciencia de tu resultado y se les antoja vano ,inútil y absurdo. No aciertan a comprender como somos capaces de esforzarnos tanto para nada, que sacamos de esto, preguntan. Y no les vale con lo del espíritu de superación, salud, porque te echan un vistazo a tu cara de pollo enfermo, delgado, ojeroso y con una cojera ridícula, eso si no te has traído contigo alguna nueva lesión o dolencia más grave.
- Os admiro, pero estáis locos. 42 kilómetros corriendo y en poco más de tres horas. Estáis locos.
Lo sabemos y nos enorgullece.
Madrid, a 6 de Marzo de 2007.
Me siento relleno como un pavo.
Tengo el estómago rebosante de pasta, agua, Aquarius, pastillas de glucosa...
¿Es normal que se tengan que hacer estas "barbaridades" o forma parte de un ritual de maratonianos? Práctica transmitida de boca en boca de corredores, ceremonia previa que augura el exito, como si de la danza de la lluvia se tratara. De todos modos no seré yo el que contradiga los consejos de gente altamente experimentada en estas lides, por mucho que me parezca que se exagera. Y más cuando no se tiene ni puñetera idea de lo que se avecina, como es mi caso. Mejor prudencia. Me lo llevo repitiendo desde finales de Noviembre cuando, de repente, sin haberlo premeditado decidí que ya era hora de hacer un Maratón. Y así sigo, cauteloso, sigiloso, meditabundo cada vez que del Maratón me acuerdo, pero tranquilo y confiado en que podré con él. Eso espero.
Ya faltan dos dias, ¡Que digo! Día y medio. Ahora sólo cenar y dormir, mañana cogeré el avión que me lleva a Bcn y el día pasará sin haberlo querido, de un sitio a otro compartiendo las horas previas con los amigos del club y otros más que espero ver por allí.
Atrás han quedado muchos dias de entrenamiento que seguro que darán buenos resultados. Me perdonaréis por no haberlos compartido, tal y como un día me pedía Carlos, pero creo que aburrían, me aburrían incluso a mí.
Me ha parecido duro. He entrenado como para bajar de 3 horas, lo sé. Y si no intento esta empresa es porque me falta una condición indispensable para tal hazaña, que es haber acabado uno previamente. Pero los rodajes largos los he ajustado a un ritmo asequible, creo, que es el 4´45 por kilómetro, que debe dar un resultado de 3 horas 20 minutos. Suficientemente bien para un neófito, ¿No? Con eso me daría por más que satisfecho.
Y como en todo entrenamiento ha habido rodajes largos, duros y penosos. Los mejores fueron siempre con los compañeros del Club Boston. Los más insoportables, sólo.
Series cortas, muy agradecidas porque siempre eran mas lentas que las que hago habitualmente preparando el 10k. Pero más cantidad y menos recuperación.
Series largas, larguísimas de 1000, 1500, 2000, 3000, 4000 (o más bien un bosque a ritmo controlado) y 6000. En todas estas me exprimí un poco más, quizá por la reticencia a perder una pizca de la poca punta de velocidad que me ha quedado este último y lamentable año.
Ha habido dolores en las lumbares, en el tendón izquierdo, como no, de cabeza, de estómago, una señora contractura en la espalda que me dejo el cuello rígido durante un par de semanas. Viajes de trabajo que conllevaban entrenamientos a las 5 de la madrugada allá donde me pillase, como aquel que ahora me viene a la mente por la Isla de Arousa en medio de un temporal que daba pánico. Otros más agradecidos como una tarde casi primaveral por las cuestas del Montjuïc, en Alicante, etc… Y todo esto no hace más que reforzarme en la idea de que yo también venceré al Maratón. Y con él al calor, a la humedad. Yo puedo. Sé que puedo y no me defraudaré.
Ahora no tengo más que descansar y esperar y en las horas que quedan pasar un buen rato con mis amigos y con mi mujer, que me mira como diciendo ¿Por qué no me dice nada de la carrera? ¡Con lo charlatán y pesado que se suele poner!
Pues será el miedo a lo desconocido. O el respeto, mejor dicho.
En las situaciones comprometidas siempre es mejor templar el nervio y no demostrar nunca tu punto debil, porque ese el flanco a golpear. Como a mi siempre me ha costado un trabajo horrible no mostrarme tal como soy, prefiero aplicarme solo el primer punto y apretar los dientes para que el golpe duela lo menos posible.
Dicen los expertos que a partir del km. 35 está lleno de golpes bajos. Estaré preparado y os lo contaré la semana que viene, cuando todo haya quedado en un bonito recuerdo.
Los hechos
¿Cual es el momento soñado?
¿Cual es el momento que has perseguido durante tantos días, tantos sacrificios?
¿Estar en la salida perfectamente sano? Estar.
¿Sentir el calor de la gente con tus mismos miedos y angustias? Sentir.
¿Tener el apoyo de los tuyos antes de entrar en el cajón de salida? ¿Durante el recorrido? ¿En el último momento? Tocar.
¿O cruzar la línea de meta?
¿Cuándo cruzas exactamente la línea de meta? ¿Cuándo te sientes más feliz de lo realizado? ¿En ese momento?
No lo tengo tan claro. Pero esto es una historia diferente. Ya partió diferente y así sigue. Las sensaciones desde un principio parecen más las de un analista que las de un mediocre corredor. Creo que me he tomado el Maratón con un desproporcionado respeto que me ha hecho observarme a mi mismo como un conejillo de indias privándome concienzudamente de unas sensaciones que de otra forma resultan normales. Eso ha generado a una ausencia total de nervios, una inexistencia del temido muro y una alegría contenida que llevo atravesada en el garganta que me impide llorar de emoción. No ha salido y me escuece, me ahoga. Me lo merecía y no se produjo.
Por el contrario me llevó al éxito, si de acabarlo se trataba. Con una precisión casi exacta. Desde el primer entrenamiento funcionó como un reloj y el día “D” no fue de otra manera. 3h.20´ era la marca perseguida en el mejor de los casos. 3h.22´30´´ fue lo cosechado, pasando de un ritmo previsto de 4´45 el km a otro de 4´48, quizá debido al calor y a la humedad. Creo que hablábamos de más de 22 grados y 80 % de humedad, pero no me hagáis mucho caso porque tampoco me importó nada.
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Cinco minutos faltan para la salida y Alfonso, Digi y yo nos miramos nerviosos, nos intentamos transmitir confianza con nuestros gestos, comentarios, escuchamos y observamos el ambiente con una sonrisa perdida en mil pensamientos parecidos, diferentes. El gentío es enorme, atronador. Los corredores saltan, deambulan, se colocan y recolocan todos sus abalorios y cachivaches una y mil veces. Dos minutos. Nos deseamos suerte, ya nada impedirá nuestra aventura y el murmullo se hace insoportable. En este instante haces acopio de fuerzas, rememoras todo lo realizado para poder estar ahí, en tu primer maratón, y te acongoja la responsabilidad. Alfonso y Digi son los únicos conocidos que te acompañan en la aventura y… ¡Allá vamos!
Como en todas las carreras multitudinarias la salida es lenta, atropellada, imposible de coger un ritmo y una línea recta que te acople a tu paso deseado, pero esto es tan largo que da igual, en poco nos acomodaremos y mientras nos mantengamos juntos me sentiré bien. Una vez más me repito: ¡Sólo tienes que acabar!
El juego de kilómetros se sucede tranquilo, jamás se me había hecho tan corto y tan ameno. Llevaba un estudiado y meticuloso paso kilométrico y me hacia gracia ver como se producía con exactitud, salvo en el primero, claro. Hablábamos, nos animábamos, todo iba bien, pero mi cuerpo rebosaba líquidos. Sé que mejor pecar de exceso que de ausencia y más con ese calor, así que mientras tenga energías mejor ahora que después. Creo que fue en el km. 4, me aparté a un lado y solucioné el problema. Me angustiaba ver como desaparecía más rápido de lo que esperaba la larga figura de Alfonso, pero una vez incorporado a la carrera tardé bastante menos de lo que imaginaba en cogerlos, y tampoco subí mucho el ritmo. Bien, todo bien entonces.
El kilómetro 10 por la Gran Via de las Corts pasó en 47´40, que significaba un ritmo de 4´46´. Mejor imposible, iba calcado al perseguido 4´45, pero quizá estaba implicando sin darme cuenta a que mis compañeros corriesen por encima de sus expectativas, aunque tampoco era momento para ponerse a hablar de ello, cada uno sabía lo que tenía que hacer y los dos ya tienen experiencia previa. Hablamos antes de la salida que nos mantendríamos juntos mientras fuese viable y que salvo caso de emergencia (Salud, se entiende) ninguno nos pararíamos con nadie. Así que llegué a la conclusión de que hacíamos lo correcto, porque nuestras expectativas eran muy parecidas.
Más o menos por este punto piensas que puedes hacerlo más rápido, no te controles tanto, date cera, por el contrario los miedos se hacen mayores, como por ejemplo esos calambrillos en los dedos de los pies de los que hablaba en anteriores dias, aparecieron por el 11 o 12. Pero, ¡Si no suelen aparecer hasta la hora y media! ¡Pues lo voy a pasar de pena! ¿Me dejarán acabar las casi tres horas que faltan? No, seguro que no. Vuelvo a la carrera y pienso que esas cosas conducen al error, me alegro de llevar un paso firme y seguro a meta, el exceso en estos momentos me vaciaría o me castigaría innecesariamente. Todavía falta mucho.
En el 14 debe ser que no he sudado lo suficiente, y además en el 5 y el 10 no desprecié ni agua, ni esponjas ni isotónicos, por lo que el exceso de líquidos vuelve a castigarme. Como no estoy por la labor de pasarlo peor de lo que aún me falta por sufrir, decido volver a parar y comprobar como corre el tiempo y la gente mientras solucionas esos inconvenientes. - ¡No tengo remedio!, me digo. Vuelvo a la carrera y esta ocasión prefiero tardar más en coger a mis compañeros pues el 14 es el 14 y aunque entero el cuerpo ya no es el mismo. Dicen que los primeros 25 te los haces sin sentir, que la gente te lleva en brazos. ¡Mentira! Hay que correrlos, como estas fuerte, los haces sin rechistar, pero hay que correrlos y cuentan, ¡Claro que cuentan! La prueba está en que coger a mis compañeros me costó kilómetro y medio y antes sólo 800 metros.
Pasamos por la impresionante Sagrada Familia que, imponente, nos saluda a los corredores y la gente que allí se aglutina nos anima y nos despide por la calle Mallorca hacia la zona más alejada del clamor popular. La Avenida Meridiana y el paso por el Puente de Calatrava es prácticamente inhóspito, pero todavía queda un oasis en la Plaza de las Glorias Catalanas, en la Torre Agbar el gentío es mucho mayor.
El paso por la Media a 1h. 41´27 supone un ritmo de 4´49´´, un poco de despiste, quizá por la subida de El Paseo de Gracia, del Paseo de San Joan, de la Avda Meridiana. Sí, sin duda hemos estado subiendo un buen rato en este último 10k, pero aún así me agobia ver que me alejo de la ya nada escondida pretensión de 3h.20´, aquí nos encontramos con Víctor y Nacho, más compañeros del Club, que han decidido acompañarnos la segunda mitad cargando con plátanos y haciendo los avituallamientos de líquidos para que nada nos moleste ni nos distraiga. Aquí la conversación prácticamente ha desaparecido por completo, sólo contestamos a lo que los nuevos nos preguntan. Yo dudo en poner tierra de por medio o esperar al km. 25 para ver que pasa. Decido continuar con ellos, al menos un rato más, la segunda media no es como la primera, creo, debe costar más trabajo. Seguro que cuesta mucho más trabajo. Espera. Aquí estás bien.
Un momento de duda. Un arranque de soberbia. Un segundo incontrolado. Miro hacia detrás y veo que llevo dos metros de diferencia a mis cuatro amigos.
-¡Ahora!
-Por qué?
- Por que necesitas saber que es la soledad del Maratón. Por que no sería completo si no pruebas qué es ir sólo.
- De acuerdo, tienes razón.
Miro de nuevo hacia detrás y sin despedirme, porque parece que la situación obligaba a hacerlo, me alejo de mis compañeros. No hubo ni una sola palabra, al menos que yo escuchase, quizá sabían que ese momento se produciría. Yo no lo tenía tan claro, pero quería experimentar la soledad mejor por delante que por detrás. Si algo fallaba siempre me podrían recoger. He hecho bien.
Estoy en el 23. Si lo hago adrede no me sale mejor, Si quería experimentar la soledad es el momento idóneo porque transcurrimos por la zona más vacía del Maratón, más aún que la anterior. El final de la Gran Via y la bajada por la Rambla Prim la recuerdo vacía. O a lo mejor es que no me fijé bien. Supongo que ensimismado por la audacia de estar ahora sin más compañía que los anónimos corredores que transitan a mi lado, pienso y pienso y no veo nada. No veo nadie. Veo mis entrenamientos por el bosque, mis series, mis piernas moverse, mi figura desplazarse. Visualizo todo eso y me da fuerza, apenas distingo los puntos kilométricos para picar los parciales. La revuelta de la Diagonal me entretiene intentando buscar a mis antiguos acompañantes, pero por supuesto que no veo nada. Las primeras víctimas hacen su aparición. Gente que ha pasado de correr a andar, con ese paso triste del corredor vacio, extenuado y sin fuerzas del que se sabe aun muy lejos de la meta y alberga pocas esperanzas de llegar. Todavía tengo energías para animarlos, aplaudirlos, eso también me anima a mi, por ser tan afortunado de encontrarme fuerte.
¿Fuerte? ¿Estoy fuerte? Km .28 y km. 29. Hasta aquí sé lo que es un entrenamiento, por lo que a tiempo en carrera se refiere. Llevo 2h. 14´ y 2h. 18´ respectivamente. Ahora toca descubrir que hay detrás del km 30. Una de las experiencias se trataba de esto: Descubrir que hay tras el umbral del km. 30. A partir de aquí es nuevo para mi.
Pero a partir de este punto, como adivinando que puede ser mi punto fatídico, me esperaba mi apoyo. Víctor, que apareció en el 21 se quedó con Digi. Nacho con Alfonso y en el 30 la visión de Pili, mi mujer, me valió por todo lo recorrido hasta el momento. Su ánimo, su sonrisa, su entusiasmo me envolvió y me reconfortó. ¡Que tontería, ¿Verdad?! Pero los que habéis pasado por esta experiencia sabéis que es así, que un apoyo en un determinado momento vale su peso en oro y más si procede de la persona más querida. También sería injusto no decir que gracias a Jose “Numancia”, que me acompañó hasta el final, no sé que habría pasado. Después de finalizar su 10k realizando marca personal, se presentó en este punto con la sola intención de acompañarme en el último tramo del Maratón, de estar a mi lado en el muro, de cuidarme y mimarme hasta lo indescriptible.
- ¿Cómo vas campeón? Venga, de lujo, que vas muy bien de tiempo. ¿Quieres comer algo? Llevo plátanos. Yo te cojo agua, ábrete al lado contrario para que no te entorpezcan…
Yo solo tenía que pedir, él me daba. Agua, plátano (que la mitad de uno en esos momentos te sabe a gloria), isotónicos. Me indicaba por donde pasar. Iba avisando a los corredores próximos para que supieran que iban a ser rebasados. Me animaba constantemente. Increíble. Impagable. Creo que la emoción que sentía él al saber que estaba compartiendo conmigo mi primera Maratón era casi mayor que la mia, pero esto no era nuevo, ya me lo dejó ver en las semanas anteriores, aunque no me di cuenta hasta ese momento.
Por otro lado la factura se presentaba inmediatamente después de los postres, casi sin tomar el café. En el 32 caí en la cuenta de dolor creciente que llevaba en los aductores, no era insufrible pero si muy molesto, sobre todo cuando estas harto de correr. Pasé por la Avda del Litoral convencido de mi resistencia al calor. Allí donde la temperatura se hacía insoportable, la humedad más tenaz y la visión de la playa y el mar, lejos de aliviar castigaba la psiquis, me armé de valor y me demostré que mis flirteos y guiños con los días soleados no me los he inventado. Ví como cada vez más eran los apostados a los lados del recorrido, sufriendo las consecuencias de estas condiciones y lamentando su sufrimiento me confié a mi mismo. Empezaba a pensar que podía, pero todavía faltaba El Muro. ¿Dónde empieza exactamente? ¿Es físico o es consecuencia de los kilómetros previos? Yo particularmente lo fijé en le 35, si llegado aquí no presentaba síntomas de deshidratación, de lesión grave o cansancio extremo, acabaría el Maratón. Pero no llegó. No hubo Muro. Pasamos el Parque de la Ciudadela fastidiándome el cambio de asfalto a tierra. Ésta era muy alisada, pero me dio terror que un simple desnivel me torciera un tobillo, ya muy debilitados. ¡A mi! ¡Que no me los he chascado ni a propósito cuando he correteado por la noche entre los árboles de la Casa de Campo! Y ahora deseaba volver a pisar asfalto. Duró poco y enseguida nos bañamos en el mejor clamor de gente de toda la carrera: Plaza de Cataluña, Via Layetana, Ferran, Plaza de Sant Jaume… Gente y más gente, ahora todo ánimo es poco. Se necesita. Nunca lo he necesitado tanto.
El momento crítico llega en la Avda del Paralelo, en el km 39 donde tomo conciencia del tremendo dolor de aductores. Me da coraje y más fuerza puesto que oigo, o creo oir, el clamor del Pso María Cristina, lugar de meta, pero no puedo cambiar, solo mantener a duras penas un paso de 4´47 a 4´50 que mantuve desde que se unió a mi Jose “Numancia”, el cual no paraba de repetirme:
-¡Los vas clavando, máquina! Venga, venga, no paras de pasar gente.
Pero no podía más, quise maquillar un resultado que me alejaba por poco de las 3h.20´ pero sólo podía seguir “clavando” ese ritmo. En el 40 un nuevo aliento y esta vez de lujo. Miguel Ángel, nuestro querido presidente del club, venía a mi encuentro, bueno al encuentro del primero de los tres que hubiese pasado por allí, y se unió con renovados gritos y ánimos a Jose. Me llevaron prácticamente en volandas hasta meta. El último 400 fué de renovado y falso entusiasmo para recorrerlos en 4´05 ese kilometro y 195 metros.
No ví a nadie, por mucho que me dijeron en que curva estaban, sólo sé que desde mi propia nube veía el arco de meta majestuoso, saludándome como nuevo en la estirpe de los maratonianos, que el crono que marcaba en ese instante era insignificante, que me había enganchado para siempre por mucho que en ese momento lo negase, que mi capacidad de sufrimiento me regalaba lo que a otros muchos ya había hecho anteriormente:
Cruzar la línea de meta del Maratón.
Me lo regalé a mi mismo. Yo era el culpable de haberlo hecho. Mi inconsciencia y yo. Muchos estaban detrás de este logro entre los que destacan, sobre todos los demás, Pilar, mi mujer, mi compañera, mi amiga, que siempre ha creído en mi y en todo lo que hiciese, y mi padre que en otro tiempo me llevaba a las carreras ciclistas cuando era un adolescente y en este día de culminación competitiva, en lo que a atletismo popular se refiere, le eché en falta.
Pero era mi maratón, mi reto, mi deuda y me la he cobrado.
El tiempo 3h 22´30 como ya sabéis.
Los parciales estos :
- km 10: 4740´´ a 4´46´´
- km. 21´097: 1h.41´27 a 4´49´´
- km 31: 2h 28´30 a 4´47´´
- La segunda Media en 1h.41´03´´ = 24 segundos mejor que la primera, desechando décimas y centésimas para este calculo aproximado.
Es para estar satisfecho. Yo lo estoy y creo que repetiré, no sé con que objetivo, pero repetiré. La experiencia vale la pena, aun a pesar de tanto sufrimiento.
Epílogo:
Al día siguiente, cuando todos tus allegados te han hecho sentir rey por un día, cuando estás que te sales por tu hazaña, cuando te quedan ganas de sonreir aun a pesar de los múltiples dolores que aquejan tu cuerpo, vuelves a la rutina. Y en ella están tu entorno habitual, tus compañeros de trabajo que nada entienden de lo que has hecho durante estos últimos tres meses y has culminado unas horas antes.
Te ven aparecer con una rotunda y visible cojera y se ríen. Te preguntan que tal fue con esas preguntas que carecen de sentido, pero que agradeces, porque demuestran un mínimo interés:
- ¿Cómo has quedado?
- ¿Has terminado?
- ¿Qué tiempo has hecho?
- ¿Qué puesto has hecho?
- ¿Y el que ha ganado que tiempo ha hecho?
Todo va bien hasta que respondes a la última pregunta. Aquí toman conciencia de tu resultado y se les antoja vano ,inútil y absurdo. No aciertan a comprender como somos capaces de esforzarnos tanto para nada, que sacamos de esto, preguntan. Y no les vale con lo del espíritu de superación, salud, porque te echan un vistazo a tu cara de pollo enfermo, delgado, ojeroso y con una cojera ridícula, eso si no te has traído contigo alguna nueva lesión o dolencia más grave.
- Os admiro, pero estáis locos. 42 kilómetros corriendo y en poco más de tres horas. Estáis locos.
Lo sabemos y nos enorgullece.
Madrid, a 6 de Marzo de 2007.
Rodaje Nocturno (por Mildo)
Hoy, como últimamente viene siendo costumbre, salgo sobre las 19:30 horas dispuesto a hacer un rodaje de los del martes, esto es, progresivo, según mi entrenamiento chusquero, de esos que me marco desde hace ya no sé cuanto tiempo.
El caso es que tengo un recorrido fijado para cuando no hay luz, es decir, para las tardes de invierno. Un recorrido que bordea la Tapia de la Casa de Campo pero por dentro, por la zona de los chalés de Somosaguas y que luego se dirige hacia la pista de atletismo de Valle de las Cañas, la de Pozuelo. Bien, pues a esas horas el cielo estaba lleno de nubes rojizas, que le daba una extraña iluminación a la noche, así que ni corto ni perezoso me he adentrado por la Casa de Campo pegado a la Tapia, con la intención de hacer el tramo que va desde la entrada de la Puerta de Rodajos hasta la de Somosaguas. Un trocito de poco más de un kilómetro, vaya, para luego reanudar la marcha tal y como describía antes.
Una vez en el camino tantas veces recorrido por estos pies, lo cierto es que se veía suficientemente, quizá porque acababa de anochecer, quizá por el reflejo de las luces de la ciudad sobre las nubes rojizas que tapizaban el cielo, a veces por la iluminación de los propios chalés, pero el caso es que le daba un aspecto fantasmagórico al trazado.
Los árboles, en la lejanía, parecían moverse a mi paso, escondiéndose unos tras otros según me acercaba o me alejaba. Mi propio jadeo resonaba diferente, dándole al paisaje un aire más angustioso, a veces lo tupido de las copas de los árboles oscurecían del todo el camino y el frío se hacia sentir con toda su intensidad.
Lo mejor es que al llegar a la curva esa donde comienzan unos toboganes, abandonando la pista paralela a la Tapia y el domingo pasado se armó el Belén, (siempre que vamos en grupo nos atacamos en ese punto) algo me ha hecho girar a la derecha y adentrarme en la oscuridad más absoluta con la esperanza de seguir con esa tenue iluminación que me empujaba a disfrutar de la noche y de la Casa de Campo (CdC) de una forma que hasta ahora desconocía.
Como en los cuentos infantiles, los árboles cobraban formas con brazos, que la poca luz existente hacia parecer que se movían. Pero mientras el ancho del camino se mantuviese vería lo suficiente como para no fastidiarme un tobillo y quedar a merced de los mil y un peligros que desde la vegetación me acechaban.
Claro, no podía ser tan estupendo todo. Ha llegado un momento en el que no veía un burro a tres pasos y reduciendo el ritmo he llegado hasta la pista de asfalto que está siempre cortada y llega hasta la Puerta de Somosaguas. Todo subida, pero abierta y suficientemente iluminada. Mis tobillos ya habían jugado lo suficiente a la ruleta rusa.
A mitad de camino hay una pequeña fuente, quizá unas de las pocas que existen en este magnífico parque de las cuales no he probado nunca ni gota de agua. Y yo, valiente de mi, aguerrido marine curtido en mil y una batallas, marchaba presto y triunfante, motivado por mi hazaña nocturna, tarareando el “Thriller” de Michael Jackson, para dar más empaque al asunto (no, esto último es broma, que luego podéis pensar que me lo he inventado) cuando se me heló la sangre.
Esta vez iba en serio. Después de haber ululado yo mismo entre árboles, sintiéndome el rey de la oscuridad, el maligno, tocado por una fuerza oscura que me hacía correr seguro y poderoso entre la penumbra, aún a riesgo de romperme la crisma, pero con la certeza de que el amo del camino era yo, el dueño del misterio de la oscuridad era yo, ahora, casi me muero del susto. Ante mí, en esa fuente solitaria, hay un banquito. Y en ese banquito se hallaba una figura de un hombre sentado, con la cabeza ladeada, invisible tras un gorro de solapas tipo safari, un chaquetón oscuro y las manos entrelazadas sobre las piernas con unos guantes también oscuros. Todo era muy oscuro, joder, ¡Demasiado! Casi me da algo, cuando de detrás de él se incorpora un perro de grandes dimensiones que resultó ser un labrador color marrón y aspecto mansote, pero al levantarse se me antojó el mismísimo Cerberus, guardián de las puertas del infierno.
Como uno debe ser que nació para héroe, encorsetado en un pellejo débil y cochambroso como el que tengo, en vez de huir como alma que lleva el diablo, ni corto ni perezoso, sin dudarlo, me dirigí a ese hombre a saciar mi duda, más que nada porque no eran horas de estar tomando el fresco en un banquito alejado de la manos Dios. La curiosidad es la que mata a la chica en las películas de miedo, pensaba. Pero bueno…
El hombre de unos cuarenta y largos, más o menos, no reaccionó a mi tímida pregunta de si se encontraba bien. Cuando me dirigía a buscarle el pulso mientras volvía a preguntarle por segunda vez, abrió los ojos y se asustó al verme. ¡¡La madre que lo parió!! Dije. A mi también me asustó. Que le vamos a hacer.
Que qué hora era. Que quien era yo. Que donde estaba su perro…
En fin, que dando una vuelta, como siempre, se sentó hacía unos 20 minutos, mientras su perro hacía sus cosas, y se quedó dormido.
- Pero ¿Cómo es posible que usted se haya dormido con el frío que hace, así tan campante?
- Padezco narcolepsia. Fue su respuesta.
Yo tenía un compañero que no podía realizar su trabajo en condiciones porque padecía la misma enfermedad. ¡Se dormía en los semáforos! ¡Incluso en las emergencias! Desde entonces está en oficinas. Le llamamos Gusi-Luz.
La crueldad con Gusi, aunque fuese en broma, me ha sido devuelta con la misma moneda. El susto aún me dura.
A unos 100 metros está la Puerta de Somosaguas. Me aseguré medio escondido, por no decir que escondido del todo, que este incauto tío, que podía haberse quedado helado allí dormido, entraba al menos hacia su chalet, casa o siquiera su coche y se fuese con su perro a dormirse a otra parte donde yo no me sintiese su ángel de la guardia.
Diez minutos debieron pasar en total cuando seguí mi marcha, ya por asfalto, entre coches y a la luz de las farolas. Cualquier día de estos repetiré recorrido.
La oscuridad de la Casa de Campo me ha atrapado, como atrapado me tiene el día. Sus caminos, siendo los mismos, dicen distintas cosas que por las mañanas. Tienen secretos que poco a poco os iré contando.
Buenas noches y felices sueños.
El caso es que tengo un recorrido fijado para cuando no hay luz, es decir, para las tardes de invierno. Un recorrido que bordea la Tapia de la Casa de Campo pero por dentro, por la zona de los chalés de Somosaguas y que luego se dirige hacia la pista de atletismo de Valle de las Cañas, la de Pozuelo. Bien, pues a esas horas el cielo estaba lleno de nubes rojizas, que le daba una extraña iluminación a la noche, así que ni corto ni perezoso me he adentrado por la Casa de Campo pegado a la Tapia, con la intención de hacer el tramo que va desde la entrada de la Puerta de Rodajos hasta la de Somosaguas. Un trocito de poco más de un kilómetro, vaya, para luego reanudar la marcha tal y como describía antes.
Una vez en el camino tantas veces recorrido por estos pies, lo cierto es que se veía suficientemente, quizá porque acababa de anochecer, quizá por el reflejo de las luces de la ciudad sobre las nubes rojizas que tapizaban el cielo, a veces por la iluminación de los propios chalés, pero el caso es que le daba un aspecto fantasmagórico al trazado.
Los árboles, en la lejanía, parecían moverse a mi paso, escondiéndose unos tras otros según me acercaba o me alejaba. Mi propio jadeo resonaba diferente, dándole al paisaje un aire más angustioso, a veces lo tupido de las copas de los árboles oscurecían del todo el camino y el frío se hacia sentir con toda su intensidad.
Lo mejor es que al llegar a la curva esa donde comienzan unos toboganes, abandonando la pista paralela a la Tapia y el domingo pasado se armó el Belén, (siempre que vamos en grupo nos atacamos en ese punto) algo me ha hecho girar a la derecha y adentrarme en la oscuridad más absoluta con la esperanza de seguir con esa tenue iluminación que me empujaba a disfrutar de la noche y de la Casa de Campo (CdC) de una forma que hasta ahora desconocía.
Como en los cuentos infantiles, los árboles cobraban formas con brazos, que la poca luz existente hacia parecer que se movían. Pero mientras el ancho del camino se mantuviese vería lo suficiente como para no fastidiarme un tobillo y quedar a merced de los mil y un peligros que desde la vegetación me acechaban.
Claro, no podía ser tan estupendo todo. Ha llegado un momento en el que no veía un burro a tres pasos y reduciendo el ritmo he llegado hasta la pista de asfalto que está siempre cortada y llega hasta la Puerta de Somosaguas. Todo subida, pero abierta y suficientemente iluminada. Mis tobillos ya habían jugado lo suficiente a la ruleta rusa.
A mitad de camino hay una pequeña fuente, quizá unas de las pocas que existen en este magnífico parque de las cuales no he probado nunca ni gota de agua. Y yo, valiente de mi, aguerrido marine curtido en mil y una batallas, marchaba presto y triunfante, motivado por mi hazaña nocturna, tarareando el “Thriller” de Michael Jackson, para dar más empaque al asunto (no, esto último es broma, que luego podéis pensar que me lo he inventado) cuando se me heló la sangre.
Esta vez iba en serio. Después de haber ululado yo mismo entre árboles, sintiéndome el rey de la oscuridad, el maligno, tocado por una fuerza oscura que me hacía correr seguro y poderoso entre la penumbra, aún a riesgo de romperme la crisma, pero con la certeza de que el amo del camino era yo, el dueño del misterio de la oscuridad era yo, ahora, casi me muero del susto. Ante mí, en esa fuente solitaria, hay un banquito. Y en ese banquito se hallaba una figura de un hombre sentado, con la cabeza ladeada, invisible tras un gorro de solapas tipo safari, un chaquetón oscuro y las manos entrelazadas sobre las piernas con unos guantes también oscuros. Todo era muy oscuro, joder, ¡Demasiado! Casi me da algo, cuando de detrás de él se incorpora un perro de grandes dimensiones que resultó ser un labrador color marrón y aspecto mansote, pero al levantarse se me antojó el mismísimo Cerberus, guardián de las puertas del infierno.
Como uno debe ser que nació para héroe, encorsetado en un pellejo débil y cochambroso como el que tengo, en vez de huir como alma que lleva el diablo, ni corto ni perezoso, sin dudarlo, me dirigí a ese hombre a saciar mi duda, más que nada porque no eran horas de estar tomando el fresco en un banquito alejado de la manos Dios. La curiosidad es la que mata a la chica en las películas de miedo, pensaba. Pero bueno…
El hombre de unos cuarenta y largos, más o menos, no reaccionó a mi tímida pregunta de si se encontraba bien. Cuando me dirigía a buscarle el pulso mientras volvía a preguntarle por segunda vez, abrió los ojos y se asustó al verme. ¡¡La madre que lo parió!! Dije. A mi también me asustó. Que le vamos a hacer.
Que qué hora era. Que quien era yo. Que donde estaba su perro…
En fin, que dando una vuelta, como siempre, se sentó hacía unos 20 minutos, mientras su perro hacía sus cosas, y se quedó dormido.
- Pero ¿Cómo es posible que usted se haya dormido con el frío que hace, así tan campante?
- Padezco narcolepsia. Fue su respuesta.
Yo tenía un compañero que no podía realizar su trabajo en condiciones porque padecía la misma enfermedad. ¡Se dormía en los semáforos! ¡Incluso en las emergencias! Desde entonces está en oficinas. Le llamamos Gusi-Luz.
La crueldad con Gusi, aunque fuese en broma, me ha sido devuelta con la misma moneda. El susto aún me dura.
A unos 100 metros está la Puerta de Somosaguas. Me aseguré medio escondido, por no decir que escondido del todo, que este incauto tío, que podía haberse quedado helado allí dormido, entraba al menos hacia su chalet, casa o siquiera su coche y se fuese con su perro a dormirse a otra parte donde yo no me sintiese su ángel de la guardia.
Diez minutos debieron pasar en total cuando seguí mi marcha, ya por asfalto, entre coches y a la luz de las farolas. Cualquier día de estos repetiré recorrido.
La oscuridad de la Casa de Campo me ha atrapado, como atrapado me tiene el día. Sus caminos, siendo los mismos, dicen distintas cosas que por las mañanas. Tienen secretos que poco a poco os iré contando.
Buenas noches y felices sueños.
Ciclista o Corredor (por Mildo)
Hubo un tiempo, cuando era un niño, en el que pensaba que la etapa del día de la Vuelta Ciclista a España duraba lo que duraba el resumen. Que dicho resumen no era mas que la retransmisión en directo de lo que ocurría y que por eso corrían tanto, porque no era mas que una especie de sprint de unos doce minutos, en el que se sucedían las metas volantes, subidas, bajadas, caídas, sprints especiales y la llegada. Todo así de rápido y hasta mañana. Luego, en mi magnífica colección de chapas, yo era Fuente "el tarangu" y con mi gorra del Kas bien calada y con la visera hacia arriba, como buen profesional, subía los puertos riéndome de Mercks, Pesarrodona, Van Impe, Ocaña, etc. Era el mejor, y mi padre lo sabía, pues él había sufrido en sus carnes las penurias de un ciclismo de la posguerra, en el que por sus propios medios, muy pocos, una bicicleta de hierro y con mas ilusión que nada, se lanzaba por unas maltrechas carreteras a por un futuro que no llegaba por mas carreras que disputase. El ciclismo era cosa de cuatro, y entre ellos no estaba Ginés "el gafas". Poco a poco, según fui creciendo, me hablaba de tal o cual corredor, veíamos juntos los resúmenes de la Vuelta y a veces jugaba conmigo a las chapas. Él era muy malo, pero me hizo una colección de chapas inigualables. Todas limadas exactamente iguales, con la foto en el interior de todos mis corredores favoritos, y por encima un cristal limado por los cantos, que entraba justo y a presión encima de la foto, dándole mas vistosidad y a la vez velocidad, pues pesaba mas que las normales. ¡De lujo! De vez en cuando, algunos fines de semana íbamos a Colmenarejo, entonces un pequeño pueblo de la sierra madrileña, en la carretera de El Escorial, donde alrededor se edificaban unos pocos chalés, entre ellos los de mis primos. El de ellos se levantaba en una colonia a las afueras de Colmenarejo, en una extensión de terreno que limitaba con un interminable campo que separaba esta población de Valdemorillo, Villanueva del Pardillo y Villanueva de la Cañada, ahora esta casi todo unido por numerosas e interminables urbanizaciones, tantas que casi no sabes donde empieza una y acaba otra. Allí hice amistades que perduraron durante muchos años y con los que durante mi infancia descubrí, sin querer, la pasión por la carrera. Tal y como empiezo mi relato, yo era un ciclista en ciernes, pero por entonces faltaba lo mas esencial: la bicicleta. Con las chapas saciaba mi necesidad, pero los fines de semana y no digamos un completo verano en el pueblo me recordaron que necesitaba una bici de verdad, eso también lo sabía mi padre, pero bueno, había que esperar un poco. Quizá la anécdota de esta historia fuese que mientras Andy, Jose, Miguel Ángel, Javi Ventura y algún otro pedaleaban por los sinuosos caminos de tierra de estos campos, yo les seguía ¡a pie!, corriendo, sin tregua, ni descanso, cuesta arriba y, ¡buf!, lo peor, también cuesta abajo, pues mientras a los demás les servía de descanso, yo por mas que apretase, les perdía y cada vez me costaba mas recuperar el terreno cedido. Es verdad que a veces miraban hacia detrás y si me veían muy lejos aflojaban y me esperaban hasta que les cogía y seguíamos, no pasaba nada. Nunca hubo una burla, un desprecio, una queja. Nadie dijo una palabra de aliento ni de reproche. Éramos niños y ciertas cosas no tenían importancia, el caso era llegar al punto previsto, explorar los límites de aquel campo inacabable, sin importar quien tenía mejor bici o peor. O quien no la tenía. Éramos exploradores. Un día, ahora pienso que su orgullo pudo mas que nuestra inocencia, mi padre saco de la manga y de un esfuerzo extra una bicicleta nueva para su campeón en ciernes. ¡Una Rabasa Derby naranja nuevecita para mi solo! Ahora sería "el tarangu" de verdad, ahora yo era mi mejor chapa. Y vinieron mas fines de semana y mas veranos y las excursiones eran cada vez mas largas y por los caminos yo jugaba en secreto, para mis adentros, a que estábamos en una etapa del Tour, éramos Hinault, Fignon, Arroyo, Delgado, Pascal Simón, etc. y al final yo ganaba, pero de esto mis amigos no se enteraban, yo imaginaba y punto. Las excursiones eran lo que menos me interesaba, yo competía. Y competí. Con catorce años empecé a competir, con bici de carreras, chichonera, rastrales, maillots de lana y acrílico, dos platos y seis piñones. Ya no corría, no iba entre bicicletas a pie, yo era uno mas y de verdad. Ahora en todo caso me seguirían a mí. Eso esperaba mi padre, eso le debía. Nunca me exigió absolutamente nada, el me inculcó su pasión por el ciclismo y yo le correspondí lo mejor que pude. Cada fin de semana me llevaba a tal o cual carrera con mi equipillo de entonces y se metía en el recorrido mil y una veces distintas a animar, aguar, hacer fotos, recoger ropa sobrante, darte un periódico en la cima del puerto para abrigarte en la bajada, a mí y a todo el que se lo pedía. No faltó a ninguna, era como Paco Mir, ese hombre del bigote que siempre sale en la llegada de la Vuelta a España arropando a los corredores en la meta, pero en las categorías inferiores. Con sus inseparables gafas, labio fino y gesto apretado, como dando pedales contigo, y frotándose las manos continuamente, en una especie de tic nervioso, de pura tensión. Pasaron los años, las categorías se sucedieron y después de dejarme la piel, el alma, algunos compañeros muy jóvenes en algún desgraciado accidente, a través de infinidad de kilómetros, viajes, entrenamientos en la mas absoluta soledad, en ese silencio que vivimos los fondistas, esa magia del horizonte que cuanto mas corres hacia el, mas se aleja, esos atardeceres fríos, mañanas lluviosas, tórridos mediodía de verano, todo se acabo. Fue en Septiembre. Me bajé de la bicicleta un domingo de Septiembre para no volver a subir nunca mas. Tenía veintisiete años. Y la carrera de Hinault, Delgado, Fignon, llegó a su fin. Nadie había ganado. Nadie había perdido. Mis amigos de la infancia ya no estaban allí, hasta ahí no habían llegado. Ya no había nadie por quién correr. Me cansé. No lo sé. Terminé la temporada y se acabo. Mi padre no me preguntó por qué, quizá su campeón no lo era tanto y nunca dijo nada. Calló y animó. Pero nunca dijo nada. Había pasado el tiempo, y por alguna razón mi mujer empezó a correr, ¿por qué no te animas a venir un día con nosotras? -decía. -A mi el correr me aburre, es pesado y cansino, no tiene ninguna gracia.- replicaba. El niño de Colmenarejo se revolvió en mis entrañas, y con su lozana sonrisa se calzó unos viejos zapatos infantiles cubiertos de polvo de cien caminos y me acompaño en unos torpes pasos por el Parque de Aluche. Me llevaba de la mano, sonriéndome, mostrándome a la gente correr, sin vergüenza, sin rubor, indiferente a mi paso desaliñado. Un día me enseño como correr entre bicicletas, como adelantarlas en la subida para aventajarlas antes de que llegue la bajada y me di cuenta que siempre fui corredor, siempre, incluso con la bici entre mis piernas, que me gustaba correr, solo eso. Sin más. Y competí. Vinieron muchas carreras después y en cada una corre conmigo un niño que un día conocí en Colmenarejo, de cara afilada y flacucho, sonrisa burlona, ojos castaños, pantalón corto y zapatos polvorientos, que me recuerda que el deporte no es demostrar nada a nadie, sino demostrarte a ti mismo que eres capaz de hacerlo, de mejorar, y de disfrutar haciéndolo. DISFRUTAR. La burla es el arma de los necios. También viene mi mujer, que realmente fue la que me despertó de un largo letargo atlético. Gracias cariño. Y como no, Ginés, mi padre, con sus inseparables gafas, labio fino y gesto apretado, como dando zancadas contigo, y frotándose las manos continuamente, en una especie de tic nervioso, de pura tensión. Sigue dando agua, ánimos, y ayuda en carrera a todo aquel que lo necesite. Nada ha cambiado. Si un día en alguna popular de Madrid, un hombre de unos sesenta y pico años, metro setenta y tres, con gafas, entradas pronunciadas, cámara fotográfica al pecho y anorak rojo os hace una foto sin que os conozca de nada, es Ginés "el gafas", ciclista retirado, aficionado al esfuerzo en soledad de cada corredor, de cada fondista, de cada kilómetro. A pie o en bici. Mi más sincero agradecimiento, papá.
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