lunes, 5 de noviembre de 2007
Ciclista o Corredor (por Mildo)
Hubo un tiempo, cuando era un niño, en el que pensaba que la etapa del día de la Vuelta Ciclista a España duraba lo que duraba el resumen. Que dicho resumen no era mas que la retransmisión en directo de lo que ocurría y que por eso corrían tanto, porque no era mas que una especie de sprint de unos doce minutos, en el que se sucedían las metas volantes, subidas, bajadas, caídas, sprints especiales y la llegada. Todo así de rápido y hasta mañana. Luego, en mi magnífica colección de chapas, yo era Fuente "el tarangu" y con mi gorra del Kas bien calada y con la visera hacia arriba, como buen profesional, subía los puertos riéndome de Mercks, Pesarrodona, Van Impe, Ocaña, etc. Era el mejor, y mi padre lo sabía, pues él había sufrido en sus carnes las penurias de un ciclismo de la posguerra, en el que por sus propios medios, muy pocos, una bicicleta de hierro y con mas ilusión que nada, se lanzaba por unas maltrechas carreteras a por un futuro que no llegaba por mas carreras que disputase. El ciclismo era cosa de cuatro, y entre ellos no estaba Ginés "el gafas". Poco a poco, según fui creciendo, me hablaba de tal o cual corredor, veíamos juntos los resúmenes de la Vuelta y a veces jugaba conmigo a las chapas. Él era muy malo, pero me hizo una colección de chapas inigualables. Todas limadas exactamente iguales, con la foto en el interior de todos mis corredores favoritos, y por encima un cristal limado por los cantos, que entraba justo y a presión encima de la foto, dándole mas vistosidad y a la vez velocidad, pues pesaba mas que las normales. ¡De lujo! De vez en cuando, algunos fines de semana íbamos a Colmenarejo, entonces un pequeño pueblo de la sierra madrileña, en la carretera de El Escorial, donde alrededor se edificaban unos pocos chalés, entre ellos los de mis primos. El de ellos se levantaba en una colonia a las afueras de Colmenarejo, en una extensión de terreno que limitaba con un interminable campo que separaba esta población de Valdemorillo, Villanueva del Pardillo y Villanueva de la Cañada, ahora esta casi todo unido por numerosas e interminables urbanizaciones, tantas que casi no sabes donde empieza una y acaba otra. Allí hice amistades que perduraron durante muchos años y con los que durante mi infancia descubrí, sin querer, la pasión por la carrera. Tal y como empiezo mi relato, yo era un ciclista en ciernes, pero por entonces faltaba lo mas esencial: la bicicleta. Con las chapas saciaba mi necesidad, pero los fines de semana y no digamos un completo verano en el pueblo me recordaron que necesitaba una bici de verdad, eso también lo sabía mi padre, pero bueno, había que esperar un poco. Quizá la anécdota de esta historia fuese que mientras Andy, Jose, Miguel Ángel, Javi Ventura y algún otro pedaleaban por los sinuosos caminos de tierra de estos campos, yo les seguía ¡a pie!, corriendo, sin tregua, ni descanso, cuesta arriba y, ¡buf!, lo peor, también cuesta abajo, pues mientras a los demás les servía de descanso, yo por mas que apretase, les perdía y cada vez me costaba mas recuperar el terreno cedido. Es verdad que a veces miraban hacia detrás y si me veían muy lejos aflojaban y me esperaban hasta que les cogía y seguíamos, no pasaba nada. Nunca hubo una burla, un desprecio, una queja. Nadie dijo una palabra de aliento ni de reproche. Éramos niños y ciertas cosas no tenían importancia, el caso era llegar al punto previsto, explorar los límites de aquel campo inacabable, sin importar quien tenía mejor bici o peor. O quien no la tenía. Éramos exploradores. Un día, ahora pienso que su orgullo pudo mas que nuestra inocencia, mi padre saco de la manga y de un esfuerzo extra una bicicleta nueva para su campeón en ciernes. ¡Una Rabasa Derby naranja nuevecita para mi solo! Ahora sería "el tarangu" de verdad, ahora yo era mi mejor chapa. Y vinieron mas fines de semana y mas veranos y las excursiones eran cada vez mas largas y por los caminos yo jugaba en secreto, para mis adentros, a que estábamos en una etapa del Tour, éramos Hinault, Fignon, Arroyo, Delgado, Pascal Simón, etc. y al final yo ganaba, pero de esto mis amigos no se enteraban, yo imaginaba y punto. Las excursiones eran lo que menos me interesaba, yo competía. Y competí. Con catorce años empecé a competir, con bici de carreras, chichonera, rastrales, maillots de lana y acrílico, dos platos y seis piñones. Ya no corría, no iba entre bicicletas a pie, yo era uno mas y de verdad. Ahora en todo caso me seguirían a mí. Eso esperaba mi padre, eso le debía. Nunca me exigió absolutamente nada, el me inculcó su pasión por el ciclismo y yo le correspondí lo mejor que pude. Cada fin de semana me llevaba a tal o cual carrera con mi equipillo de entonces y se metía en el recorrido mil y una veces distintas a animar, aguar, hacer fotos, recoger ropa sobrante, darte un periódico en la cima del puerto para abrigarte en la bajada, a mí y a todo el que se lo pedía. No faltó a ninguna, era como Paco Mir, ese hombre del bigote que siempre sale en la llegada de la Vuelta a España arropando a los corredores en la meta, pero en las categorías inferiores. Con sus inseparables gafas, labio fino y gesto apretado, como dando pedales contigo, y frotándose las manos continuamente, en una especie de tic nervioso, de pura tensión. Pasaron los años, las categorías se sucedieron y después de dejarme la piel, el alma, algunos compañeros muy jóvenes en algún desgraciado accidente, a través de infinidad de kilómetros, viajes, entrenamientos en la mas absoluta soledad, en ese silencio que vivimos los fondistas, esa magia del horizonte que cuanto mas corres hacia el, mas se aleja, esos atardeceres fríos, mañanas lluviosas, tórridos mediodía de verano, todo se acabo. Fue en Septiembre. Me bajé de la bicicleta un domingo de Septiembre para no volver a subir nunca mas. Tenía veintisiete años. Y la carrera de Hinault, Delgado, Fignon, llegó a su fin. Nadie había ganado. Nadie había perdido. Mis amigos de la infancia ya no estaban allí, hasta ahí no habían llegado. Ya no había nadie por quién correr. Me cansé. No lo sé. Terminé la temporada y se acabo. Mi padre no me preguntó por qué, quizá su campeón no lo era tanto y nunca dijo nada. Calló y animó. Pero nunca dijo nada. Había pasado el tiempo, y por alguna razón mi mujer empezó a correr, ¿por qué no te animas a venir un día con nosotras? -decía. -A mi el correr me aburre, es pesado y cansino, no tiene ninguna gracia.- replicaba. El niño de Colmenarejo se revolvió en mis entrañas, y con su lozana sonrisa se calzó unos viejos zapatos infantiles cubiertos de polvo de cien caminos y me acompaño en unos torpes pasos por el Parque de Aluche. Me llevaba de la mano, sonriéndome, mostrándome a la gente correr, sin vergüenza, sin rubor, indiferente a mi paso desaliñado. Un día me enseño como correr entre bicicletas, como adelantarlas en la subida para aventajarlas antes de que llegue la bajada y me di cuenta que siempre fui corredor, siempre, incluso con la bici entre mis piernas, que me gustaba correr, solo eso. Sin más. Y competí. Vinieron muchas carreras después y en cada una corre conmigo un niño que un día conocí en Colmenarejo, de cara afilada y flacucho, sonrisa burlona, ojos castaños, pantalón corto y zapatos polvorientos, que me recuerda que el deporte no es demostrar nada a nadie, sino demostrarte a ti mismo que eres capaz de hacerlo, de mejorar, y de disfrutar haciéndolo. DISFRUTAR. La burla es el arma de los necios. También viene mi mujer, que realmente fue la que me despertó de un largo letargo atlético. Gracias cariño. Y como no, Ginés, mi padre, con sus inseparables gafas, labio fino y gesto apretado, como dando zancadas contigo, y frotándose las manos continuamente, en una especie de tic nervioso, de pura tensión. Sigue dando agua, ánimos, y ayuda en carrera a todo aquel que lo necesite. Nada ha cambiado. Si un día en alguna popular de Madrid, un hombre de unos sesenta y pico años, metro setenta y tres, con gafas, entradas pronunciadas, cámara fotográfica al pecho y anorak rojo os hace una foto sin que os conozca de nada, es Ginés "el gafas", ciclista retirado, aficionado al esfuerzo en soledad de cada corredor, de cada fondista, de cada kilómetro. A pie o en bici. Mi más sincero agradecimiento, papá.
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