Prólogo
Me siento relleno como un pavo.
Tengo el estómago rebosante de pasta, agua, Aquarius, pastillas de glucosa...
¿Es normal que se tengan que hacer estas "barbaridades" o forma parte de un ritual de maratonianos? Práctica transmitida de boca en boca de corredores, ceremonia previa que augura el exito, como si de la danza de la lluvia se tratara. De todos modos no seré yo el que contradiga los consejos de gente altamente experimentada en estas lides, por mucho que me parezca que se exagera. Y más cuando no se tiene ni puñetera idea de lo que se avecina, como es mi caso. Mejor prudencia. Me lo llevo repitiendo desde finales de Noviembre cuando, de repente, sin haberlo premeditado decidí que ya era hora de hacer un Maratón. Y así sigo, cauteloso, sigiloso, meditabundo cada vez que del Maratón me acuerdo, pero tranquilo y confiado en que podré con él. Eso espero.
Ya faltan dos dias, ¡Que digo! Día y medio. Ahora sólo cenar y dormir, mañana cogeré el avión que me lleva a Bcn y el día pasará sin haberlo querido, de un sitio a otro compartiendo las horas previas con los amigos del club y otros más que espero ver por allí.
Atrás han quedado muchos dias de entrenamiento que seguro que darán buenos resultados. Me perdonaréis por no haberlos compartido, tal y como un día me pedía Carlos, pero creo que aburrían, me aburrían incluso a mí.
Me ha parecido duro. He entrenado como para bajar de 3 horas, lo sé. Y si no intento esta empresa es porque me falta una condición indispensable para tal hazaña, que es haber acabado uno previamente. Pero los rodajes largos los he ajustado a un ritmo asequible, creo, que es el 4´45 por kilómetro, que debe dar un resultado de 3 horas 20 minutos. Suficientemente bien para un neófito, ¿No? Con eso me daría por más que satisfecho.
Y como en todo entrenamiento ha habido rodajes largos, duros y penosos. Los mejores fueron siempre con los compañeros del Club Boston. Los más insoportables, sólo.
Series cortas, muy agradecidas porque siempre eran mas lentas que las que hago habitualmente preparando el 10k. Pero más cantidad y menos recuperación.
Series largas, larguísimas de 1000, 1500, 2000, 3000, 4000 (o más bien un bosque a ritmo controlado) y 6000. En todas estas me exprimí un poco más, quizá por la reticencia a perder una pizca de la poca punta de velocidad que me ha quedado este último y lamentable año.
Ha habido dolores en las lumbares, en el tendón izquierdo, como no, de cabeza, de estómago, una señora contractura en la espalda que me dejo el cuello rígido durante un par de semanas. Viajes de trabajo que conllevaban entrenamientos a las 5 de la madrugada allá donde me pillase, como aquel que ahora me viene a la mente por la Isla de Arousa en medio de un temporal que daba pánico. Otros más agradecidos como una tarde casi primaveral por las cuestas del Montjuïc, en Alicante, etc… Y todo esto no hace más que reforzarme en la idea de que yo también venceré al Maratón. Y con él al calor, a la humedad. Yo puedo. Sé que puedo y no me defraudaré.
Ahora no tengo más que descansar y esperar y en las horas que quedan pasar un buen rato con mis amigos y con mi mujer, que me mira como diciendo ¿Por qué no me dice nada de la carrera? ¡Con lo charlatán y pesado que se suele poner!
Pues será el miedo a lo desconocido. O el respeto, mejor dicho.
En las situaciones comprometidas siempre es mejor templar el nervio y no demostrar nunca tu punto debil, porque ese el flanco a golpear. Como a mi siempre me ha costado un trabajo horrible no mostrarme tal como soy, prefiero aplicarme solo el primer punto y apretar los dientes para que el golpe duela lo menos posible.
Dicen los expertos que a partir del km. 35 está lleno de golpes bajos. Estaré preparado y os lo contaré la semana que viene, cuando todo haya quedado en un bonito recuerdo.
Los hechos
¿Cual es el momento soñado?
¿Cual es el momento que has perseguido durante tantos días, tantos sacrificios?
¿Estar en la salida perfectamente sano? Estar.
¿Sentir el calor de la gente con tus mismos miedos y angustias? Sentir.
¿Tener el apoyo de los tuyos antes de entrar en el cajón de salida? ¿Durante el recorrido? ¿En el último momento? Tocar.
¿O cruzar la línea de meta?
¿Cuándo cruzas exactamente la línea de meta? ¿Cuándo te sientes más feliz de lo realizado? ¿En ese momento?
No lo tengo tan claro. Pero esto es una historia diferente. Ya partió diferente y así sigue. Las sensaciones desde un principio parecen más las de un analista que las de un mediocre corredor. Creo que me he tomado el Maratón con un desproporcionado respeto que me ha hecho observarme a mi mismo como un conejillo de indias privándome concienzudamente de unas sensaciones que de otra forma resultan normales. Eso ha generado a una ausencia total de nervios, una inexistencia del temido muro y una alegría contenida que llevo atravesada en el garganta que me impide llorar de emoción. No ha salido y me escuece, me ahoga. Me lo merecía y no se produjo.
Por el contrario me llevó al éxito, si de acabarlo se trataba. Con una precisión casi exacta. Desde el primer entrenamiento funcionó como un reloj y el día “D” no fue de otra manera. 3h.20´ era la marca perseguida en el mejor de los casos. 3h.22´30´´ fue lo cosechado, pasando de un ritmo previsto de 4´45 el km a otro de 4´48, quizá debido al calor y a la humedad. Creo que hablábamos de más de 22 grados y 80 % de humedad, pero no me hagáis mucho caso porque tampoco me importó nada.
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Cinco minutos faltan para la salida y Alfonso, Digi y yo nos miramos nerviosos, nos intentamos transmitir confianza con nuestros gestos, comentarios, escuchamos y observamos el ambiente con una sonrisa perdida en mil pensamientos parecidos, diferentes. El gentío es enorme, atronador. Los corredores saltan, deambulan, se colocan y recolocan todos sus abalorios y cachivaches una y mil veces. Dos minutos. Nos deseamos suerte, ya nada impedirá nuestra aventura y el murmullo se hace insoportable. En este instante haces acopio de fuerzas, rememoras todo lo realizado para poder estar ahí, en tu primer maratón, y te acongoja la responsabilidad. Alfonso y Digi son los únicos conocidos que te acompañan en la aventura y… ¡Allá vamos!
Como en todas las carreras multitudinarias la salida es lenta, atropellada, imposible de coger un ritmo y una línea recta que te acople a tu paso deseado, pero esto es tan largo que da igual, en poco nos acomodaremos y mientras nos mantengamos juntos me sentiré bien. Una vez más me repito: ¡Sólo tienes que acabar!
El juego de kilómetros se sucede tranquilo, jamás se me había hecho tan corto y tan ameno. Llevaba un estudiado y meticuloso paso kilométrico y me hacia gracia ver como se producía con exactitud, salvo en el primero, claro. Hablábamos, nos animábamos, todo iba bien, pero mi cuerpo rebosaba líquidos. Sé que mejor pecar de exceso que de ausencia y más con ese calor, así que mientras tenga energías mejor ahora que después. Creo que fue en el km. 4, me aparté a un lado y solucioné el problema. Me angustiaba ver como desaparecía más rápido de lo que esperaba la larga figura de Alfonso, pero una vez incorporado a la carrera tardé bastante menos de lo que imaginaba en cogerlos, y tampoco subí mucho el ritmo. Bien, todo bien entonces.
El kilómetro 10 por la Gran Via de las Corts pasó en 47´40, que significaba un ritmo de 4´46´. Mejor imposible, iba calcado al perseguido 4´45, pero quizá estaba implicando sin darme cuenta a que mis compañeros corriesen por encima de sus expectativas, aunque tampoco era momento para ponerse a hablar de ello, cada uno sabía lo que tenía que hacer y los dos ya tienen experiencia previa. Hablamos antes de la salida que nos mantendríamos juntos mientras fuese viable y que salvo caso de emergencia (Salud, se entiende) ninguno nos pararíamos con nadie. Así que llegué a la conclusión de que hacíamos lo correcto, porque nuestras expectativas eran muy parecidas.
Más o menos por este punto piensas que puedes hacerlo más rápido, no te controles tanto, date cera, por el contrario los miedos se hacen mayores, como por ejemplo esos calambrillos en los dedos de los pies de los que hablaba en anteriores dias, aparecieron por el 11 o 12. Pero, ¡Si no suelen aparecer hasta la hora y media! ¡Pues lo voy a pasar de pena! ¿Me dejarán acabar las casi tres horas que faltan? No, seguro que no. Vuelvo a la carrera y pienso que esas cosas conducen al error, me alegro de llevar un paso firme y seguro a meta, el exceso en estos momentos me vaciaría o me castigaría innecesariamente. Todavía falta mucho.
En el 14 debe ser que no he sudado lo suficiente, y además en el 5 y el 10 no desprecié ni agua, ni esponjas ni isotónicos, por lo que el exceso de líquidos vuelve a castigarme. Como no estoy por la labor de pasarlo peor de lo que aún me falta por sufrir, decido volver a parar y comprobar como corre el tiempo y la gente mientras solucionas esos inconvenientes. - ¡No tengo remedio!, me digo. Vuelvo a la carrera y esta ocasión prefiero tardar más en coger a mis compañeros pues el 14 es el 14 y aunque entero el cuerpo ya no es el mismo. Dicen que los primeros 25 te los haces sin sentir, que la gente te lleva en brazos. ¡Mentira! Hay que correrlos, como estas fuerte, los haces sin rechistar, pero hay que correrlos y cuentan, ¡Claro que cuentan! La prueba está en que coger a mis compañeros me costó kilómetro y medio y antes sólo 800 metros.
Pasamos por la impresionante Sagrada Familia que, imponente, nos saluda a los corredores y la gente que allí se aglutina nos anima y nos despide por la calle Mallorca hacia la zona más alejada del clamor popular. La Avenida Meridiana y el paso por el Puente de Calatrava es prácticamente inhóspito, pero todavía queda un oasis en la Plaza de las Glorias Catalanas, en la Torre Agbar el gentío es mucho mayor.
El paso por la Media a 1h. 41´27 supone un ritmo de 4´49´´, un poco de despiste, quizá por la subida de El Paseo de Gracia, del Paseo de San Joan, de la Avda Meridiana. Sí, sin duda hemos estado subiendo un buen rato en este último 10k, pero aún así me agobia ver que me alejo de la ya nada escondida pretensión de 3h.20´, aquí nos encontramos con Víctor y Nacho, más compañeros del Club, que han decidido acompañarnos la segunda mitad cargando con plátanos y haciendo los avituallamientos de líquidos para que nada nos moleste ni nos distraiga. Aquí la conversación prácticamente ha desaparecido por completo, sólo contestamos a lo que los nuevos nos preguntan. Yo dudo en poner tierra de por medio o esperar al km. 25 para ver que pasa. Decido continuar con ellos, al menos un rato más, la segunda media no es como la primera, creo, debe costar más trabajo. Seguro que cuesta mucho más trabajo. Espera. Aquí estás bien.
Un momento de duda. Un arranque de soberbia. Un segundo incontrolado. Miro hacia detrás y veo que llevo dos metros de diferencia a mis cuatro amigos.
-¡Ahora!
-Por qué?
- Por que necesitas saber que es la soledad del Maratón. Por que no sería completo si no pruebas qué es ir sólo.
- De acuerdo, tienes razón.
Miro de nuevo hacia detrás y sin despedirme, porque parece que la situación obligaba a hacerlo, me alejo de mis compañeros. No hubo ni una sola palabra, al menos que yo escuchase, quizá sabían que ese momento se produciría. Yo no lo tenía tan claro, pero quería experimentar la soledad mejor por delante que por detrás. Si algo fallaba siempre me podrían recoger. He hecho bien.
Estoy en el 23. Si lo hago adrede no me sale mejor, Si quería experimentar la soledad es el momento idóneo porque transcurrimos por la zona más vacía del Maratón, más aún que la anterior. El final de la Gran Via y la bajada por la Rambla Prim la recuerdo vacía. O a lo mejor es que no me fijé bien. Supongo que ensimismado por la audacia de estar ahora sin más compañía que los anónimos corredores que transitan a mi lado, pienso y pienso y no veo nada. No veo nadie. Veo mis entrenamientos por el bosque, mis series, mis piernas moverse, mi figura desplazarse. Visualizo todo eso y me da fuerza, apenas distingo los puntos kilométricos para picar los parciales. La revuelta de la Diagonal me entretiene intentando buscar a mis antiguos acompañantes, pero por supuesto que no veo nada. Las primeras víctimas hacen su aparición. Gente que ha pasado de correr a andar, con ese paso triste del corredor vacio, extenuado y sin fuerzas del que se sabe aun muy lejos de la meta y alberga pocas esperanzas de llegar. Todavía tengo energías para animarlos, aplaudirlos, eso también me anima a mi, por ser tan afortunado de encontrarme fuerte.
¿Fuerte? ¿Estoy fuerte? Km .28 y km. 29. Hasta aquí sé lo que es un entrenamiento, por lo que a tiempo en carrera se refiere. Llevo 2h. 14´ y 2h. 18´ respectivamente. Ahora toca descubrir que hay detrás del km 30. Una de las experiencias se trataba de esto: Descubrir que hay tras el umbral del km. 30. A partir de aquí es nuevo para mi.
Pero a partir de este punto, como adivinando que puede ser mi punto fatídico, me esperaba mi apoyo. Víctor, que apareció en el 21 se quedó con Digi. Nacho con Alfonso y en el 30 la visión de Pili, mi mujer, me valió por todo lo recorrido hasta el momento. Su ánimo, su sonrisa, su entusiasmo me envolvió y me reconfortó. ¡Que tontería, ¿Verdad?! Pero los que habéis pasado por esta experiencia sabéis que es así, que un apoyo en un determinado momento vale su peso en oro y más si procede de la persona más querida. También sería injusto no decir que gracias a Jose “Numancia”, que me acompañó hasta el final, no sé que habría pasado. Después de finalizar su 10k realizando marca personal, se presentó en este punto con la sola intención de acompañarme en el último tramo del Maratón, de estar a mi lado en el muro, de cuidarme y mimarme hasta lo indescriptible.
- ¿Cómo vas campeón? Venga, de lujo, que vas muy bien de tiempo. ¿Quieres comer algo? Llevo plátanos. Yo te cojo agua, ábrete al lado contrario para que no te entorpezcan…
Yo solo tenía que pedir, él me daba. Agua, plátano (que la mitad de uno en esos momentos te sabe a gloria), isotónicos. Me indicaba por donde pasar. Iba avisando a los corredores próximos para que supieran que iban a ser rebasados. Me animaba constantemente. Increíble. Impagable. Creo que la emoción que sentía él al saber que estaba compartiendo conmigo mi primera Maratón era casi mayor que la mia, pero esto no era nuevo, ya me lo dejó ver en las semanas anteriores, aunque no me di cuenta hasta ese momento.
Por otro lado la factura se presentaba inmediatamente después de los postres, casi sin tomar el café. En el 32 caí en la cuenta de dolor creciente que llevaba en los aductores, no era insufrible pero si muy molesto, sobre todo cuando estas harto de correr. Pasé por la Avda del Litoral convencido de mi resistencia al calor. Allí donde la temperatura se hacía insoportable, la humedad más tenaz y la visión de la playa y el mar, lejos de aliviar castigaba la psiquis, me armé de valor y me demostré que mis flirteos y guiños con los días soleados no me los he inventado. Ví como cada vez más eran los apostados a los lados del recorrido, sufriendo las consecuencias de estas condiciones y lamentando su sufrimiento me confié a mi mismo. Empezaba a pensar que podía, pero todavía faltaba El Muro. ¿Dónde empieza exactamente? ¿Es físico o es consecuencia de los kilómetros previos? Yo particularmente lo fijé en le 35, si llegado aquí no presentaba síntomas de deshidratación, de lesión grave o cansancio extremo, acabaría el Maratón. Pero no llegó. No hubo Muro. Pasamos el Parque de la Ciudadela fastidiándome el cambio de asfalto a tierra. Ésta era muy alisada, pero me dio terror que un simple desnivel me torciera un tobillo, ya muy debilitados. ¡A mi! ¡Que no me los he chascado ni a propósito cuando he correteado por la noche entre los árboles de la Casa de Campo! Y ahora deseaba volver a pisar asfalto. Duró poco y enseguida nos bañamos en el mejor clamor de gente de toda la carrera: Plaza de Cataluña, Via Layetana, Ferran, Plaza de Sant Jaume… Gente y más gente, ahora todo ánimo es poco. Se necesita. Nunca lo he necesitado tanto.
El momento crítico llega en la Avda del Paralelo, en el km 39 donde tomo conciencia del tremendo dolor de aductores. Me da coraje y más fuerza puesto que oigo, o creo oir, el clamor del Pso María Cristina, lugar de meta, pero no puedo cambiar, solo mantener a duras penas un paso de 4´47 a 4´50 que mantuve desde que se unió a mi Jose “Numancia”, el cual no paraba de repetirme:
-¡Los vas clavando, máquina! Venga, venga, no paras de pasar gente.
Pero no podía más, quise maquillar un resultado que me alejaba por poco de las 3h.20´ pero sólo podía seguir “clavando” ese ritmo. En el 40 un nuevo aliento y esta vez de lujo. Miguel Ángel, nuestro querido presidente del club, venía a mi encuentro, bueno al encuentro del primero de los tres que hubiese pasado por allí, y se unió con renovados gritos y ánimos a Jose. Me llevaron prácticamente en volandas hasta meta. El último 400 fué de renovado y falso entusiasmo para recorrerlos en 4´05 ese kilometro y 195 metros.
No ví a nadie, por mucho que me dijeron en que curva estaban, sólo sé que desde mi propia nube veía el arco de meta majestuoso, saludándome como nuevo en la estirpe de los maratonianos, que el crono que marcaba en ese instante era insignificante, que me había enganchado para siempre por mucho que en ese momento lo negase, que mi capacidad de sufrimiento me regalaba lo que a otros muchos ya había hecho anteriormente:
Cruzar la línea de meta del Maratón.
Me lo regalé a mi mismo. Yo era el culpable de haberlo hecho. Mi inconsciencia y yo. Muchos estaban detrás de este logro entre los que destacan, sobre todos los demás, Pilar, mi mujer, mi compañera, mi amiga, que siempre ha creído en mi y en todo lo que hiciese, y mi padre que en otro tiempo me llevaba a las carreras ciclistas cuando era un adolescente y en este día de culminación competitiva, en lo que a atletismo popular se refiere, le eché en falta.
Pero era mi maratón, mi reto, mi deuda y me la he cobrado.
El tiempo 3h 22´30 como ya sabéis.
Los parciales estos :
- km 10: 4740´´ a 4´46´´
- km. 21´097: 1h.41´27 a 4´49´´
- km 31: 2h 28´30 a 4´47´´
- La segunda Media en 1h.41´03´´ = 24 segundos mejor que la primera, desechando décimas y centésimas para este calculo aproximado.
Es para estar satisfecho. Yo lo estoy y creo que repetiré, no sé con que objetivo, pero repetiré. La experiencia vale la pena, aun a pesar de tanto sufrimiento.
Epílogo:
Al día siguiente, cuando todos tus allegados te han hecho sentir rey por un día, cuando estás que te sales por tu hazaña, cuando te quedan ganas de sonreir aun a pesar de los múltiples dolores que aquejan tu cuerpo, vuelves a la rutina. Y en ella están tu entorno habitual, tus compañeros de trabajo que nada entienden de lo que has hecho durante estos últimos tres meses y has culminado unas horas antes.
Te ven aparecer con una rotunda y visible cojera y se ríen. Te preguntan que tal fue con esas preguntas que carecen de sentido, pero que agradeces, porque demuestran un mínimo interés:
- ¿Cómo has quedado?
- ¿Has terminado?
- ¿Qué tiempo has hecho?
- ¿Qué puesto has hecho?
- ¿Y el que ha ganado que tiempo ha hecho?
Todo va bien hasta que respondes a la última pregunta. Aquí toman conciencia de tu resultado y se les antoja vano ,inútil y absurdo. No aciertan a comprender como somos capaces de esforzarnos tanto para nada, que sacamos de esto, preguntan. Y no les vale con lo del espíritu de superación, salud, porque te echan un vistazo a tu cara de pollo enfermo, delgado, ojeroso y con una cojera ridícula, eso si no te has traído contigo alguna nueva lesión o dolencia más grave.
- Os admiro, pero estáis locos. 42 kilómetros corriendo y en poco más de tres horas. Estáis locos.
Lo sabemos y nos enorgullece.
Madrid, a 6 de Marzo de 2007.
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