lunes, 5 de noviembre de 2007

Su carrera, por Mildo

Pistoletazo de salida. Allá van. Había llegado el momento de demostrar su valía, más que eso su trabajo, el esfuerzo de todo un año, su carrera.
Ahí, rodeado de sus amigos-rivales, con conocidos, compañeros y algún familiar en la salida, en la meta, por el recorrido, se sentía bien, todo se desarrollaba como había pensado que ocurriría. Todo menos ese nudo en la boca del estómago que no podía controlar.
Minutos antes había estado calentando con el ganador del año pasado, el que le ganó a falta de 800 metros finales con un cambio de ritmo impecable. Hablaban de lo típico, de cómo se encontraban este año y se contestaban lo habitual: que no tan fino, regular, no soy el mismo, este año no sé que me pasa… Lo normal, no hay que dar pistas al contrario, aunque ambos se conocían de sobra y a buen seguro que firmaban de buen grado repetir la carrera del año anterior.
Pero esta vez habían cambiado las cosas. Había otro. Un jovenzuelo de unos veinticinco que competía con no sé qué equipo que les iba a poner las cosas muy negras. Era muy complicado arrebatarle un más que presumible primer puesto, entonces el segundo y el tercero era en principio para ellos, a falta de sorpresas, pero por más que buscaban nadie inquietaba especialmente.
Quizá así era como debía ocurrir, pero hay que ser prudente, no se puede estar seguro de nada, salvo que estés hecho un hacha. Y ese no era el caso.
Los entrenamientos salían a duras penas, rayando los tiempos establecidos, con alguna pulsación más de lo esperado, sufriendo más de la cuenta. En Septiembre se encendieron las luces de alarma en un test previo que debía acercarse a lo que en un futuro inmediato iba a ser su estado de forma ideal, pues gran parte de la temporada estaba volcada en su carrera, pero cuanto más empeño ponía peor le iba saliendo. Sus piernas no respondían, no asimilaban, no le daban esa chispa necesaria para “hacértelo creer” un poquito, porque la parte psicológica también se entrena.
Aún así apretaba los dientes y seguía con lo marcado. Descansando convenientemente, rodando suave cuando se terciaba y esforzándose en las series, cambios, fartleks, pero no salía. Algo fallaba.
Y llegó el dia.
Después de una noche tranquila que incluso le sorprendió, pues dormir placidamente el dia previo a la gran cita en los años anteriores nunca se cumplió, se presentó casi dos horas antes dispuesto a hacer todo tan metódicamente como había preparado.
Tomó un café que le terminó de despertar y le entonó el cuerpo, leyó un poco de prensa y a falta de una hora comenzó a estirar suavemente.
Con el calentamiento fueron apareciendo caras conocidas, los rivales, los que no lo eran tanto, los responsables de los equipos, en fin, todos en sus posiciones, incluído el nudo del estómago. Ese sí que estaba bien posicionado. Pero él era la baza de su equipo, ahora más que nunca, puesto que era el subcampeón y debía defender su plaza. En estas todavía estaba algún despistado seguidor del equipo que le daba por vencedor del dia, aunque ese extremo los más avezados sabían que no se daría, por culpa del “nuevo”. Con que repitiese el segundo puesto…
Ánimos, palmadas, saludos, sonrisas, y el nudo seguía, el muy hijo de p…
¡Que presión! ¿Cómo se debe sentir un profesional en un campeonato importante cuando todo un pais te está viendo? No quería ni pensarlo, ahora no, bastante tenía con lo que se le venía encima, no podía fallar. Se lo debía a quien había confiado en él, a su mujer que le valía con lo que hiciera porque sabía de su enorme esfuerzo para tan poco beneficio, pero sobre todo a él mismo, su orgullo personal estaba en juego. Tanto había apostado.

De salida el “nuevo” puso tierra de por medio, querría impresionar, porque el ritmo no era tan apabullante, pero el caso es que se fue y le dejaron ir. Él sabrá, el recorrido es largo y duro. Detrás de él unos seis corredores apiñados pugnaban por abrir otra brecha en la que los más miedosos y dubitativos se cortasen, y a los más previsores les costase cazar posteriormente. En este grupo iba el rival del año pasado, tirando comedidamente pero sin pausa, debía ir a 3´15´´ aproximadamente, fuerte para el principio teniendo en cuenta el perfil, pero convenientemente controlado. Otro compañero de equipo y él. Los demás se cortaron en el primer repecho y así transcurriría hasta el final. Cosa de cuatro. O de tres porque al primero ya sólo le vieron de lejos.
En la segunda vuelta estuvo la clave. El ganador del año pasado en el momento más duro sacó su garra y de un certero golpe se marchó en pos de la cabeza de carrera, o de un segundo puesto que en ese momento se le antojaba suyo. No había más que oir respirar a los dos miembros del otro equipo, sobre todo a él, que iba fuera de punto a todas luces.
Se resistieron unos cuatrocientos metros pero decidieron que era mejor dejarlo, estaba muy fuerte y quizá su error había sido dejar tantos metros a la cabeza de carrera.
Cantado estaba que la guerra entre “hermanos” iba a ser por el tercero.
Él ya lo imaginaba antes de empezar e incluso hubiera firmado ese tercero sin pasar por el calvario por el que estaba pasando. Un inoportuno flato le iba fastidiando un ritmo cómodo en el que instalarse, no encontraba el paso adecuado, e incluso inmediatamente después del hachazo del rival notó como su compañero pasaba por su momento más delicado pero no lo aprovechó. Más que nada porque no tenía armas con que atacar. Una vez más faltaba gasolina. Había que impresionar y acobardar pero sin hacer mucho gasto, a ver si se recuperaba antes de que fuera demasiado tarde.
Se dieron pequeños relevos y no tentaron a la suerte antes de pasar por el tramo más duro de la última vuelta, entonces había que jugársela. Con una fugaz mirada se batieron en duelo sabiendo que uno de ellos iba a quedar en nada, en ese inmisericorde cuarto puesto. Faltaba poco más de un kilómetro y había llegado, ahora sí, la hora de la verdad.
Ahí estaba todo un año con muchos, muchísimos kilómetros, horas de esfuerzo, de dedicación, de mimo, repleto de toda esa madera que caracteriza a los que poblan cualquier carrera popular. Gente que por afán de superación, amor propio y mucha afición hacen de la carrera algo muy suyo, algo mágico, algo personal. Y eso ocurría, que era algo personal con esa carrera. Su carrera.

Primero comenzó su compañero con un ataque directo, un cambio de menos a más, de los que piensas que debes soltar en dos zancadas más. Lo mantuvo bien durante unos doscientos metros, él se pegó a su estela y resistió la embestida, apretando los dientes y sintiendo como el corazón se le salía por la boca. Ahora le tocaba en turno, esperó que el ataque perdiera intensidad, momento que no llegaba, y cuando consideró que la energía del primero bajaba le devolvió la moneda. Un cambio todo lo fuerte que pudo, era el momento, ya olía la meta e incluso veía como entraba el segundo clasificado.
Su pestañeo se volvió lento, como si no quisiera ver por donde iba ni cuanto le faltaba, apretaba los ojos hasta que decidió abrirlos y mirar de reojo a su amigo y a la vez adversario. Ahí estaba, no lo había soltado y todavía le quedaban fuerzas para contraatacar.
Esta vez fue definitivo. Cogió unos metros insalvables y el mundo se le vino abajo. No había más. No quedaba carrera. En sesenta metros se le iba todo el esfuerzo de un año.

Sonrió al sentirse liberado. El nudo del estómago había desaparecido.
Se subió las gafas a la cabeza y traspasó la línea de llegada con una sonrisa amarga.
Pensó que no era cuarto, sino que había perdido.
El año que viene otro tendrá la responsabilidad. Pero el año que viene él volverá a pelear por un puesto en el cajón.

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