Seis dias fuera de casa. De viaje por el levante que a nadie le gusta ver. El de la desgracia, el de la mala suerte, el de la falta de previsiones, de infraestructuras, de medios, o una mezcla de todo esto a la vez.
Seis dias de intensas idas y venidas de un lado a otro en el que mis zapatillas me han acompañado como testigo mudo y durante los cuales no se han atrevido ni a recordarme que había que entrenar, al menos mientras durasen las jornadas en Alicante y sus malogrados municipios, ya que ni el tiempo (el meteorológico) lo permitía, pues hasta la zona residencial donde se ubicaba el hotel en el que nos alojábamos tenía sus calles anegadas de agua, ni el tiempo (el que marca nuestro ritmo de vida) daba una hora y media de respiro en el que poder soltar piernas y reflexionar sobre lo vivido.
En Valencia, ya con más calma, mejor tiempo (los dos), y con la cabeza en otro tipo de preocupaciones, si es que era posible olvidar de un plumazo las caras con las que me había encontrado en los tres dias anteriores, pude salir a gastar suela.
Sobre las ocho de la tarde salí del Paseo de la Alameda, frente al Palacio de la Música, e inicié un suave trote por el antiguo cauce del Turia, ahora llamado Jardín del Turia y convertido en un hermoso parque, con todo tipo de adornos florales, instalaciones deportivas y rincones donde disfrutar de la lectura de un libro. Salí en dirección al primer puente: El de Aragón, y enseguida me puse a pensar en los ojos de esa mujer de Calpe que contaba a duras penas y sin saber por donde comenzar para dar más realismo a su vivencia, que lo había perdido todo. Todo significaba su casa, sus enseres, su coche, sus recuerdos, los de sus recientemente fallecidos padres, las esperanzas de un marido que hacía ocho meses estaba en el paro y que no sabía que hacer para que su hijo de tres años, que no quiere no oir hablar de volver algún día a su casa a la ribera de un monstruoso rio que inundó de agua, lodo y cañas su habitación, no la vea llorar más a cada momento. ¿Cómo explicarle que no ocurre nada? ¿Qué pronto volverán a casa y que todo será como antes? ¿A qué casa? ¿Y con qué? Sus ojos eran los de la desolación, la desesperación y el desconsuelo y yo era incapaz de mantenerla la mirada sin que me temblase la voz, cosa que no se produjo porque nadie me preguntó nada en ese momento.
El Puente del Mar, el de las Flores y el de La Alameda me regalaban un recorrido suave, llano, en el que yo saciaba mis ganas de correr, pero no por apetencia, sino por la necesidad de desconectar, pues el cansancio acumulado era mucho y yo necesitaba respirar un aire fresco, lejos de la lluvia, lejos de las desgracias de los demás, pero que tan hondo me había calado. Yo pensaba en ellos, pero poco se me ocurría que pudiese hacer, quizá los políticos puedan ayudar de forma eficaz, pero mas me preocupa la eficiencia pues ¿Cuánto tiempo há de pasar para que se vuelva producir algo similar? Es cierto que hay que reparar los daños inmediatos, a esta desconsolada mujer seguro que es lo que más le preocupa en estos instantes, pero una mejora de infraestructuras que palien de una vez por todas semejantes riadas es un seguro de vida. Un freno a la especulación inmobiliaria que nada entiende de los cauces naturales de los rios y un saneamiento y alcantarillado efectivo quizá sea lo que se merece quien cada vez que llueve de esa forma cruza los dedos.
Pero había mas. Esta vez era en El Verger, donde casi 350 litros de agua por metro cuadrado en dos horas habían arrancado casa enteras. No es que hubiese entrado hasta un metro o dos de altura, no, es que se las había llevado puestas, dejando en su lugar un lodazal. En las orillas se veía todo tipo de cacharros: Teclados de ordenador, cuadros, sillones, vajilla, señales de tráfico, vallas, puertas, y muchísimo escombro de las casas arrancadas, los margenes del rio se habían multiplicado por tres.
Una mujer el día de la lluvia salía con una escoba a barrer y achicar el agua que comenzaba a penetrar por debajo de la puerta de su casa, al abrir esta vió como el nivel del rio subía a ojos vista y corrió a llevar al primer piso de su casa a su anciana madre, pero era tarde. En cinco minutos mas el agua llegaba al techo de la primera planta y los esfuerzos de la mujer por arrastrarla hacia la parte mas alta no eran suficientes, la fuerza del agua y lo que arrastraba le produjeron diversos cortes y heridas en las piernas, pero lo que nunca olvidará es que no fue capaz de evitar que esa lluvia se llevase a su madre.
Pasado el Puente del Real el cielo se abría encima de mí, dejando ver las estrellas que auguraban el final de las lluvias torrenciales y la agradable temperatura apenas dejaba sentir la humedad que tanto acusamos al correr los de interior, las piernas estaban duras y no había forma de hacerlas disfrutar del recorrido, pero me había propuesto llegar hasta el Puente del Campanar en la confluencia con la Avenida de Pérez Galdós y regresar por donde había venido, recreándome esta vez en los detalles y sabiendo que al regreso agradecería haber salido a soltar piernas.
Ajeno, distante, el mundo continúa su marcha frenética, sin reparar en que lo que hoy toca unos cuantos nos puede afectar en un momento dado a cualquiera. Miramos para otro lado y seguimos con nuestra cotidiana. ¿Y qué otra cosa podemos hacer?
Vaya, ahora recuerdo que me tengo que comprar otras zapatillas.
Mildolores.
Octubre del 2007
lunes, 5 de noviembre de 2007
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